sábado, 3 de marzo de 2012

Del movimiento y la inmovilidad: Yves Bonnefoy

                         Yves Bonnefoy (1923)


Principio y fin de la nieve (1991)

LA GRAN NEVADA

Primera nevada temprano esta mañana. El ocre, el verde
Se refugian bajo los árboles.

La segunda, hacia mediodía. No queda
Del color
Sino las agujas de pino
Que caen a veces más recio que la nieve.

Y luego, hacia la tarde,
Se inmoviliza el azote de la luz,
Las sombras y los sueños tienen el mismo peso.

Un poco de viento
Escribe con la punta del pie una palabra fuera del mundo.



EL POCO DE AGUA

A este copo
Que se posa en mi mano, quiero
Asegurar lo eterno
Haciendo de mi vida, de mi calor,
De mi pasado, de estos días presentes,
Un instante simplemente: este instante, sin límites.

Pero ya no es sino
Un poco de agua, que se pierde
En la bruma de los cuerpos que se adentran en la nieve.






EL JARDÍN

Nieva.
Bajo los copos la puerta
Abre por fin al jardín
Y al mundo.

Avanzo. Pero se engancha
Mi bufanda en hierro
Oxidado, y se desgarra
En mí la tela del sueño.


VERANO OTRA VEZ

Avanzo en la nieve, he cerrado
Los ojos, pero la luz logra penetrar
Los párpados porosos, y percibo
Que en mis palabras es de nuevo la nieve
Que se arremolina, se contrae, se desgarra.

Nieve,
Carta que uno halla y despliega,
Y la tinta se hizo blanca y en los signos
La torpeza de la mente es visible
Pues no sabe sino enmarañar las sombras claras.

Y uno intenta leer, no entiende
A quién puede importarle en la memoria,
Sólo que es verano otra vez; y ve
Bajo los copos las hojas, y el calor
Subir del suelo ausente como bruma.



 
Lo que fue sin luz (1987)

EL RAYO

Ha llovido esta noche.
El camino huele a hierba mojada,
Y, una vez más, la mano del calor
En nuestro hombro, como
Para decir que el tiempo no nos va a quitar nada.

Pero ahí
Donde el campo tropieza con el almendro,
Mira, una fiera saltó
De ayer a hoy a través del follaje.

Y nos paramos, estamos fuera del mundo,

Y voy cerca de ti,
Termino de arrancarte del tronco ennegrecido,
Rama, verano fulminado
Del que la savia de ayer, aún divina, se derrama.



LA NIEVE

Vino de más allá de los caminos,
Tocó el prado, el ocre de las flores,
Con esa mano que escribe humeante,
Venció al tiempo con el silencio.

Hay más luz esta tarde
Por la nieve.
Pareciera que arden hojas, delante de la puerta,
Y hay agua en la leña que metemos.




AHÍ DONDE CAVA EL VIENTO

I
Dicen que un dios buscó
Sobre las aguas herméticas
Como un rapaz ansía
Su presa lejana

Y con un grito repetido,
Ronco, desierto,
Creó el tiempo que brilla
Donde se ahueca la ola.

La noche cubre el día
Y luego se retira,
Rompe su espuma
En las piedras de aquí.

¿Qué es Dios, si no tiene
Más que el tiempo como obra?
¿Quiso morir
Por no poder nacer?

Vano fue su combate
Contra la ausencia.
Él arrojó la red,
Ella sujetó la espada.

II

Pero queda el relámpago
Sobre el mundo
Como en un vado, buscando
Piedra por piedra.

¿Acaso la belleza
No fue sino un sueño,
La cara dormida
De la luz?

No, pues se refleja
En nosotros, y es la llama
Que en el agua de la leña
Se baña desnuda.

Es el cuerpo que exalta
El espejo
Como prende el fuego, de pronto,
En un círculo de piedras.

Y cobra sentido la palabra alegría
A pesar de la muerte
Ahí donde cava el viento
Esas brasas claras.


III

Suficiencia de los días
Que van hacia el alba
Por deslumbramientos
En el cielo nocturno.

La espada, la red
No son más que una
Mano, que aprieta en paz
La breve nuca.

El alma es, iluminada,
Como un nadador
Que se tira, de una vez,
Bajo la luz

Y tiene los ojos cerrados,
Está desnudo,
Su boca ansía sal,
No palabras.


