El 11 de marzo de
2014 fue un día extraordinariamente veraniego en Columbus. A las tres de la
tarde se registró una temperatura de sesenta grados Fahrenheit. Ese día Miguel
salió a hacer su primera sección de jogging de la temporada. Se puso tenis y
salió a ver si el tiempo requería cazadora. Se dio cuenta que no. Volvió a
ponerle llave a la puerta y salió definitivamente. Caminó el corto tramo entre
su apartamento y el sendero donde haría jogging. Al llegar al sendero encontró
dos asiáticas tomándose una foto en el puente que cruza el Olentanyi en ese
punto. Comenzó a hacer jogging corriendo lentamente. Corrió treinta segundos y después
comenzó a caminar enérgicamente. Se justificó este cambio de ritmo con la
excusa de que no quería alcanzarle al tipo que iba delante de él. Siguió caminando
enérgicamente detrás de ese tipo y la tipa que iba delante de él. Cruzó otro
puente que cruza el Olentanyi y pasó por debajo del puente Dodridge. Volvió a
hacer jogging cuando se hizo distancia entre él y aquellos que iban delante de
él. Esta sección duró mucho menos que la primera. Pasó un gordo con la música a
todo dar en los audífonos. Vio una chica muy guapa que venía corriendo en la dirección
contraria y pensó proponerle que se acostara con él si él mantenía su ritmo. Se
imaginó un diálogo entre él y ella. “Di que sí sólo para tener una razón para
correr.” “¿Y qué me darás si no mantienes mi ritmo?” “Cien dólares.” Siguió caminando
sin hacer nada. Pasaron tres chicas en patines. Iba pensando que la propuesta
no estaba bien articulada, porque acostarse no implicaba tener sexo, y si la
tipa era lista, podía interpretarlo a su favor. Pero se imaginó que al llegar
al apartamento con la chica, en vez de bañarse, se entrelazarían apasionadamente,
bañados en sudor. El tipo que iba delante de él dobló. Miguel apresuró el paso y fue alcanzándole
a la chica que iba de delante de él. Se dio cuenta de que no era tan gorda como
se le figuraba a distancia. Iba en el teléfono. Al parecer hablaba con su compañera
de cuarto. Miguel se echó a la izquierda para rebasarle pero tuvo que detenerse
a amarrarse los cordones del tenis derecho que se habían desatados. Después le rebasó
corriendo. Corrió el último tramo del sendero que haría ese día. Corrió debajo
del puente de Lane. Subió los escalones del puente corriendo. Pensó en Rocky
Balboa y en aquella vez que vio su estatua a los pies de los escalones del Museo
de Arte de Philadelphia una cálida mañana dominical de marzo. Cruzó la calle
Lane corriendo. Pasaron algunos coches. Al volver al sendero, se encontró con
la que no era tan gorda, que ya no venía en el teléfono. Ella tomó la calle Lane hacia la
calle High. Había terminado su sección. En la distancia divisaba la chica de la
propuesta. Pasó una chica medio gorda en patines. Pasaron otras chicas en las
que pensó hacerle la misma propuesta. Pasaron algunas parejas. Pasaron algunos
gordos en bicicletas. Cuando ya estaba llegando donde dejaría el sendero para
volver al apartamento, se encontró con tres chicos neonazis. Éstos procedieron
a darle una paliza. Cuando estuvo inconsciente lo tiraron en el Olentanyi,
donde se lo comieron los patos.
martes, 11 de marzo de 2014
miércoles, 5 de febrero de 2014
Cuatro poemas de José Watanabe (1946-2007)
LA ALAMEDA DE PINOS
La alameda de pinos
apareció como un lujo
geométrico
entre los desordenados
sembríos de algodón.
El ómnibus se había
detenido en la carretera adyacente
y el chofer me indicó:
camine de frente, al final
está el pueblo de San
José. En el lejano final,
donde se cerraba la perspectiva
de la alameda,
había un brillo intenso.
El chofer me advirtió
que podía cruzarme con
cuatro caballos blancos.
La gente cree que quien
los mira muere, me dijo.
De pronto, a la
distancia,
se levantó una pequeña
nube de polvo: sólo es un juego
ocioso del viento,
pensé. El sol
brillaba en las hojas
mientras caían.
Son bellas, debo iluminarlas hasta el final, dijo.
Yo le comprendí:
Si son los caballos blancos los que vienen levantando ese
polvo
no debo cerrar los ojos.
BASHO
El estanque antiguo,
ninguna rana.
El poeta escribe con su
bastón en la superficie.
