martes, 7 de febrero de 2012

Poemas de Henri Michaux



POEMAS DE HENRI MICHAUX
VERSIONES Y NOTA DE GUILLERMO-AUGUSTO RUIZ



Henri Michaux (1899-1984), poeta y pintor de origen belga, es uno de mis hacedores preferidos: como escritor, por supuesto, pero también como artista plástico. Entre estas dos vertientes de su arte –nombre que él rechazaría, sin duda, para calificar o, mejor, para clasificar sus obras– hay ecos y nudos que se ovillan y se desenlazan sin tregua. Seres diminutos y elásticos que, como en su prosa “La vejez de Pollagoras”, habitan y dan vida a ese espacio, o mejor, que son ese espacio de adentro que a Michaux, como a tantos modernos, le gustaba explorar sin miedo ni esperanza. Su singularidad radica quizá en haber realizado ese viaje sin ningún asidero: ni literario ni artístico ni vital. Desconfiaba del estilo y de sus límites. Del marco estable y tiránico de la razón. También de las ilusiones vinculadas a las drogas. Toda su obra es una fortaleza hecha de torbellinos y temblores, como dejó escrito en su Arte Poética, por demás significativa, titulada “¡En Contra!”. En contra de lo establecido, en contra del conformismo, en contra de la doxa, de los prejuicios y las certidumbres seculares, en contra de comprender o aliviar o amansar ese impulso hambriento que, a cada intento de escritura o dibujo, lo llevaba a otra parte (es, de hecho, el título de su libro de viajes imaginarios por países tan extraños como familiares). En contra de la poesía, esa meona, ese estorbo –Baudelaire, en su época, la llamó mojigata, pero la intención era la misma: librarse de sus límites castrantes–, y a favor de Michaux, entonces, no le llamemos poeta, ni pintor, ni artista, ni siquiera “inclasificable” –última gaveta del archivador–. Comprender es comprimir, hacer chatarra. Acerquémonos sólo unos instantes a eso, a lo que dejó y palpita, y empecemos el viaje hacia nosotros mismos.



EN PROSA

EN CAMA

La enfermedad que tengo me condena a una inmovilidad absoluta en cama. Cuando mi aburrimiento cobra proporciones excesivas y que van a desequilibrarme si no intervengo, he aquí lo que hago:
Aplasto mi cráneo y lo extiendo delante de mí lo más lejos posible y, cuando está bien aplanado, saco a mi caballería. Se oye claramente los golpes de los cascos en ese suelo firme y amarillento. Los escuadrones comienzan el trote de inmediato, y piafan, y dan coces. Y ese ruido, ese ritmo nítido y múltiple, ese ardor que respira combate y victoria, fascinan el alma del hombre que, clavado en cama, no puede hacer ni un movimiento.


CUANDO LAS MOTOS VUELVEN AL HORIZONTE

Lo única cosa que realmente aprecio, es una moto. ¡Oh! ¡Qué piernas más finas, finas! Apenas si las vemos.
Y mientras admiramos –así de rápidas son–, ya ellas vuelven velozmente al horizonte, que nunca dejan sino muy a pesar suyo.
¡Es eso lo que hace soñar! ¡Es eso lo que hace mear a los perros con expresión soñadora a los pies de los árboles! Es eso lo que nos vuelve a sumergir en el sueño a nosotros, al resto, y que siempre nos lleva a retirarnos detrás de las ventanas, de las ventanas, de las ventanas de grandes horizontes.

VISIÓN

De golpe, el agua enjabonada donde ella se lavaba las manos se transformó en vidrios cortantes, en duras agujas, y la sangre, como es su costumbre, salió dejando a la mujer arreglárselas.
Poco después, como es corriente en este siglo obsesionado con la limpieza, llegó un hombre, él también con la intención de lavarse, se arremangó bien alto, se untó el brazo con agua espumosa (ahora sí era espuma) pausada, atentamente, mas insatisfecho, lo rompió con un golpe seco contra el borde del lavamanos, y se puso a lavar otro más largo que le creció enseguida, como sustituto del primero; era un brazo suavizado por un vello más poblado y sedoso, pero al tenerlo bien enjabonado, casi con amor, de pronto dirigiéndole una mirada dura, de pronto insatisfecho, lo rompió,  “¡kha!”, y asimismo rompió otro que le creció en su lugar, y luego el siguiente, y luego otro más, y luego otro más (nunca estaba satisfecho), y así hasta diecisiete, ¡pues yo, en mi espanto, contaba! Después desapareció con un decimoctavo que prefirió no lavar y utilizar tal cual para las necesidades del día.

UN HOMBRE APACIBLE

Alargando las manos fuera de la cama, a Pluma le sorprendió no encontrar la pared. “Vaya –pensó–, las hormigas se la habrán comido…” y volvió a dormirse.
 Poco después, su mujer lo agarró y lo zarandeó y le dijo: “¡Mira, vago! Mientras estabas ocupado durmiendo, nos han robado la casa.” Efectivamente, un cielo intacto se extendía hacia donde mirara. “Bah, lo hecho, hecho está”, pensó.
Poco después, se oyó un ruido. Era un tren que se les echaba encima a toda máquina. “Por la prisa que parece llevar –pensó–, llegará seguramente antes que nosotros” y volvió a dormirse.
Luego, lo despertó el frío. Estaba completamente empapado de sangre. Cerca de él, yacían algunos pedazos de su mujer. “Con la sangre –pensó– surgen siempre cantidad de molestias; me hubiese alegrado mucho que no pasara el tren. Pero en vista de que ya pasó…” y volvió a dormirse.
 -A ver –decía el juez–, cómo explica usted que su mujer se haya herido hasta el punto de que la encontrasen destrozada en ocho pedazos, sin que usted, que estaba al lado, pudiera hacer un gesto para impedírselo, sin haberse dado cuenta siquiera. He ahí el misterio. En ello radica todo este asunto.
 -En ese sentido, yo no puedo ayudarlo –pensó Pluma, y volvió a dormirse.
-La ejecución tendrá lugar mañana. Acusado, ¿tiene usted algo que añadir?
-Discúlpeme –dijo–, no he seguido el juicio. Y volvió a dormirse.