 
HOPKINS FOREST

Había salido
A sacar agua del pozo, cerca de los árboles,
Y me encontré en presencia de otro cielo.
Esfumadas las constelaciones de hace un instante,
Tres cuartas partes del firmamento estaban vacías,
El negror más intenso reinaba solo,
Pero a la izquierda, sobre el horizonte,
Mezclado a la cima de los robles,
Había un enjambre de estrellas poniéndose al rojo
Como un brasero, de donde incluso ascendía humo.

Volví a casa
Y reabrí el libro sobre la mesa.
Página tras página,
No había más que signos indescifrables,
Conglomerados de formas sin sentido,
Aunque vagamente recurrentes,
Y por debajo una blancura de abismo
Como si lo que llaman mente cayera allí, sin ruido,
Como nieve.
Sin embargo daba vuelta las páginas.

Varios años atrás,
En un tren al amanecer
Entre Princeton Junction y Newark,
Es decir, dos lugares de azar para mí,
Dos flechas caídas de la nada,
Los viajeros leían, silenciosos
En la nieve que barría los vidrios grises,
Y de pronto,
En un periódico abierto a dos pasos de mí,
Una gran fotografía de Baudelaire,
Una página entera
Como el cielo se vacía en el fin del mundo
Para consentir al desorden de las palabras.

He vinculado ese sueño y este recuerdo
Al caminar, primero un otoño entero
En bosques donde pronto fue la nieve
Que triunfó, en muchos de esos signos
Que recibimos, contradictoriamente,
Del mundo devastado por el lenguaje.
Terminaba el conflicto de dos principios,
Creía yo, se mezclaban dos luces,
Se cerraban los labios de la llaga.
La mole blanca del frío caía a ráfagas
Sobre el color, pero un tejado a lo lejos, un tablón
Pintado, que quedó en pie contra una verja,
Era el color todavía, misterioso
Como quien al salir del sepulcro:
“No, no me toques”, diría riendo al mundo.

Le debo realmente mucho a Hopkins Forest,
La conservo en mi horizonte, en esa parte
Que deja lo visible por lo invisible
A través del estremecimiento del azul de la lejanía.
Lo escucho, por medio de los ruidos, y aun a veces,
En verano, empujando con el pie las hojas secas
De otros años, claras en la penumbra
De los robles demasiado apretados entre las piedras.
Me detengo, creo que este suelo se abre
Al infinito, que estas hojas caen
Si prisa, o bien suben de nuevo, lo alto, lo bajo
Ya no existen, ni el ruido tampoco, salvo el leve
Susurro de los copos que pronto
Se multiplican, se acercan, se anudan
–Y vuelvo a ver entonces, entero, el otro cielo,
Entro por un instante en la gran nevada.


                                  Escultura de Henrique Oliveira


Del movimiento y la inmovilidad de Douve (1953)
             

           TEATRO
I
            Yo te veía correr en terrazas,
            yo te veía luchar contra el viento,
            el frío sangraba en tus labios.

            Y te he visto romperte y gozar de estar muerta oh más bella
que el relámpago, cuando mancha los vidrios blancos con
tu sangre.

        IV
            Despierto, llueve. Te penetra el viento, Douve,
            tierra resinosa dormida a mi lado. Estoy en una
            terraza, en un hoyo de la muerte. Grandes perros hechos
            de follaje tiemblan.

            El brazo que levantas, de repente, hacia una puerta,
            me ilumina a través de las edades. Pueblo de brasa,
            te veo nacer a cada instante, Douve,

            a cada instante morir.
IX
            Blanca bajo un techo de insectos, mal iluminada, de
                        perfil
            Y tu vestido manchado con el veneno de las lámparas,
            Te descubro extendida,
            Con la boca más alta que un río rompiendo a lo lejos
                        en la tierra.

            Ser deshecho que el ser invencible recrea,
            Presencia recuperada en la antorcha del frío,
            Oh centinela siempre te descubro muerta,
            Douve diciendo Fénix velo en este frío.

XI
            Cubierta del humus silencioso del mundo,
            Recorrida por los rayos de una araña viva,
            Ya sometida al flujo de la arena
            Y descuartizada secreta ciencia.

            Arreglada para una fiesta en el vacío
            Y con los dientes descubiertos como para el amor,

            Fuente de mi muerte presente insoportable.


XII
            Veo a Douve extendida. En la ciudad escarlata del
            aire, donde luchan las ramas sobre su rostro,
            donde raíces se abren paso en su cuerpo –ella irradia
            una alegría estridente de insectos, una música horrenda.

            Al paso negro de la tierra, Douve asolada, exultante,
            da alcance a la nudosa lámpara de los llanos.


