jueves, 16 de agosto de 2012

Cinco microrrelatos fantásticos contemporáneos



Tras leer y releer Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual (Salto de página, 2009, edición y prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel), así como La glorieta de los fugitivos. Minificción completa  (Páginas de Espuma, 2007) de José María Merino, quedé convencido, por un lado, de la vertiginosa eficacia del microrrelato para traducir lo fantástico, y por otro, de la buena salud del género en la literatura contemporánea en castellano. Pruebas de ello son estos cinco microrrelatos (debajo de cada uno figuran el autor y la obra). Por lo demás, es excelente el prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel a dicha antología, pues su enfoque filosófico sobre lo fantástico es acertadísimo en esta época de confusión sobre sus fundamentos y esencia. Por supuesto, me quedo con las ganas de transcribir cuentos íntegros, excelentes para mi gusto, como “Los libros vacíos” de Merino, “La mujer de verde” de Cristina Fernández Cubas, “Fecundación” de Pedro Ugarte, y mi preferido, “Venco a la molinera” de Félix J. Palma. Pero he ahí otra razón de leer esta antología: que llena de apetito y abre puertas hacia nuevos autores de calidad. Del libro de Merino, baste decir que obtuvo el Premio Salambó 2007 de Narrativa en castellano. Leer a este maestro de lo fantástico es tan inquietante como asombroso. Aquí va un enlace de una entrevista que apareció en Babelia, en septiembre de 2007, donde Merino habla del microrrelato como “quintaesencia de la narrativa”:
http://elpais.com/diario/2007/09/01/babelia/1188603550_850215.html
“Quintaesencia de la narrativa”… esto me recuerda lo que escribió el dúo Borges-Bioy en la nota preliminar a Cuentos breves y extraordinarios: “Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal”. Amén.



Dimisión
Hubo un día en que el último hombre que todavía creía dejó de creer, y Dios, decepcionado, se desvaneció en el éter y borró toda huella de Sí, como si jamás hubiera existido.

Juan Pedro Aparicio (León, 1941), El juego del diábolo (Páginas de Espuma, 2008)

La cueva
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.
Fernando Iwasaki (Lima, 1961), Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004)

Intrusión
De la palma de mi mano brotan arañas. Espontáneamente, casi sin previo aviso, tan sólo un cosquilleo eléctrico y ya veo salir la cabeza, el haz de patas peludas, un tarantuleo vivaz que saca pronto a la luz toda una legión de octópodos.
Olga no sabe nada. Olga cree que me complazco en mordisquear traviesa y clandestinamente su cruasán cada mañana mientras lee el periódico en la cocina, que su canario murió de frío a pesar de las caricias que yo mismo le prodigaba entre mis manos, que soy el amante más experimentado del universo cuando siente mis dedos rugosos multiplicarse sobre la aureola erecta de sus pezones, por entre las humedades oscuras de su sexo extasiado.
Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974), Baúl de prodigios (Traspiés, 2009)




El despistado
El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienes ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

Agujero negro
El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

José María Merino (La Coruña, 1941), La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, 2007)

2 comentarios:

Rizzo Jav dijo...

Me gustó mucho el artículo de tu blog sobre autores de microficción.
Las microficciones me parecieron extraordinarias,
únicamente no me gustó para nada "Sumisión" de Juan Pedro Aparicio,
ya que más bien me pareció un aforismo o tal vez un vago pensamiento.

Guillermo Ruiz Plaza dijo...

Gracias por tu generoso comentario, Rizzo.