Hace cuatro siglos que
tiembla el agua.
ORGASMO
¿Me dejará la muerte
gritar
como ahora?
(Poemas tomados de Banderas detrás de la niebla,
Pre-textos, 2006)
¿Qué cruz buscas
desesperado y tarde
para entregarte a una salvación
incierta?
La cruz está en tu
propio cuerpo
cuando abres los brazos.
Fue hecha
siguiendo la forma del
hombre
para asesinarlo.
¡Qué bien cupo Cristo en
su cruz!
¡Qué bien caben todos en
su cruz!
Desde ella clamamos
y ella empieza a entrar
en nuestro cuerpo
hasta que lo subsume
para darnos paz
y sólo quedan en el
horizonte
esos maderos cruzados,
ese símbolo donde
estamos todos
a punto de volar.
(José Watanabe, poema
inédito, Poesía completa, Pre-textos,
2013).
martes, 21 de enero de 2014
Juan Gelman, poeta de la pluralidad y el compromiso
La de Gelman es una poesía multifacética que, a la vez, lleva siempre su firma
inconfundible. La verdad de la memoria y la memoria de la verdad son dos ejes
en torno a los cuales se teje su inmensa obra. La etiqueta de “poeta
comprometido” le queda chica, pues el compromiso de Gelman es ante todo con su
poesía. Así, resulta admirable en ella “su casi impensable ternura allí donde
más se justificaría el paroxismo del rechazo y la denuncia” (Cortázar). Alquimia
poética que transforma el horror de la historia en positividad, en afirmación
de los valores intocables, entre ellos la dignidad humana. La suya es, contra
viento y marea, una escritura siempre de pie. Así leemos las numerosas barras
[/] que, casi obsesivamente, puntúan y ritman sus poemas.
Poeta de la pluralidad, pero también de la obsesión, autor
de una treintena de libros que giran en torno a su proteico compromiso con la
vida, Gelman introduce diversas voces en sus textos. Pienso ahora en José
Galván, heterónimo que tiene la particularidad de ser un desaparecido de la última
dictadura militar argentina. Aparte de un juego, he ahí una confesión
emocionante: alguien, en Gelman, murió efectivamente durante aquel régimen
atroz. Varios murieron, sin duda, a lo largo de los años. Pero esa multitud se
levanta ahora como un solo hombre y nos confiesa una gran verdad de la poesía: "Nunca fui el dueño de mis cenizas,
mis versos, rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte."
ARTE POETICA
Entre tantos oficios
ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del, alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.
A este oficio me obligan
los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.
Nunca fui el dueño de
mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
Juan Gelman
domingo, 12 de enero de 2014
La poesía matemática de Andrés Avelino: una propuesta poética
Andrés Avelino (Santo Domingo,
1900-1974) fue uno de los fundadores del Postumismo (1921), el
principal movimiento literario de vanguardia de la República Dominicana. Fue
autor del manifiesto del grupo, donde se rechazan las estéticas romántica,
realista y modernista, y se propone una nueva estética “escultórica” del verso.
Por su parte, Avelino propuso “la poesía matemática” como síntesis poética de
esa estética. Esta poética consiste en expresar un mensaje poético a
través de la elocuencia de las fórmulas matemáticas. Aboga el lenguaje cifrado
y la economía verbal. Rechaza, como tal, la descripción en el verso. Se
vale de la riqueza que el signo numérico ha adquirido a través de la historia,
no sólo en Occidente, sino en todas las culturas.
En un poema una
fórmula matemática se convierte en un silogismo teológico:
La filosofía del vendedor de pan
irrumpe en mi puerta
Síntesis
7 – 4. Hombre
7 – 3. Mujer
-3 + 4 Dios
__________________
La gran suma
Y todavía el hombre no siente la realidad
de Dios!
Estas cifras,
aparentemente insignificantes, son hartas sugestivas. 7 – 4 = Hombre, o sea, 3:
quizás una alusión al enigma de la Esfinge, y por consecuente, a las tres
edades del hombre. 7 – 3 = Mujer, o sea, 4: quizás una alusión a la mujer como
totalidad y generadora de la vida. -3 + 4 = Dios, o sea, 1: clara alusión al
Dios único de Abrahán, “La gran suma”. Además, 3 + 4 = 7, o sea,
perfección según la tradición judeocristiana. Pero en este poema ese Dios es
mujer porque -3 (sin hombre) + 4 (con mujer) = Dios. Puesto de otra
forma: 4 – 3 = 1, o sea, Dios/Mujer. En síntesis: 7 (perfección) = 4
(totalidad) = 1 (la gran suma) = Dios/Mujer.
