jueves, 21 de junio de 2012

EL CAN

 

  
Buscando en diskettes antediluvianos, encontré este cuento, escrito a dos manos con mi querido amigo Fer (que, en este blog, publica como "Ramirito"), allá en el año 1999. Creamos a Javier Nikolo, autor de historias tan absurdas como influidas por los escritores que, en ese entonces, leíamos con goce adolescente. Sartre, Camus, Gogol, los autores del teatro del absurdo, entre otros. Claro, éste no fue el único relato que escribimos a dos manos, pero sí fue el único que quedó entre mis cosas. Por eso ahora tengo el impudor de publicarlo en el blog. Recuerdo también la forma en que escribíamos. Siempre en clases, desoyendo la sabiduría de los profes, pasándonos por turnos el cuaderno borroneado. Uno empezaba la historia y el otro debía continuarla sin saber cuál era la idea que el primero tenía en mente. A veces escribíamos historias a tres manos o más. Recuerdo una sobre la historia de Mambrú, que se iba a una guerra en el Perú. Esa la escribimos con nuestro amigo Linch.
Ahí va "El can", de Javier Nikolo, perteneciente al libro por siempre inédito De perroburguers y salchiquesos (La Paz, 1999)


                                                               EL CAN

Durante la semana pasada, Mamerto Mamani ha visto sucederse los hechos más insólitos. El lunes 25 de marzo constató, en un arranque metafísico, que el perro que siempre lo saludaba cariñosamente camino del trabajo no se encontraba en su esquinita sucia. ¿Lo habían envenenado los vecinos? ¿Era obra de la viuda insomne que manguereaba las aceras a diario? ¿O, como es costumbre, lo había pisado un auto? (Y eso era, sin duda, obra de algún borracho o de algún hijito de papá que nunca falta.) Ambas conjeturas llevaban el cadáver canino a las aguas turbias del río Choqueyapu. O quizá encontrara la muerte en la perrera municipal. Pero aquello resultaba menos verosímil, porque ésta nunca había asomado por el barrio. Mamerto Mamani decidió, pues, que lo más seguro era que al seguir y perseguir a una perra en celo hubiera terminado por perderse.
Llegó a su modesta oficina con su acostumbrada puntualidad. Pero después de saludar al Ramiro, bajó la vista por una seña que éste le hizo, y vio entonces los zapatos negros del Teófilo, quien estaba debajo del escritorio en extraña posición yoga, comiéndose las uñas con la mirada perdida. Mamerto Mamani no tardó en reaccionar, pidiéndole a su mensajero que saliera inmediatamente de allí. Pero el Teófilo, por toda respuesta, gruñó y salió dando brincos con la lengua fuera. Mamerto Mamani se quedó perplejo. El Ramiro lo sacó de ese estado:
¿No va a hacer nada, jefe?
Entonces Mamerto Mamani agarró todo lo que había sobre el escritorio –una pila de papeles, un reloj y una engrapadora con las iniciales TCF–, le pidió al Ramiro que abriera la puerta y echó a la calle todo lo que llevaba en los brazos.
Luego, le entró un sabor similar al remordimiento: la ausencia del perro del barrio y el repentino comportamiento perruno del Teófilo podían estar vinculados. Fue cuando salió a la calle y encontró a su mensajero durmiendo en el cordón de la acera. 

Receloso, Mamerto Mamani se acercó hasta el cuerpo dormido, pero entonces, viendo que el Teófilo tenía ese aire de borracho desolado que había lucido tantas veces, le palmeó el hombro como en los buenos tiempos de bares y de putas. El Teófilo abrió los ojos y con súbito rugido le mordió la mano. Mamerto Mamani alzó un grito de profundo dolor, mientras el extraño ex mensajero escapaba como un verdadero perro eufórico.
Agarrándose la mano herida, Mamerto Mamani se dirigió a las Urgencias del Hospital Obrero, que quedaba solo a unas cuadras de la oficina. Después de una larga espera, el enfermero miró la herida con desdén. Luego, levantando una ceja pícara, le preguntó:
¿Quién lo mordió?, ¿fue su mujer?