UNA CABEZA SALE DE LA PARED

Por la noche, mucho antes de que el cansancio me lleve a hacerlo, tengo la costumbre de apagar la luz.
Tras unos minutos de duda y sorpresa, durante los cuales espero tal vez poder dirigirme a un ser, o que un ser venga a mí, veo una cabeza enorme de casi dos metros de superficie que, ni bien se forma, arremete contra los obstáculos que la separan del aire libre.
De entre los restos del muro perforado por su fuerza, aparece en el exterior (la siento más de lo que la veo) seriamente herida y luciendo las huellas de un esfuerzo doloroso. 
Llega con la oscuridad, regularmente desde hace meses.
Si entiendo bien, en este momento es la soledad que me pesa, de la cual aspiro salir subconscientemente, sin saber cómo hacerlo todavía, y que expreso de este modo, sacando de ello, sobre todo en el auge de los golpes, una gran satisfacción.
Naturalmente, esa cabeza vive. Tiene vida propia.
Se precipita así miles de veces a través de techos y ventanas, a toda velocidad y con la obstinación de una biela.
¡Pobre cabeza!
Pero para salir realmente de la soledad uno debe ser menos violento, menos iracundo, y carecer de un alma capaz de conformarse con un espectáculo.
A veces, no sólo ella, sino yo mismo, con un cuerpo fluido y duro que me siento, bien distinto del mío, infinitamente más ágil, flexible e inatacable, embisto a mi vez con ímpetu y sin tregua, puertas y paredes. Me encanta abalanzarme de frente contra el armario de luna. Golpeo, golpeo, golpeo, destripo, tengo satisfacciones sobrehumanas, supero sin esfuerzo la ira y el impulso de los grandes carnívoros y las aves de rapiña, tengo un arrebato que está más allá de cualquier comparación. Luego, sin embargo, al pensarlo, me sorprende, me sorprende cada vez más que después de tantos golpes, el armario de luna no se haya resquebrajado aún, que la madera no haya soltado un solo crujido. 




POEMA FINAL DE LA VIDA EN LOS PLIEGUES

Ha llegado con las lluvias, camarada, aquel a quien, por lo que dicen, lleva cada uno en la espalda.
Ha llegado con las lluvias, triste, y no se ha secado aún.
Yo he arrancado algunas veces desde entonces. He abordado unas cuantas orillas nuevas. Pero no he podido desentristecerlo. Me canso ahora. Mis fuerzas, mis últimas fuerzas... Su ropa mojada –¿dónde está la mía para empezar?– me da escalofríos. Ya va siendo hora de volver a casa.


LA VEJEZ DE POLLAGORAS
Me encantaría saber por qué siempre
soy yo el caballo que monto


    Con la edad –dice Pollagoras– me he vuelto semejante a un campo en el cual hubo batalla, batalla hace siglos, batalla ayer, un campo de muchas batallas.
    Muertos nunca muertos del todo deambulan en silencio o descansan. Podríamos creerlos libres del deseo de vencer.
     Pero de pronto se animan, los que estaban acostados se levantan y atacan bien armados. Acaban de toparse con el fantasma del rival de antaño, quien, a su vez, sobresaltado, de golpe arremete febril, preparado el quite, obligando a mi corazón a acelerar su movimiento en el pecho y en el ser ceñudo que se anima a su pesar.
    Entre ellos libran “sus” batallas sin tregua, ciegos tanto a las precedentes como a las siguientes, cuyos héroes circulan anónimos y pacíficos hasta que, topándose a su vez con el rival contemporáneo, se incorporan en un instante y se lanzan irresistiblemente al combate.
Así es como tengo mis años –dice Pollagoras–, por esta acumulación.
    Atestado de batallas ya libradas, reloj de escenas cada vez más numerosas que rugen, cuando yo quisiera estar en otra parte.
Así, como una mansión abandonada al Poltergeist, vivo sin vivir, lugar de apariciones que no me interesan ya, aunque ellas aún se apasionen y tumultuosamente se rehagan en un febril rebobinarse que no puedo parar.



EN VERSO

DESCANSO EN LA DESDICHA

Desdicha, gran arador mío,
Desdicha, siéntate,
Descansa,
Descansemos un poco tú y yo,
Descansa,
Me encuentras, me pones a prueba, me lo pruebas.
Soy tu ruina.

Gran teatro mío, mi puerto, mi hogar,
Mi sótano de oro,
Mi porvenir, mi auténtica madre, mi horizonte.
En tu luz, en tu amplitud, en tu
        horror
Me abandono.

MI SANGRE

El caldo de mi sangre en que chapoteo
Es mi poeta, mi lana, mis mujeres.
No tiene corteza, se hechiza, se expande.
Me llena de vidrios, de granito, de tiestos.
Me desgarra. Vivo en las trizas.

En la tos, en lo atroz, en el trance
Construye mis castillos
Y los ilumina
En telas, en tramas, en manchas.


SOY GONG

En mi canto de ira hay un huevo
Y en ese huevo están mi madre, mi padre y mis
    hijos,
Y en ese todo hay alegría y tristeza mezcladas, y vida.
Fuertes tormentas que me han socorrido,
Gran sol que te me has opuesto,
Hay odio en mí, fuerte y antiguo,
Y de la belleza nos ocuparemos más tarde.
No me volví duro, en efecto, sino lámina a lámina;
Si supieran cómo he quedado blando en el fondo.
Soy gong y algodón y canto de nieve,
Lo digo y estoy seguro.