La Mujer/Dios es la generadora de la vida y del pan de la vida
es “la filosofía del vendedor de pan,” que conoce bien el pandero. Así visto,
este poema participa de la práctica y fe de los vanguardistas de buscar la
salvación, o sea, un punto estable en un mundo cada vez más movedizo, en la mujer.
Huidobro, por ejemplo, dedica el segundo canto de Altazor, ese
canto sobre la caída del hombre moderno, a la mujer y la califica de “dadora de
infinito”. “Si tú murieras / Las estrellas a pesar de su lámpara
encendida / Perderían el camino / ¿Qué sería del universo?” concluye el canto.
El último verso del poema de Avelino alude a esto mismo: el hombre siente la
realidad de Dios en la realidad de la mujer porque la mujer es el nuevo Dios.
En otro poema el producto de la fórmula matemática es el
Sol ex nihilo, como deus ex machina: “Nada / a + b √-1 / Perpendicularismos / Sol.” Otro
punto de contacto con Huidobro: el poeta, como “un pequeño Dios,” como dice
Huidobro en su “Arte poética,” hace el Sol salir de la Nada. La poesía
matemática, entonces, es una poesía creacionista que crea nuevas realidades a
través del emparejamiento de signos matemáticos con signos verbales.
Yo, de mi parte, lo
he probado con un feliz resultado.
La familia
1 + 0 = la madre
-1 + 0 = el padre
-1 + 6 = los hermanos
_____________________
√del semen
Os invito
a probar y poner sus resultados aquí como comentarios.
lunes, 9 de diciembre de 2013
El día apenas escrito. Poemas de Claude Esteban
El día apenas escrito
Poemas
de Claude Esteban
(Versiones
de Guillermo Ruiz Plaza)
Claude Esteban (1935-2006), de padre español y madre
francesa, estuvo siempre dividido entre dos idiomas. En Le partage des mots (Compartir
las palabras), obra autobiográfica, narró cómo, en su infancia y
adolescencia, le afectó esta tensión entre dos sistemas de signos y, sobre todo, entre dos
visiones irreconciliables del mundo. Lejos de amilanarlo, este conflicto lo
llevó, directa o indirectamente, a una lucidez y una exigencia considerables en
el arte de la traducción, que desarrolló con rigor y felicidad en el género más
difícil de todos: la poesía. Así fue como tradujo a Quevedo, Góngora, Jorge
Guillén, César Vallejo, Borges, Octavio Paz, entre muchos otros.
Fue también y sobre todo un gran poeta, que optó por el
francés, aunque tiene, que yo sepa, por lo menos un libro bilingüe: Elegía de la muerte violenta (1989), en
que se alternan los poemas en francés y en castellano. Poeta de esos, pocos,
que dicen mucho con pocas palabras; pero este laconismo, que caracteriza gran
parte de su obra, no es un mero capricho. Tal gesto debe inscribirse, más bien,
en una ética de posguerra; en la lógica de una escritura fraguándose, como a
duras penas, en medio de las ruinas y, conforme se desvelaban, los horrores
cada vez más nítidos y estremecedores de la Segunda Guerra Mundial. Hay una voluntad,
por parte de hacedores como André du Bouchet, Jacques Dupin, Claude Esteban, de
rehacer el rostro del mundo o de, al menos, acercarse a él. En ese
sentido, hay un regreso a las cosas sencillas, elementales. Se trata de darle un sentido más puro a las palabras de
la tribu, ciertamente, pero ya no en busca de la flor ausente cara a Mallarmé,
sino de la flor real, humilde, imperfecta.
Por otro lado, darle cuerpo al mundo implica, para ellos,
darle cuerpo a la palabra. “Los conceptos, las nociones claras, no habían
alimentado sino nuestros pensamientos; teníamos hambre de cosas más carnales, y
de que las palabras tuvieran un gusto de árbol, de tierra removida”, afirma
Esteban en “Au plus près de la voix” (2003), ensayo en el que explica lo
fundamental de su poética, y que citaremos a lo largo de esta breve
introducción. Conscientes de pecar de cratilismo, la voz de estos poetas nace
como asfixiada. Y sus textos son, entonces, “ejercicios ejemplares de aridez”.
El vacío acecha a cada paso, pero la búsqueda continúa, “para tal vez un día
encontrar un lugar que no se desmorone”.
