sábado, 16 de mayo de 2015

Herberto Helder: una casa, un poema

La primera noticia que tuve del poeta lusitano Herberto Helder (1930-2015) fue la de su deceso cuando un profesor de la facultad la compartió conmigo. Aquella nota necrológica y otras que aparecieron en otros periódicos decían que había sido “el poeta portugués contemporáneo más importante” después de Pessoa. ¿Cómo no lo conocía? Pues soy muy ignorante en las vicisitudes de las letras lusitanas modernas. Inmediatamente busco sus libros en librerías cibernéticas. Los pocos que tienen no están a mi alcance.  Pido el único ejemplar de su poesía con el que cuenta la biblioteca de la universidad. Llega el ejemplar –que contiene su obra que va de 1953 a 1963– y me lanzo a leer, en voz alta para practicar mi pronunciación peninsular ya que estaré en Lisboa en agosto. Al principio me encontré con un lenguaje extraño. Falemos de casas, do sagaz exercício de um poder / tão firme e silencioso como só houve / no tempo mais antigo. / Estes são os arquitectos, aqueles que vão morrer, / sorrindo com ironia e doçura no fundo / de um alto segredo que os restitui à lama. No me rindo. Assumo el reto. En dos o tres días me sabía en casa. En la casa Herberto Helder. El poema escrito bajo el signo Herberto Helder por el signo Herberto Helder. Comento mis primeras impresiones con el profesor que me dio la dirección a esta casa. Me dice que es “um poeta para poetas”. Me pareció algo terrible. A mi ver, “um poeta para poetas” es un poeta para sí mismo. No creo que Helder quería ser “um poeta para peotas”. No creo que ningún poeta quiere ser “um poeta [só] para poetas”.  Pero entiendo lo que quiso decir el profesor, y en ello es acertado.  Quiso decir que Helder es un poeta que no hace poesía, sino que la inventa. Cada poema es un metapoema, un arte poética. De ahí esa extrañeza inicial. Es un arquitecto. Su obra es una casa. Y como dijo él mismo, “um poema é uma casa”. Y toda su obra es un solo poema, una sola casa, donde vive, se mueve y tiene su ser in aeternum. Digo esto porque he visto sus primeros libros y su penúltimo, A morte sem mestre (La muerte sin maestro). Toda su obra es un solo aliento. Lo que más admiro de él es su capacidad discursiva. Un aliento poético parecido al de Octavio Paz. Ahora bien, Paz es un poeta-pensador. Helder es un Poeta. Un místico que se retiró del mundo para vivir la Poesía.

A continuación ofrezco dos traducciones. El fragmento poético tiene varios paralelos con el Canto II de Altazor de Vicente Huidobro. La pieza en prosa es un cuento que es un arte poética que es una metafísica. Y a la vez una crítica que es una autocrítica. Y sobre todo, una reflexión metaliteraria, existencial. También es una biografía. Y un cuento. Y ese final magistral. Es un deseo.
        
EL AMOR EN VISITA

Dame una joven mujer con su harpa de sombra
y su arbusto de sangre. Con ella
encantaré la noche.
Dame una hoja viva de yerba, una mujer.
Sus hombros bajaré, la piedra pequeña
de la sonrisa de un momento.
Mujer casi increada, mas con la gravedad
de sus senos, con el peso lúbrico y triste
de la boca. Sus hombros bajaré.

Cantar? Largamente cantar.
Una mujer con quien beber y morir.
Cuando afuera se abre el instinto de la noche y un ave
lo atraviesa traspasada por un grito marítimo
y el pan es invadido por las olas —
su cuerpo arderá mansamente bajo mis ojos palpitantes.
Él — imagen vertiginosa y alta de cierto pensamiento
de alegría y de impudor.
Su cuerpo arderá para mí
sobre una sábana mordida por flores con agua.

En cada mujer existe una muerte silenciosa.
Y en cuanto el dorso imagina, bajo los dedos,
las cuerdas de la melodía,
la muerte sube por los dedos, navega la sangre,
se deshace en embriaguez dentro del corazón hambriento.
— Oh cabra en el viento y en el brezo, mujer desnuda bajo
las manos, mujer de vientre escarlata donde la sal pone su espíritu,
mujer de pies en el blanco, transportadora
de la muerte y de la alegría.

Dame una mujer tan nueva como la resina
y el olor de la tierra.
Con una flecha en el costado, cantaré.
Y mientras mana de mi carne una vid de sangre,
cantaré su sonrisa ardiente,
sus senos de pura sustancia,
la curva quemante del cabello.
Beberé su boca, para después cantar la muerte
y la alegría de la muerte.

Dame un torso doblado por la música, un ligero
cuello de planta,
donde una llama empiece a florecer el espíritu.
Sobre la piel de su rostro se moverán las aguas,
debajo de su rostro estará la piedra de la noche.
— Entonces cantaré la exaltante alegría de la muerte.