FRAGMENTO DE PASAJES

¿Qué hago?
Llamo.
Llamo.
Llamo.
No sé a quién llamo.
A quién llamo, no lo sé.
Llamo a alguien débil
A alguien roto
A alguien orgulloso que nada pudo quebrar.
Llamo.
Llamo a alguien de allí,
A alguien perdido a lo lejos,
A alguien de otro mundo.
(¿Mi solidez era, entonces, pura mentira?)
Llamo.
Frente a este instrumento tan claro,
Frente a este instrumento cantor que no me
         juzga,
Que no me observa,
Perdiendo toda vergüenza, llamo,
Llamo,
Llamo desde el fondo de la tumba de mi infancia
Que pone mala cara y se contrae todavía,
Desde el fondo de mi desierto presente,
Llamo,
Llamo.
El llamado me asombra a mí mismo.
Aunque sea tarde, llamo.
Para reventar el techo
Sin duda
Ante todo
Llamo. 



VEJEZ

¡Noches! ¡Noches! ¡Cuántas noches para una sola mañana!
¡Islitas dispersas, cuerpos de fundición, costras!
¡Miles de nosotros se acuestan en la cama, fatal desenfreno!
Vejez, veladora, recuerdos: arena de la
  melancolía.
¡Aparejos inútiles, lento desmontarse!
¡Así que ya nos echan!
¡A empujones! ¡Salir a empujones!
Plomo del descenso, con niebla a la espalda…
Y la pálida estela de no haber podido Saber.

PERO TÚ ¿CUÁNDO VENDRÁS?

Pero Tú, ¿cuándo vendrás?
Un día, alargando Tu mano
Por sobre el barrio donde vivo,
En el instante maduro en que de veras desespero;
En un segundo atronador,
Arrancándome con terror y soberanía
De mi cuerpo y del cuerpo lleno de costras
De mis ideas-imágenes, ridículo universo;
Soltando en mí Tu sonda atroz,
La espantosa fresadora de Tu presencia,
Vendrás elevando en un instante sobre mi diarrea
Tu recta e insalvable catedral;
Proyectándome, no como hombre,
Sino como proyectil en la vía vertical.

Vendrás, si existes,
Seducido por mi desperdicio,
Mi odiosa autonomía.
Saliendo del cielo, de donde sea, de debajo de mi
    ego conmovido, quizá;
arrojando mi cerilla en Tu desmesura,
y adiós, Michaux.

O si no, ¿qué?
¿Nunca? ¿No?
Di, Premio Gordo, ¿dónde quieres caer entonces?

LLÉVENME

Llévenme en una carabela,
En una suave y vieja carabela,
En el estrave, o si quieren, en la espuma,
Y piérdanme a lo lejos, a lo lejos.

En el atelaje de otra edad.
En el engañoso terciopelo de la nieve.
En el aliento de una jauría de perros.
En la tropa exhausta de las hojas secas.

Llévenme sin quebrarme, en los besos,
En los pechos que se levantan y respiran,
Sobre los tapices de las palmas,
En los corredores de los huesos largos y las articulaciones.

Llévenme o, mejor dicho, entiérrenme.

EN EL CAMINO DE LA MUERTE

En el camino de la Muerte
Mi madre se topó con una gran banquisa;
Quiso hablar,
Ya era tarde,
Una gran banquisa de algodón.

Nos miró, a mi hermano y a mí,
Y luego lloró.

Le dijimos –mentira realmente absurda–
Que entendíamos perfectamente.
Sonrió entonces con esa sonrisa, llena de gracia, de cuando
No era más que una jovencita
-Lo que en el fondo era–,
Una sonrisa tan bonita, casi traviesa;
Luego, fue tomada en lo Opaco.

MI VIDA

Mi vida, te vas sin mí.
Ruedas.
Y yo sigo esperando para dar un paso.
Te llevas a otra parte la batalla.
Así me desiertas.
Nunca te seguí.
No me resultan claras tus ofertas.
Lo poquito que deseo, no lo traes nunca.
Por esa falta, aspiro a tanto.
A tantas cosas, a casi el infinito.
Por ese poco que falta, que no traes nunca.

LA MUCHACHA DE BUDAPEST

Tomé sitio en la niebla tibia de un aliento de muchacha.
Me fui, no dejé mi sitio.
Sus brazos no pesan nada. Se los encuentra como el agua.

Lo marchito se esfuma en su presencia. Solo sus ojos quedan.
Largas y hermosas yerbas, flores largas y hermosas crecían en nuestro campo.
Obstáculo tan leve en mi pecho, cómo te apoyas ahora.
Te apoyas tanto, ahora que ya no estás.


LA NOCHE

En la noche
En la noche
Me he unido a la noche
A la noche ilimitada
A la noche
Mía, hermosa, mía
Noche
Noche natal
Que me inunda de mi propio grito
De mi trigo
Tú que me invades
Que haces oleaje oleaje
Que haces oleaje por todas partes
Y echas humo, y eres tan densa
Y muges
Y eres la noche.
Noche yacente, noche implacable.
Y su fanfarria, y su playa,
Su playa en lo alto, su playa en todas partes,
La playa bebe, su peso es rey, y todo cede
          debajo de él
debajo de él, debajo de algo más fino que un hilo,
Bajo la noche
La noche. 

¡EN CONTRA!