Se trata de restituir al sujeto, a través de la palabra, un
lugar, siquiera precario, para afirmarlo. La poesía debe tender hacia “el
surgimiento individual del ser en la mirada que lanza, en el gesto que dirige
hacia afuera, hacia esa exterioridad que, lejos de anularlo, lo confirma a
través de lo que no es él”. El puente entre el sujeto y lo otro es la finitud,
que hace únicos y, a la vez, hermanos a los seres que coinciden en el tiempo. Para
ello, según Esteban, la poesía debe deshacerse tanto de sus “espejismos” –la
retórica tradicional– como de la lógica totalitaria que subraya el abismo irreparable
entre las palabras y las cosas. Así, la escritura de Esteban constituye la
narración de esta búsqueda, de sus fracasos y, a veces, de la inminencia de
triunfo. Es un conflicto y una reconciliación con la propia voz y el aliento de
lo otro.
Los
textos que he seleccionado pertenecen a El
día apenas escrito (Gallimard), antología personal (1967 y 1992). Claude
Esteban publicó esta obra cumbre poco tiempo antes de su muerte, en 2006. Salvo
los dos primeros, estos poemas siguen la cronología; el homónimo pertenece a la
contratapa del libro.
Traducir a un gran traductor como Esteban es casi
vergonzoso; sobre todo porque él nunca se tradujo –siendo quizá el más indicado
para hacerlo–. Con todo, creo que nosotros, hispanohablantes y fervientes
lectores de poesía, le debemos siquiera un intento. Desde luego, ya se han
publicado versiones de ciertos poemarios suyos (véase http://es.wikipedia.org/wiki/Claude_Esteban); a duras penas, he cometido las que siguen.
GRP
EL DÍA
APENAS ESCRITO
¿A quién se le ocurriría, aun en la noche de la espera
más viva, reconocer en sus palabras una estela de lo que fue? Apenas escrito,
el día invoca otro día y nos distancia. Sobre el poder de la palabra pesan, desde
hace tiempo, demasiadas sospechas. Hay que lidiar con ellas. Pero he
aquí la mañana, es urgente la hora nueva. A todas esas nadas del aire, a esas
presencias sin perfil, hay que darles un cuerpo que las acoja, también un nombre, más allá de todos los signos borrados.
***
Ya no vuelve el día,
dices, sino
solo su herida, la sangre
que deja el sol cuando se hunde
a lo lejos
olvidados todos los cuerpos
desean saber si existe,
bajo la tierra, algo que los una,
una parcela
de substancia o nada
más que la sombra, inmóvil como
una piedra
tal vez la esperanza
no sea sino un tajo en la carne
un destello sin mañana
en la memoria
no digas, al partir, que contigo
muere el día.
LA ESTACIÓN DEVASTADA (1968)
El cielo
horizontal.
Un pájaro sobre el hilo invisible
del sueño.
Paisaje astillado, arcos
dislocados del presente
–heridas.
Borraré del día hasta mi voz.
***
Viejo muro
en que el sol se rompe las
uñas.
Invierno, corazón
endurecido.
***
Una hoguera
entre las ruinas.
La caliento con mis manos.
Nada salvó las semillas
del cuarto.
La helada es pura.
En lo abrupto del
invierno, existo todavía.
***
Debajo de nosotros
Como avanzan
los muertos en la piedra
la turba
desvelando de nuevo sus
pasillos
lenta
hasta los metales negros
de lo inmóvil.
Las tumbas
deben estar bajo el sol.
Nuestros
gestos
las palabras cristalinas
crecen en sus círculos.
Sostienen
el armazón sencillo de los
días.
Debajo
sin el recurso de las
cosas divisibles
lo oscuro lleva lo oscuro.
***
El cielo –con sus ciudades
abandonadas.
Un pájaro
bebe la leche del alba
y se aparta.
Nada me corta el paso
sino esta senda blanca.
COYUNTURA
DEL CUERPO Y DEL JARDÍN (1983)
I
Ni bien
amanece, bajo. Me acuesto contra una piedra. Lamo el escupitajo de las hojas.
¿Quién se despierta? ¿Es mi cuerpo o soy yo? Nada es seguro. Un milagro puede
durar largo tiempo, si respira. Avanzo con los ojos entornados. Dédalos de mi
deseo. En una telaraña, hallo un sol que tiembla.
XI
Verde,
rosa, verde. Verde otra vez. La mañana entera, a saco, en la pupila. Retrocedo
hacia adentro. Me desgarro en el nervio. Grita la córnea. Contra el color,
ningún recurso. Tengo que abrir los ojos. Recibir el fuego total. Una hoja, un
estallido de escarcha, cada macizo de flores, de espinas.