         XV
            Oh dotada de un perfil donde se ensaña la tierra,
            Te veo desaparecer.

            La hierba desnuda en tus labios y el brillo del sílex
            Inventan tu última sonrisa,

            Ciencia profunda donde se calcina
            El viejo bestiario cerebral.


ÚLTIMOS GESTOS

¿Qué asir sino lo que se escapa?
¿Qué ver sino lo que oscurece?
¿Qué desear sino lo que se muere,
Lo que habla y desgarra?

            Palabra que me es cercana
            ¿qué buscar sino tu silencio
            Qué claridad sino tu profunda
            Conciencia enterrada

            Palabra lanzada material
            Al origen y la noche?


            Verdadero nombre
           
            Llamaré desierto este castillo que fuiste,
            Noche esta voz, ausencia tu rostro,
            Y cuando caigas en la tierra estéril
            Llamaré nada el rayo que te ha llevado.
           
Morir es un país que te gustaba. Voy
            Pero eternamente por tus caminos sombríos.
            Destruyo tu deseo, tu forma, tu memoria,
            Soy el enemigo que no se apiadará de ti.

            Te llamaré guerra y tomaré
            Contigo las libertades de la guerra y tendré
            En las manos tu rostro atravesado y oscuro,
            En el corazón este país que ilumina la tormenta.


                "La gran ola" de Hogusai

           
            La luz profunda necesita para nacer
            Una tierra molida y crujiente de noche.
            Es de una madera tenebrosa que se levanta la llama.
            A la palabra misma le hace falta una materia,
            Una orilla inerte más allá de todo canto.

            Tendrás que atravesar la muerte para vivir,
            La presencia más pura es sangre derramada.

            
            DOUVE HABLA

            ¿Qué habla surgió aquí cerca,
            Qué grito en una boca ausente?
            Apenas si oigo gritar a mi lado,
            Apenas si siento ese soplo nombrarme.

            Sin embargo ese grito proviene de mí,
            Amurallado estoy en mi extravagancia.
            ¿Qué voz, divina o extraña,
            Hubiera consentido a habitar mi silencio?

           
UNA VOZ
¿Qué casa quieres levantar para mí?
¿Qué negra escritura cuando viene el fuego?
*
Largo tiempo he rehuido tus signos,
Me expulsaste de toda densidad.
                                    *
Pero he aquí que la noche incesante me cuida,
A lomo de sombríos caballos me escapo de ti.

           
            LA SALAMANDRA

I
            Y ahora eres Douve en la última habitación
            del verano.
            Una salamandra huye en la pared. Su tierna
            cabeza humana derrama la muerte del verano.
            “Quiero abismarme en ti, vida estrecha, grita
            Douve. Relámpago vacío, corre a mis labios,
            ¡penétrame!

            Me gusta cegarme, entregarme a la tierra. Me gusta
            no saber qué dientes fríos me poseen.”

II
            Toda la noche te soñé leñosa, Douve, para
            entregarte mejor a las llamas. Y estatua verde
            cubierta de corteza, para gozar mejor de tu
            cabeza radiante.

            Palpando con los dedos la porfía del brasero y
            los labios: te veía sonreírme. Ahora bien, ese
            gran día en ti, lleno de brasas, me cegaba.

III
            “¡Mírame, mírame, he corrido!”
            estoy cerca de ti, Douve, te ilumino. No hay
            más que esta lámpara pedregosa entre nosotros, esta
            sombra escasa y sosegada, nuestras manos que
            espera la sombra. Salamandra asombrada,
            permaneces inmóvil.

            Habiendo vivido el instante en que la carne
            más cercana se hace conocimiento.

IV
                        Así permanecíamos despiertos en la cima de
            la noche del ser. Cedió un matorral.

                        Ruptura secreta, ¿a través de qué ave de sangre
            circulabas en nuestras tinieblas?

                        ¿Qué habitación ganabas, donde se agravaba
            el horror del alba en los cristales?


            EL INVERNADERO DE NARANJAS

            Así caminaremos en las ruinas de un cielo
                        inmenso,
            El sitio encarnará a lo lejos
            Como un destino en la luz viva.
            El país más hermoso buscado durante tanto tiempo
            Se apagará frente a nosotros tierra de las salamandras.

            Mira, me dirás, esa piedra:
            Lleva en ella la presencia de la muerte.
            Lámpara secreta que arde bajo nuestros gestos,
            Así caminamos iluminados.




                                                                                             Versiones de Guillermo-Augusto Ruiz

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