viernes, 17 de febrero de 2012

René Char, ceniza siempre inconclusa



En la elegante periferia del surrealismo y en el áspero centro de la historia, René Char (1907-1988) cultivó un verbo tan vehemente como pleno, tan exigente como magnético. Y esto, en todos los planos: el ético, el estético, el poético. Furor y misterio es una suma poética (1938-1947) cuyo título no podía ser más certero: poesía tan furiosa como fervorosa, y a la vez, eléctrica de misterio, moviéndose sin cesar a imagen y semejanza de esta nuestra tierra movediza, horrible y exquisita, sometida a la tensión de los opuestos: el poema, elevándose de su pozo de lodo y estrellas, dará testimonio, casi silenciosamente, de que no había nada en él que, en rigor, no existiera en otra parte, en este rebelde y solitario mundo de contradicciones (El poema pulverizado).
Ser del impulso. No del festín, su epílogo. Encarnar el movimiento y la luz en el corazón de las tinieblas. No demorarse en la estela de lo escrito. La del poeta es una sed irisada, una ceniza siempre inconclusa. No hay más que satisfacciones adoptivas; el poeta es un mago de la inseguridad. La poesía es resistencia y la resistencia, esperanza. Un espacio de contraterror que inunda, por ráfagas furiosas, todo el espacio. 
El paisaje que resulta es, como escribió Yves Berger, apocalíptico –paisaje de destrucción y, a la vez, de revelación–. Destrucción, física y metafísica, que rodea al sujeto; revelación de los destellos que tienen lugar en él. Porque ése es el sentido último del furor y el misterio que dan nacimiento a la poesía de Char: como una planta saxífraga, acabará quebrando la roca milenaria desde su centro.



FUROR Y MISTERIO

SOLOS QUEDAN
1938
ARGUMENTO
El hombre huye de la asfixia.
El hombre cuyo apetito inimaginable se encierra sin acabar de aprovisionarse, se liberará a través de las manos, ríos crecidos de súbito.
El hombre que se desgasta en la premonición, que tala su silencio interior y lo reparte en teatros, este segundo es el hacedor de pan.
A unos la prisión y la muerte. A los otros la trashumancia del Verbo.
Desbordar la economía de la creación, engrandecer la sangre de los gestos, deber de toda luz.
Sujetamos el anillo donde están encadenados juntos, por un lado el ruiseñor diabólico, por otro la llave angélica.
En las aristas de nuestra amargura, el alba de la conciencia avanza y deja su limo.
Agostamiento. Una dimensión atraviesa el fruto de la otra. Dimensiones adversas. Deportado del atelaje y las bodas, golpeo el hierro de los cierres invisibles.

FRECUENCIA
Todo el día, asistiendo al hombre, el hierro aplicó su pecho al lodo encendido de la fragua. A la larga, sus jarretes gemelos hicieron estallar la delgada noche del metal apretado bajo la tierra.
 El hombre deja el trabajo sin prisa. Hunde por última vez sus brazos en el flanco sombrío del río. ¿Podrá al fin coger el abejorro gélido de las algas?


MEDALLÓN
Aguas de verde rayo que tocan el éxtasis del rostro amado, aguas cosidas con viejos crímenes, aguas amorfas, aguas saqueadas por una consagración inminente… Aunque padezca las brutales advertencias de su memoria muerta, el fontanero saluda con los labios el amor absoluto del otoño.
Idéntica sabiduría, tú que compones el porvenir sin creer en el peso del desaliento, que sienta impulsarse en su cuerpo la electricidad del viaje.


LA LIBERTAD
Vino por esta línea blanca pudiendo significar tanto el desenlace del alba como la palmatoria del crepúsculo.
Pasó el arenal mecánico; pasó las cimas destripadas.
Cesaban la renuncia de rostro cobarde, la santidad de la mentira, el alcohol del verdugo.
 Su verbo no fue un ciego ariete sino el lienzo en que se inscribió mi aliento.
Con un paso incapaz de desorientarse sino detrás de la ausencia, ella vino, cisne en la herida, por esta línea blanca.

EVADNÉ
El verano y nuestra vida eran una sola y misma cosa
El campo devoraba el color de tu falda olorosa
Se habían reconciliado avidez y límite
El castillo de Maubec se hundía en la arcilla
Ya se desmoronaría el balanceo de su lira
La violencia vegetal nos hacía vacilar
Un cuervo remador sombrío desviándose de su escuadra
 Sobre el mudo sílex del mediodía descuartizado
Acompañaba nuestra armonía de movimientos suaves
La hoz debía descansar en todas partes
Nuestra rareza iniciaba un reino
(El viento insomne que nos arruga los párpados
Pasando cada noche la página consentida
Quiere que cada parte tuya que recuerde
Sea extendida a un país de edad hambrienta y de gigante alero)

Eso era al principio de años adorables
La tierra nos quería un poco yo me acuerdo.