Yo les construiré una ciudad de andrajos.
Sin planos y sin cemento les construiré un edificio que no destruirán
Y que sostendrá e hinchará una especie de evidencia espumeante,
Que irá a rebuznarles a las narices y a las heladas narices
De todos sus Partenones, sus Artes Árabes y sus Mings.
Con humo, con la dilución de la niebla y del ruido de pieles de tambor,
Yo les asentaré soberbias fortalezas aplastantes,
Fortalezas hechas exclusivamente de torbellinos y temblores,
Contra las cuales su orden multimilenario y su geometría
Caerán en un amasijo de sandeces y polvo de arena sin sentido.
¡Tañido fúnebre! ¡Tañido fúnebre! ¡Tañido fúnebre! ¡Sobre todos ustedes! ¡La nada sobre los vivos!
¡Sí, creo en Dios! Por supuesto, él no lo sabe.
Fe, suela inagotable para quien no avanza.
¡Oh mundo, mundo estrangulado, vientre frío!
¡Ni siquiera un símbolo, sólo la nada!
¡Estoy en contra! ¡Estoy en contra! ¡Estoy en contra y te cebo con cadáveres de perros!
¡A toneladas, me oyen, a toneladas les arrancaré
Lo que me han negado en gramos! 
El veneno de víbora es su fiel compañero.
¡Fiel! Y él lo estima en su valor justo.
Hermanos, malditos hermanos míos, síganme con confianza,
Los colmillos del lobo no abandonan al lobo,
Es la carne de cordero la que cede.
¡En lo oscuro, veremos claro, hermanos míos!
¡En el laberinto encontraremos el camino!
¡Osamenta! ¿Acaso cabes aquí?
¡Estorbo! ¡Meona! ¡Tiesto roto! ¡Polea quejumbrosa!
¡Cómo vas a sentir los cordajes tensos de los cuatro mundos!
¡Cómo voy a descuartizarte!

jueves, 2 de febrero de 2012

El microrrelato: ese arte pigmeo

                                          Por Pedro de Miguel

 
Microcuento, minicuento, cuento minúsculo, cuento en miniatura, incluso cuentículo... Existen demasiadas denominaciones para dar cuerpo al cuento brevísimo, entre las que parece imponerse la de "microrrelato".
Un fenómeno en absoluto nuevo en la literatura, que sin embargo parece ponerse de moda en el último medio siglo, de la mano de insignes cultivadores de la ficción hispanoamericana como Borges, Cortázar, García Márquez, Arreola, Denevi y Monterroso. Porque, aunque el microrrelato no es ajeno a todas las literaturas contemporáneas -basta recordar la extraña belleza de los cuentos breves de Kafka o el impagable humor de los de Slawomir Mrozek-, parece haber irrumpido con mayor fuerza al otro lado del Atlántico, donde también se ha intentado dotarlo de base teórica y distinguirlo de especies afines. No faltan en nuestro país brillantes cultivadores del microrrelato, como Luis Mateo Díez, Max Aub o Antonio Pereira, y es raro el escritor que no haya perpretado uno alguna vez.
El microrrelato hunde sus raíces, como toda literatura, en la tradición oral, en forma de fábulas y apólogos, y va tomando cuerpo en la Edad Media a través de la literatura didáctica, que se sirve de leyendas, adivinanzas y parábolas. Algunos han visto el microrrelato como la versión en prosa del haiku oriental y otros lo han hecho derivar de la literatura lapidaria.
Pero es en la época moderna, al nacer el cuento como género literario, cuando el microrrelato se populariza en la literatura en español gracias a la concurrencia de dos fenómenos de distinta índole: la explosión de las vanguardias con su renovación expresiva y la proliferación de revistas que exigían textos breves ilustrados para llenar sus páginas culturales. Algunas de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna son verdaderos cuentos de apenas una línea, y también Rubén Darío y Vicente Huidobro publicaron minicuentos desde diversas estéticas. Junto a estos autores, la crítica señala también al mexicano Julio Torri y al argentino Leopoldo Lugones como decisivos precursores del actual microrrelato.
En la segunda mitad del siglo XX el microrrelato llega a su madurez. Ya no se trata de un ejercicio de estilo, de una pirueta de agudeza o de un retazo más o menos misterioso de prosa poética. El microrrelato se presenta como una auténtica propuesta literaria, como el género idóneo para definir, parodiar o volver del revés la rapidez de los nuevos tiempos y la estética posmoderna. Algo que tiene que ver con Italo Calvino y sus "Seis propuestas para el próximo milenio", con sus "hibridaciones multiculturales", como ha señalado Enrique Yepes, uno de los estudiosos de este arte pigmeo. El cuento brevísimo es la arena ideal donde se bate la moda de la destrucción de los géneros, hasta el punto de que resulte imposible -e inútil- tratar de definirlo, distinguirlo o envolverlo de legalidad.
Proliferan así estos "cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas" -según expresión del argentino David Lagmanovich- que, con su despojamiento, ponen a prueba "nuestras maneras rutinarias de leer". Para diferenciarlos de los aforismos, las frases lapidarias o los miniensayos, deben cumplir los principios básicos de la narratividad, aunque de una forma extravagantemente concentrada. Son, casi siempre, ejercicios de reescritura, o minúsculo laboratorio de experimentación del lenguaje, o ambiciosa pretensión de encerrar en unas líneas una visión trascendente del mundo.
Pero queda una sospecha: ¿no habrá en todo esto un poco de pereza? Con su humor de siempre, Augusto Monterroso parece sembrar la duda cuando escribe: "Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto". 