No haga chistes cojudos, replicó nuestro héroe.
El enfermero hizo un ruido molesto con los dientes y se puso a desinfectar la herida de mala gana.
Mamerto Mamani despertó en su cama, la frente cubierta con una toalla húmeda, y supo que era un nuevo día. Su mujer entró en el cuarto con la bandeja del desayuno: api con tostadas. Mamerto Mamani se quitó la toalla y se incorporó con esfuerzo, recibió la bandeja y se la puso sobre las rodillas. Una vez engullidas las tostadas, probó el api que le calcinó la lengua, pero no recordó lo que había ocurrido el día anterior sino cuando vio su mano vendada.
Entonces, como era no solo un hombre de costumbres inviolables sino de principios inflexibles, desoyendo las advertencias de su mujer, Mamerto Mamani se precipitó a la oficina tras vestirse en un santiamén.
Estaba a punto de desfallecer cuando el Ramiro lo sostuvo en el aire: había contraído rabia, era evidente. Lo llevó a Urgencias del Hospital Obrero y tuvo que sumarse a las treinta y tantas personas que esperaban su turno en una sala blanca como la muerte.
Mamerto Mamani deliraba por la fiebre. De pronto, el médico salió al pasillo y llamó:
¡Mamani! Puede pasar.
Ya era hora, protestó el Ramiro.
Pero era el Teófilo quien los esperaba en el vano de la puerta: estaba vestido con un mandil y tenía una credencial a la altura del pecho.
Qué haces vos aquí, preguntó en vano nuestro héroe.
Te estaba esperando, jefe, ¿pasamos a mi consultorio?
¡Tú no eres doctor, cabrón! 

Al decir esto, Mamerto Mamani se derrumbó. Sus fuerzas lo habían abandonado por completo.
El Teófilo intentó acercarse al enfermo, pero su ex colega lo mandó al suelo de un puñetazo en la cara. Cuando se libró del hombre perro, el Ramiro se volvió para atender y ayudar a Mamerto Mamani, que sufría discretas secreciones de espuma entre los dientes.
¡Ayuda, se está muriendo!, gritó en el pasillo del hospital.
Al despertar, Mamerto Mamani se halló en cama. Se alegró al ver entrar en la habitación al Ramiro, pero enseguida ingresaron tres médicos uniformados con mandiles de un hiriente color blanco, quienes le dieron la espalda al enfermo. Mamerto Mamani se incorporó y los saludó.
Los médicos ni se inmutaron. Hablaban con el Ramiro, tomaban nota.
¡Oigan!, gritó Mamerto Mamani, no soy el perro para que me ignoren de esa forma.
De hecho, señor Mamani, replicó uno de ellos, temo que ése sea el problema.
Entonces Mamerto Mamani miró sus huesudas manos envueltas en una leve capa de vello café. Se agarró la cabeza y, al tratar de gritar, aulló. Su vista empezó a nublarse y, de pronto, los doctores, así como Ramiro, eran absurdos actores de una película en blanco y negro. Por un momento, Mamerto Mamani pensó que se hallaba inmerso en un mal sueño, pero luego, cuando uno de los doctores le puso la inyección, sintió en la boca el inaplazable sabor de la realidad.
Una vez más, Mamerto Mamani se sintió cansado, y se recostó. Antes de caer dormido, se dio cuenta de que su fiel amigo le decía algo que no logró entender.




Javier Nikolo, De perroburguers y salchiquesos (La Paz, 1999).             

2 comentarios:

Djacobus dijo...

Muy divertido...hahaha!...kafkiano perruno con bolivianadas que hacen morir de risa. Es imposible que el api no te calcine la lengua. "No haga chistes cojudos replico nuestro heroe" haha esa expresion es exelente...muy bueno!

Guillermo-Augusto Ruiz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.