  
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REPARTO FORMAL (FRAGMENTOS)
V
            Mago de la inseguridad, el poeta no tiene más que satisfacciones adoptivas. Ceniza siempre inconclusa.

X
            Conviene que la poesía sea inseparable de lo previsible, pero aún no formulado.

XIII
            Furor y misterio, alternativamente, lo sedujeron y consumieron. Y luego vino el año que remató su agonía de saxífraga.

XIX
            Hombre lluvioso y niño solar, sus manos de derrota y de progreso me son igualmente necesarias.

XXVII
            Tierra movediza, horrible, exquisita y condición humana heterogénea se compenetran y califican mutuamente. La poesía se obtiene en la exaltada suma de sus reflejos cambiantes.

XXX
            El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo.

XXXIV
            Un ser que ignoramos es un ser infinito, capaz al intervenir de cambiar nuestra angustia y nuestro lastre en aurora arterial.
            Entre la inocencia y el conocimiento, el amor y la nada, el poeta extiende su salud cada día.
XXXVIII
            Los dados con los minutos contados, los dados incapaces de abrazar, porque son nacimiento y vejez.

XXXIX
En el umbral de la gravedad, el poeta como la araña construye su senda contra el cielo. En parte oculto a sí mismo, aparece a los otros, en los rayos de su truco inaudito, mortalmente visible.

XLVIII
            El poeta aconseja: “Inclínese, inclínese más aún”. No siempre sale indemne de la página, pero como el pobre logra sacar partido de la eternidad de una aceituna.



HOJAS DE HIPNOS (1943-1944) (Fragmentos)
            Dedicado a Albert Camus

Hipnos agarró el invierno y lo vistió de granito.
El invierno se hizo sueño e Hipnos se volvió fuego.
Lo que sigue le pertenece a los hombres.

5
            No pertenecemos a nadie sino al punto áureo de esta lámpara desconocida para todos, inaccesible para todos, que mantiene despiertos el valor y el silencio.

25
            Mediodía apartado del día. Mediodía atrincherado de los hombres. Mediodía de putrefacto tañido fúnebre, que una, dos, tres, cuatro horas no logran amordazar.

26
            Ya no es secundado el tiempo por los relojes cuyas agujas se entre devoran hoy en el cuadrante humano. El tiempo es grama, y el hombre se convertirá en esperma de grama.  

27
            Léon afirma que los perros rabiosos son hermosos. Yo lo creo.

39
            Estamos divididos entre la avidez por conocer y el desaliento por haber conocido. El aguijón no renuncia a su fuego ni nosotros, a la esperanza.

44
            Amigos, la nieve espera la nieve para un trabajo simple y puro, al límite del aire y de la tierra.

46
            El acto es virgen, aun repetido.

56
            Ascensión furiosa es el poema; la poesía, juego de las orillas áridas.

58
            Palabra, tormenta, hielo y sangre acabarán formando una escarcha común.

81
            El consentimiento ilumina el rostro. El rechazo le procura la belleza.  

115
            En el jardín de los Olivos, ¿quién estaba de más?

140
¿La vida comenzaría con una explosión y terminaría con un convenio? Es absurdo.

141
            El contraterror es este pequeño valle que llena poco a poco la niebla, es el fugaz susurro de las hojas como un enjambre de cohetes aletargados, es esta gravedad bien repartida, es esta circulación acolchada de animales e insectos haciendo mil trazos en la tierna corteza de la noche, es este grano de alfalfa en el hoyuelo de un rostro que acaricio, es este incendio de la luna que no será jamás un incendio, es un mañana minúsculo cuyas intenciones ignoramos, es un busto de colores vivos que se ha inclinado risueño, es la sombra, a unos pasos, de un breve compañero acuclillado, quien siente que el cuero de su cinturón va a ceder… ¡Qué importan, entonces, la hora y el lugar donde el diablo nos dio cita!

169
            La lucidez es la herida más cercana al sol.

177
            Los niños realizan ese milagro adorable de seguir siendo niños y de ver por nuestros ojos.  

197
            Ser del impulso. No del festín, su epílogo.

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