Artículo sacado de elmundo.es

domingo, 15 de enero de 2012

El camino

He visto en el camino
caravanas de hombres
y mujeres con manos
extendidas hacia el caminante
valles de lágrimas
montañas de huesos
desiertos de sed
oasis de alegría
la moneda del deseo
el trigo del hambre
el rostro de la muerte
el fondo de la nada

sábado, 7 de enero de 2012

Tres cuentos brevísimos


Al pan, pan, y al vino, vino


Es fascinante la atracción que ejerce una buena caca. Sea de vaca, de perro o humana –si bien esta última parece ser la que goza de más atención por parte de cualquier ser vivo–, se convierte en pocos minutos en el centro de gravitación de las miradas, del olfato ofendido y, también, claro está, de los círculos de moscas que, siempre en vilo, parecen existir sólo para eso; o en todo caso, como si el instante del encuentro entre una caca y una mosca fuera algo precioso dentro de esa de por sí breve, intensa y, se entiende, preciosa vida. Es más: cuando han disminuido las miradas y el olfato humanos –digamos, al cuarto de hora–, puesto que la caca ha perdido ya esa mezcla de frescura y fuerza de los inicios, sólo las moscas parecen capaces de admirar la belleza de la caca, su calidad de mesa, banquete y recinto sagrado: todo a la vez.
Y entonces, ¡qué hermoso ver cómo ese objeto blando, tonto, sin vida, desborda de pronto de energía y amor y voracidad! Cena que se resiste a caer en el tedio de la sobremesa y, a la inversa, opta por la vida, arrugando el mantel, las servilletas, rompiendo los floreros, salpicando las paredes, traspirando los vestidos en una orgía bestial que dura años enteros; tampoco debemos olvidar que, para ellas, es siempre la última cena.
Y conforme pasa el tiempo, la caca ya no existe o existe solamente como un molesto obstáculo para los transeúntes que pasan cerca de ella o por sobre ella, o ya directamente la pisan sin piedad y siguen su camino, imparables, indiferentes, sin sospechar que ésta se ha transformado, para ciertas privilegiadas, en una intensidad y un crepúsculo y una despedida.

Pensar que así son las grandes obras bajo las alitas de los críticos.






 
Una vergüenza

Cuando llegó la Muerte, el hombre se puso de todos los colores para finalmente quedarse pálido. No me lleve, no me lleve, por favor, gemía arrodillado a los pies de su cama, llorando o bien tenaz y quedo como un niño, o bien de forma teatral como una plañidera, dando sacudidas de pecho y tosiendo entre las plegarias y el llanto. La Muerte se cuidó de tocar al hombre, haciendo durar –un minuto más, un minuto menos, qué importa si la lista es larga y agotadora, pensó– el placer, insospechadamente poderoso, que le producía aquella inesperada victoria sobre la raza humana.
Por supuesto, había conocido cobardes, pero cobardes dóciles, que se quedaban de piedra apenas su funesta sombra se alargaba sobre ellos. También había conocido moribundos teatrales, pero siempre resignados, que soltaban sentencias a último minuto como profunda aceptación de su destino. Así, se quedaba siempre con un regusto amargo, un vacío entre los huesos cada vez más desportillados, una sensación de frío que parecía provenir del acero de su guadaña, del pesado pergamino que sostenía con la otra mano, de su cargo mismo, siempre exigente y difícil, y sin embargo ya mecánico, ya lejos de toda implicación personal, de todo aprovechamiento de esos encuentros. No, no había topado nunca con un moribundo tan rebelde y a la vez tan sincero, tan caóticamente sincero como éste. Jamás había tenido esa suerte.
Entonces, frente a aquel despliegue de lágrimas y toses, de golpes en el pecho y por favores guturales, la Muerte sintió subir algo desconocido por su cuerpo milenario, algo duro y chispeante, algo como orgullo o fuego: sentía que por fin la reconocían. Esa sumisión patética –a todo esto, las súplicas y los lamentos del hombre ya no formaban sino un solo gemido animal– era nada menos que el reconocimiento de su labor –esa labor limpia de trámites, de hipocresías y vanaglorias, esa labor puntual y sigilosa, y que sin embargo, o tal vez precisamente por eso, era siempre atribuida al azar o a Dios… Pero ahora, por fin, era el reconocimiento de su autoridad, de su aura radiante. Era la culminación… Se sobresaltó con una terrible carcajada. De pie, frente a ella, casi más grande que ella, el hombre le decía entre risas: ¿Te la creíste? No me quedaría ni aunque me pagaran… Flaca de mierda. ¿Te apuras? No tengo todo el día.
El orgullo se transformó en una vergüenza que le quemó los pómulos y enseguida le bajó por la espina dorsal, haciéndole temblar las tibias como una descarga eléctrica. No, este trabajo ya no es lo que era, se dijo cabizbaja, hundiéndose en la capucha demasiado grande para su cráneo relamido por las aguas torrenciales del tiempo. Tenía que reaccionar, la presión era enorme, y todo le pareció digno, excepto obedecer a esa orden como lo haría un perro.
Así fue como el bromista salvó la vida.



Entrar en el Paraíso
 
A la entrada me recibe (me repele) un hombre inmenso que, derramándose sobre un taburete, levanta un índice nudoso y macizo como un mástil para indicar que no, que no puedo entrar, que es inútil insistir (en el caso contrario, según me contaron, el índice, replegándose, vuelve al amasijo de dedos que, semejante a un llavero de carne y hueso, es depositado luego en el bolsillo de la pesada chaqueta de cuero). Hombre paquidérmico y parco, San Pedro (como le dicen, según me contaron, los pocos bienaventurados que logran el ingreso, agradeciéndole de paso el saludo de la noble papada que se inclina, completando otro gesto amistoso: el guiño del ojo grande y coronado por un párpado brillante de sudor, ese ojo como abrumado por el peso de telón que parece amenazar cada una de sus miradas de ballena), San Pedro, entonces, me ha cortado el paso con ese índice nudoso y macizo como un mástil, sin una sola palabra, sólo derramándose sobre el taburete cuyas patas, cortísimas, parecen empotradas en el piso de cemento, con el NO definitivo en la inmovilidad contundente de su grasa musculosa y en la fijeza opaca de sus ojos de mamífero marino. Y yo, pobre pecador, no menos inmóvil bajo la luz roja que promete (garantiza, según me contaron) tantas delicias sin nombre, me contengo a duras penas para no golpearlo en el cráneo rapado y áspero hasta sacarle (o dejarme sacar) sangre, limitándome cobarde y razonablemente a saborear briznas de la música gloriosa que, por las rendijas del portón prohibido, escapa impregnada de luces coloridas, resplandores tropicales y el picante perfume de los ángeles. Pero sé que estorbo, porque en el ojo negro del monstruo se adivina ya una impaciencia amenazante, y detrás de mí, hasta perderse de vista, ansiosamente oscura, soltando uno que otro suspiro estremecedor en la penumbra de la galería, se prolonga la cola de almas en pena, de almas que esperan penetrar, una noche al menos, en el paraíso de la carne.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Nicanor Parra o la consagración del sacrilegio