(De A colher na boca [La cuchara en la boca] 1953)


ESTILO

— Si yo quisiera, enloquecería. Sé una cantidad de historias terribles. Vi muchas cosas, me contaron casos extraordinarios, yo mismo… En fin, a veces ya no consigo ordenar todo eso. Porque, ¿sabes?, se despierta a las cuatro de la mañana en un cuarto vacío, se enciende un cigarro… ¿Ves? La pequeña luz del fósforo levanta de repente la masa de las sombras, la camisa tirada sobre la silla gana un volumen imposible, nuestra vida… ¿comprendes?... nuestra vida, la vida entera, está ahí como… como un acontecimiento excesivo… Hay que ordenarla muy deprisa. Ya está felizmente el estilo. ¿No calculas lo que es? Veamos: el estilo es un modo sutil de transferir la confusión y violencia de la vida al plano mental de una unidad de significación. ¿Se me entiende? ¿No? Bien, no aguantamos el desorden estuporoso de la vida. Y entonces damos en ella, la reducimos a dos o tres tópicos que se equiparan. Después, por medio de una operación intelectual, decimos que esos tópicos se encuentran en el tópico común, pongamos, del Amor, o de la Muerte. ¿Entiendes? Una de esas abstracciones que sirve para todo. El cigarro se consume, ¿no es así?, la calma vuelve. Mas ¿puedes imaginar lo que es esto todas las noches, durante semanas o meses o años?
Una vez fui a un médico.
— Doctor, estoy loco – dije. — Debo estar loco.
— ¿Hay locos en la familia? – preguntó el médico. – ¿Alcohólicos, sifilíticos?              
— Sí, señor. O peor. Locos, alcohólicos, sifilíticos, místicos, prostitutas, homosexuales. ¿Estaré loco?
El médico tenía sentido de humor, y me recetó barbitúricos.
— No necesito medicamentos –dije yo. –Sé historias tenebrosas acerca de la vida. ¿De qué me sirven los barbitúricos?
La verdad es que yo aún no había encontrado el estilo. Pero escuchas, mi amigo: conozco por ejemplo la historia de un hombre viejo. Conozco también la de un hombre joven. La del viejo es mejor, pues era muy viejo, y ¿qué podía él esperar? Pero ve, presta mucha atención. Ese hombre viejísimo no se resignaría nunca a prescindir del amor. Amaba las flores. En medio de su soledad tenía vasos de orquídeas.
El mundo es así, ¿qué quieres? Es difícil encontrar un estilo. Sería bueno colocar grandes certezas en las calles, anunciar en la televisión y los cines. Procura tu estilo si no quieres dar en atascaderos. Adquirí mi estilo estudiando matemática y escuchando un poco de música. – Johann Sebastian Bach. ¿Conoces el Concierto de Brandenburgo no 5? Conoces con certeza esa cosa tan sencilla, tan harmoniosa y definitiva que es un sistema de tres ecuaciones con tres incógnitos. Elemental, rudimentario. Resolví millares de ecuaciones. Después escuchaba Bach. Conseguí un estilo. Lo practico en la noche, cuando despierto a las cuatro de la madrugada. Es sencillo: cuando despierto aterrorizado, viendo grandes sombras incomprensibles irguiéndose en el medio del cuarto, cuando la pequeña luz se hace en la yema de los dedos, y toda la inmensa melancolía del mundo parece subir de la sangre con su voz obscura… Comienzo a hacer mi estilo. Admirable ejercicio, este. A veces uso el proceso de vaciar las palabras. ¿Sabes cómo es? Escojo una palabra fundamental: Amor, Enfermedad, Miedo, Muerte, Metamorfosis. La digo en voz baja veinte veces. Ya nada tiene significado. Es el modo de alcanzar el estilo. Ve ahora esta artimaña:

          Los niños enloquecen en cosas de poesía.
          Escucha un instante como se detienen
          en lo alto de ese grito, como la eternidad los recibe
          mientras gritan y gritan.
          (...)   
                    — Y no somos nada más que el Poema donde los niños
                    se distancian locamente.

Se trata del extracto de una poesía. ¿Te gusta la poesía? ¿Le tienes miedo a la poesía? ¿Tienes el demoníaco júbilo de la poesía?
           Pues mira. Es también un estilo. El poeta no muere la muerte de la poesía. Es el estilo.
          ¿Oyes como esos niños gritan y gritan, entrando en la eternidad? Date cuenta: somos el Poema donde ellos se distancian. ¿Cómo? Locamente. ¿Quién soportaría esos gritos magníficos? Pero el poeta hace el estilo.
          ¿Sabes de qué te estoy hablando? ¿De la vida? ¿De la manera de desenmarañarse de ella? Bien, el señor no es estúpido, pero tampoco es muy inteligente. Conozco. Conozco el género. Quizás yo ya había sido así. Practica las artes con parsimonia: no la poesía, sino las poesías. Se cultiva, evidentemente. Se está demasiado en la posesión de un estilo. Pero, escucha esto, la locura, la tenebrosa y maravillosa locura… En fin, ¿no sería esto más noble, digamos, más conforme al secreto de nuestra humanidad?
          Quizás el señor es más inteligente que yo.     

(De Os passos em volta [Los pasos alrededor] 1963)

  







          

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