A partir del romanticismo –movimiento fundador de la poesía moderna–, el discurso poético se alimenta de las negaciones de la tradición y, asimismo, de la irreverencia ante las formas consagradas, mismas que, décadas o tan sólo años antes, solían ser consideradas como innovadoras. No otra cosa prueba el surgimiento de la anti poesía, de Nicanor Parra, que hoy más que nunca se consagra gracias al Premio Cervantes, sin duda el mayor galardón en lengua española, a lo cual se añadirá pronto la publicación de la Obras Completas del anti poeta chileno.
Así, una vez más, queda probada la vigencia del mecanismo: el profanador (anti) cultural termina sentado en el trono que antes profanase. Profanar e innovar se equivalen en la modernidad. Y la poesía moderna es la consagración del sacrilegio.
Nicanor Parra, excelente lector de la tradición, la niega, se burla de ella y le falta el respeto. Prolonga así una tradición dentro de la tradición: la de hacer tabla rasa con los espacios preferidos del canon, creando a la vez, poco a poco, un nuevo centro. En efecto, desde hace tiempo ya, la anti poesía  forma parte de la poesía. Es no sólo un engranaje más en la máquina literaria –elemento motor en su tiempo y, hoy en día, pieza aún reluciente, no pocas veces deslumbrante–, sino que termina constituyendo una actitud central, un tono canónico.
Pasar del margen al centro, de la anti poesía a la poesía, ha sido inevitable. Porque la poesía (no la escribimos con mayúscula, pues hoy vemos en ese gesto –y la obra de Parra no es ajena a ello– una pose reaccionaria o polvorienta, y consagramos así, indirecta y paradójicamente, la minúscula) sobrevive gracias a esos conflictos. No es casual, pues, que los Poemas y Antipoemas (1954) de Parra se publicasen precisamente en el momento en que las grandes vertientes de la poética hispanoamericana se hacían cada vez más dogmáticas, tanto en el ámbito del realismo socialista como en el de las “vanguardias arrepentidas”, según la expresión de Octavio Paz. Las hojas de Parra reverdecieron el paisaje, alimentaron a esa bestia innombrable que ya no podemos llamar –prohibido por la poesía/policía– Musa.
Por todo lo dicho, es natural y justo que hoy la poesía de Parra sea consagrada como gran literatura; siempre lo fue, aun cuando se disfrazaba, astutamente, de anti poesía.



lunes, 21 de noviembre de 2011

Matriarca

In memoriam
Severina Valerio
+ 11/21/2011

No quiero ver
tu cuerpo vencido

No quiero ver
las sábanas sucias

No quiero ver
aparatos médicos

No quiero ver
más insulina

No quiero ver
tu voz muerta

No quiero ver
tu cabellera triste

No quiero ver
tus manos mudas

No quiero ver
tus pies ciegos

sábado, 12 de noviembre de 2011

Cantos y contracantos a Walt Whitman


Por Miguel Alejandro Valerio


Whitman es para el público hispano el bardo de luengas barbas
y pastoril cayado, de sombrero alón y el pecho al viento, el anciano
de dulce mirada inmortalizado por numerosos retratos.

Fernando Alegría[1]



            Walt Whitman es sin lugar a duda el poeta norteamericano más elogiado, emulado e imitado en nuestra poesía, tanto en la continental como en la peninsular.  Este hecho es en gran parte fruto del artículo que José Martí le dedica a Whitman y que aparece en El Partido Liberal de México y La Nación de Buenos Aires en abril de 1887.  No porque Whitman careciera de sus propios méritos —todo lo contrario—, sino porque fue a través de Martí que el poeta norteamericano entró en nuestras letras.  Según los críticos, el soneto que Rubén Darío le dedica a Whitman es principalmente producto directo de su lectura del artículo martiano.[2]  Además, Martí fue el único de nuestros poetas en conocer a Whitman personalmente.     
            Este breve trabajo versará sobre los diálogos/monólogos que han sostenidos algunos de nuestros poetas con Walt Whitman y su obra.  Nos concentraremos precisamente en tres poetas: Rubén Darío, Pablo Neruda, y Pedro Mir, y sus respectivos poemas, «Walt Whitman», «Oda a Walt Whitman», y Contracanto a Walt Whitman, como máximas expresiones de Whitman en ellos.  Nos interesa subrayar las actitudes que estos poetas manifestaron en los poemas citados hacia Whitman y el imperio poético y político que éste representaba para ellos.
            Felizmente este tema ya ha sido tratado por numerosos críticos de ambos bandos, el iberoamericano y el norteamericano.  El libro Walt Whitman en Hispanoamérica de Fernando Alegría es un sine qua non en el estudio de la presencia de Whitman en nuestra literatura.  De igual importancia es el ensayo «Walt Whitman’s Popularity among Latin-American Poets» de Mary Edgar Meyer, ya que no sólo nos ofrece una perspectiva norteamericana, sino una ajena a nuestra tradición.  Otro texto muy importante es el ensayo «José Martí y Pedro Mir: Walt Whitman en el Caribe» de Nicolás Magaril.  Estos son sólo algunos de los textos fundamentales que tendremos como referentes en el curso de nuestro discurso.

            Antes de pasar a Darío creo oportuno detenernos un instante en el artículo de Martí.  El Whitman que Martí conoce no es el joven robusto del daguerrotipo del frontispicio de la primera edición de Hojas de yerba de 1855, sino «el gran viejo, / bello como un patriarca, sereno y santo» del soneto dariano.  El Whitman que nos atribuye Alegría es, entonces, el que nos legó Martí.[3]  Conoce Martí a Whitman en una lectura que éste hizo de sus Memorias del Presidente Lincoln en Manhattan el 14 de abril de 1887 en el teatro Madison, cuando el insigne poeta norteamericano se encontraba en el umbral de sus sesenta y ocho años de peregrinaje.[4]
[…] ayer vino Whitman del campo para recitar ante un concurso de leales amigos, su oración sobre aquel otro hombre natural, aquella alma grande y dulce, «aquella poderosa estrella muerta del oeste», aquel Abraham Lincoln.6032550001553240


El artículo, como muchos del prócer cubano, es un canto eufórico donde Martí se une a los pocos intelectuales que defendían la poesía whitmaniana  y reprochaban a las personas e instituciones que la condenaban, las cuales sobreabundaban, como es archisabido.[5]   «Hay que estudiarlo», nos dice, «porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo».  Martí encuentra en Whitman y su obra un nuevo credo: «La libertad», proclama Martí, «es la religión definitiva.  Y la poesía de la libertad el culto nuevo».  Para Martí, Whitman es el sumo sacerdote del culto a la libertad.  Esto es lo que nuestros poetas verán en Whitman y su obra: el artífice de una nueva poesía, libre y libertadora.  Por ello, serán conmovidos a elogiarlo, emularlo e imitarlo. 
La vida libre y decorosa del hombre en un continente virgen ha creado una filosofía
sana y robusta que está saliendo al mundo en epodos atléticos. A la mayor suma de
hombres libres y trabajadores que vio jamás la tierra, corresponde una poesía de
conjunto y de fe, tranquilizadora y solemne, que se levanta, como el sol del mar,
incendiando las nubes, bordeando de fuego las crestas de las olas, despertando en las
selvas fecundas las flores fatigadas y los nidos.

Con su vertiginosa prosa lírica el artículo de Martí es el primer elogio, la primera emulación, y la primera imitación de Whitman en español.  El artículo, como dejan entrever las palabras citadas, es también una proclama, de un exiliado que anhela para su pueblo lo que Whitman soñaba para el suyo.[6]  Más sobre esto más adelante.     

Como producto directo de la lectura del artículo de Martí que hemos comentado, y otros artículos sobre Whitman publicados en Paris y Nueva York,[7] el soneto «Walt Whitman» de Rubén Darío nos ofrece un retrato de Whitman afín con el que hace el cubano del poeta norteamericano en su artículo:
Sacerdote, que alienta soplo divino,
anuncia en el futuro, tiempo mejor.
Dice al águila: «¡Vuela!», «¡Boga!», al marino,

y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.
¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!

Como señala Alegría, en Darío, como en sus contemporáneos, lo que hay de Whitman no es ni su poética ni su espíritu, sino nada más que su voz.  Pues conocieron los modernistas muy poco la obra whitmaniana, y lo poco que conocieron fue a través de traducciones primitivas. [8]  Es más, el soneto de Darío a Whitman no forma parte de Azul sino hasta su segunda edición, porque para cuando salió el artículo de Martí la primera edición ya estaba terminada.[9]    
Es el poema de Darío pura admiración por el afamado poeta norteamericano.  Hecho interesante, pues eran Whitman y Darío los polos más opuestos.  Es la de Whitman una poética nueva, libre de toda la poesía esclavizada de sus antecesores británicos.  La primera poesía verdaderamente americana.  De ahí la gran admiración por ella.  Mientras la modernista es un rescate, inicialmente infantil, de lo clásico, que eventual y accidentalmente madura en una poética criollista.  Es en esto último que quizás podríamos establecer un punto de encuentro entre los modernistas y Whitman.  Fue Darío nuestro poeta más americano y más europeo.  Whitman quería desatarse de todo lo escrito en los siglos anteriores; quería volver al origen, al génesis.  Es la de Whitman una prosa bíblica.  Mientras los versos de Darío son gongorinos, sino áureos.

Fueron Edgar Allan Poe y Walt Whitman los poetas favoritos de Pablo Neruda.  El poeta chileno los consideraba sus maestros.  Eran los poetas que él más quería emular.  Los veneraba como se veneran los santos.  Mientras hay muy poco de Poe en Neruda, fue éste el poeta hispanoamericano de la vanguardia que más se acercó a la poética whitmaniana.  Pues fue su generación la primera del mundo panhispánico en conocer la obra de Whitman en su totalidad, gracias en gran parte a las traducciones de Armando Vasseur, Torre-Ríoseco, y otros.[10]  Su «Oda a Walt Whitman», sin embargo, no se acerca a la estética whitmaniana, sino que meramente alaba al poeta y su obra:
Pero no sólo
tierra
sacó a la luz
tu pala;
desenterraste
al hombre,
y el
esclavo
humillado
contigo, balanceando
la negra dignidad de su estatura,
caminó conquistando
la alegría.
La oda nerudiana, como el soneto dariano, está colmada de admiración por el «Buen panadero! Primo hermano mayor / de [sus] raíces».  No es en su esquemática oda, entonces, que Neruda le rinde su mejor homenaje a Whitman, sino en su Canto general.  Es en el Canto que Neruda se acerca más a la poética, estética y ética whitmaniana.  Allí Neruda, como Whitman en las Hojas, asume el rol de historiador, o portavoz, oficial del pueblo.  Nadie que conozca los dos poetas puede leer Que despierte el leñador sin pensar en Whitman y el poema de éste a Lincoln que seguramente inspiró a Neruda. 
Whitman y Neruda celebran la historia de América y profetizan un mejor porvenir para ella.  En estos son los dos poetas depositarios de las esperanzas del pueblo, y allende verdaderos poetas populares, de nueva altura.  No hay cosmovisiones más afines que la whitmaniana y la nerudiana.  De ahí que podemos entender porque Alegría considera a Neruda la continuación de Whitman.[11]                

            En la posvanguardia, con la expansión de la poesía sociopolítica, nuestro sentir hacia Whitman cambia.  Ahora nuestros poetas asocian a Whitman con el imperio político que representaba, concretamente: la nefasta política intervencionista estadounidense que afectó tan negativamente nuestro continente.  Ya no dirigimos nuestras protestas poéticas a Roosevelt, sino a Whitman, cuyos sueños y esperanzas vemos traicionados por su patria.  Este sentir ya está presente en la oda de Neruda citada:[12]       
Nuevos
y crueles años en tu patria:
persecuciones,
lágrimas,
prisiones,
armas envenenadas
y guerras iracundas,
no han aplastado
la hierba de tu libro,
el manantial vital
de su frescura.

No obstante, es el Contracanto del dominicano Pedro Mir donde este sentir se materializa con mayor nitidez.  El de Pedro Mir es el poema de los aquí tratados que más se acerca a Whitman, tanto en forma como en contenido:   
Yo,
       un hijo del Caribe,
precisamente antillano.
Producto primitivo de una ingenua
criatura borinqueña
                                 y un obrero cubano,
nacido justamente, y pobremente,
en suelo quisqueyano.
Recorrido de voces,
lleno de pupilas
que a través de las islas se dilatan,
vengo a hablarle a Walt Whitman,
un cosmos,
                     un hijo de Manhattan.
Preguntarán
                     ¿quién eres tú?
                                                Comprendo.
Que nadie me pregunte
quién es Walt Whitman.
Iría a sollozar sobre su barba blanca.
Sin embargo,
voy a decir de nuevo quién es Walt Whitman,
un cosmos,
                   un hijo de Manhattan.

Pues, como en Whitman, se celebra en él al hombre y su universo, construyéndose a través de esa celebración una nueva identidad, la del nosotros democrático, o sea la colectiva: transformación del yo egocéntrico en el  nosotros altruista.  De ahí su subtitulo: Canto a nosotros mismos.   
Tanto Mir como Whitman, como Neruda en el Canto, asumen el rol de portavoces oficiales de su pueblo; y ambos se convierten, como Neruda también, en profetas del porvenir en el curso de sus respectivos cantos.  Además, el poema de Mir, como otros escritos contemporáneos sobre Whitman, reflejan, como tenemos dicho, la actitud de muchos escritores latinoamericanos hacia los Estados Unidos y su política intervencionista, que al parecer de estos escritores traicionaba el sueño utópico whitmaniano.[13] 
Alegría dice que Neruda es una continuación de Whitman.[14]  Yo me atrevo a decir que Mir es una continuación de Neruda.  Son tan afines que a Mir se le considera unos de los mejores  nerudistas.[15]  Al desplomarse las esperanzas del nerudismo en las dictaduras latinoamericanas, Mir saca a la luz una poética que responde a esa realidad y que pone en evidencia el rol nefasto de los Estados Unidos y su potente aparato financiero en ella:
Ahora,
           escuchadme bien:
si alguien quiere encontrar de nuevo
la antigua palabra
                             yo
vaya a la calle del oro, vaya a Walt Street.
No preguntéis por Mr. Babbitt. Él os lo dirá.
—Yo, Babbitt, un cosmos,
un hijo de Manhattan.
Él os lo dirá
—Traedme las Antillas
sobre varios calibres presurosos sobre cintas
de ametralladoras, sobre los caterpillares de los tanques
traedme las Antillas.
   Y en medio de un aroma silencioso
allá viene la isla de Santo Domingo.

Ahora bien, el poema de Mir también es un canto de esperanza, que tiene como inspiración a Whitman, y que busca reivindicarlo:    
Aquí estamos, Walt Whitman, para justificarte.
Aquí estamos
                       por ti
                                 pidiendo paz.
La paz que requerías
para empujar el mundo con tu canto.
          
Pero el poema de Mir es sobre todo una proclama, la de un exiliado que pide libertad para su pueblo.  Este es el punto de encuentro entre Martí y Mir que Magaril establece en el ensayo citado. 
Es posible establecer un arco entre la contribución whitmaniana pionera de José Martí en 1887 desde Nueva York y la de [sic] dominicano Pedro Mir en 1952 desde Guatemala: ambas son recepciones que cabría llamar del exilio antillano, ambas, en prosa y en verso respectivamente, unen literatura y proclama[…][16]

Neruda quería transformar el yo de los «antiguos poetas» en el nosotros del pueblo, pero es Mir que transforma el yo whitmaniano en el nosotros americano, un nosotros que va de Alaska a Tierra del Fuego, del edén prehistórico al infierno contemporáneo, un nosotros que busca el paraíso del futuro.[17]

Sean lo que sean, estos poemas dan claro testimonio de la gran influencia que ha ejercido Walt Whitman en nuestra poesía.  No hemos visto en los poetas y sus poemas aquí comentados nada más que admiración por la vida y obra del poeta norteamericano.  Desde Martí a nuestros días, ningún otro poeta norteamericano ha ejercido tanta influencia en nuestra poesía como Whitman.  Su influencia es solo comparable a la de Dante, Shakespeare o Goethe, como tan bien lo dice Magaril:
 Si al fenómeno whitmaniano […] le sumamos un instante el observable a grandes rasgos en otras lenguas, éste sería comparable, en términos de universalidad, a casos como el de Dante, Cervantes, Shakespeare o Goethe.[18] 
La influencia de Whitman no es mera casualidad.  Whitman es unos de los poetas más potentes de todos tiempos.  Al leerlo nos atrae su fuerza.  Pero más que nada, encontramos nuestra propia esencia.  La revolución poética que Whitman inició ha sido la más desimanada y duradera.