XII
Tu
lengua, tus senos, tu sexo. Te encuentro más acá de las hojas, bajo el polen.
Me deslizo por el arco de los pétalos. Te sorprendo, aún fresco tu gemido,
totalmente nueva. Tiemblas, me retienes, me arrancas de raíz. Bebo la sal que
esparcen los labios. Huyo.
XIX
Ningún
reloj en el camino. Una hortensia azul da la hora sencilla. Esa que yo no sé
leer. Dejadme escucharla. Mi cuerpo está lleno de cifras que se borran. Quería
ser sin dejar de poseer. Lo he perdido todo.
XXX
Ahuyentad
el viento. No dibuja más que en la arena. Le repugnan vuestros jardines. Quiere
su nombre, su nombre escrito en todas partes. Todo lo que surge de la tierra le
hace sombra.
Vosotros,
ínfimos, ya no lo escuchéis. Creced. Creed en vuestras raíces. En vosotros
residen la memoria, el amor, el mañana. Desmantelad el viento, frágiles.
XXXIII
A ti que
triunfas en lo rojizo, jardín, jardín de todo el verano, te imagino bajo la
nieve. Te quiero coronado de blanco, y que cese, tocada de copos, la arrogancia
de tus árboles exactos. Tú te precipitas hacia los frutos perfectos. Yo quiero
el gesto disperso, la mano sembrándote de dudas. Camino sin verte. Y el suelo bajo
mis pies se convierte en esa región deleznable donde ya no eres, jardín tan
pleno, sino un poco de talco.
XL
Y sin
embargo, los libros. La palabra tajante, perfecta. Era pan y presencia. Era yo.
Crecí lentamente entre páginas certeras. Sin que me tocase la muerte, cautiva
en el papel. Cuando el cielo se oscurecía, ¡triunfabas de nuevo, lámpara de los
signos! Por saberse escrito y compartido, menos desnudo el cuerpo.
Crecí lentamente. Como uno de esos jardines sin muros
que, en un súbito regreso, deshace el viento.
LVIII
Tres libros sobre la mesa.
Desde hace tiempo, duermen las palabras escritas. Han luchado contra la noche
de las cosas. Ha vencido el silencio. El cuarto es vasto por no saber ya nada. Una
luz, que no proviene del día, resplandece y se pierde.
LX
El
invierno y sus miembros muertos. Yo, dentro de mí. Ya no tengo sustancia para
decirlo. Amontono un haz de palabras. Le prendo fuego. Nada sino una frase en
la que el sol se deshace.
LXVII
Me reconocerán
porque, aun muerto, tendré hierba bajo las uñas. El sabor de las glicinas en mi
carne. No sana el haber amado las palabras, mas prolonga el día en el cuenco de
los signos. Interrogar la mañana es vivir un poco. He vivido. A punto estuve,
alguna vez, de abrir el camino. He hablado en la noche.
LVIII
He cerrado
mi libro, inconcluso. ¿Qué importan las palabras claras? Todas las frases
leídas hablaban de un sol inmóvil. No he visto la sombra alargarse sobre el
muro.
LXIX
Este
jardín. Pero si no existe. Son frases que lo inventan. Lo necesitaba a él, a
sus gérmenes, a sus cosechas. Mi cuerpo deseaba crecer entre sus árboles.
Lo busqué
durante largo tiempo. Lo protegí de la helada y las tormentas. Ahora él, a su
vez, me salva. Me guía. Jardín fuera de todos los jardines, vergel del alba.
EL
NOMBRE Y LA MORADA (1985)
Cuerpo
contra cuerpo.
Me
acostumbro
a ti.
Me
duermo. Me
despierto
en tus abismos.
Sed
contra sed.
Toda la
sal
se ha
endurecido. Grito. Aún
excavo.
Entreabro,
bajo la tierra,
tus labios.
***
Iré más abajo.
Perseguiré al día
bajo las raíces.
Allí donde el mañana ya no
es,
me transformaré.
Grandes fósiles blancos
indicarán el camino,
la memoria invicta, la
muerte
palpable en un hueco.
Iré
más lejos.
Inventaré
como un viaje último.
Hasta el centro del fuego
donde duermen los metales.
***
Sí, hágase
la tierra.
Más remota, más sola,
más sabia.
Que el cielo
la sostenga. Que el verano
le devuelva la savia a toda fibra
muerta, a toda
lengua.
Sí, hágase la tierra.
Lenta, ignorada
por nosotros.
Y nos reciba.
***
Libro del día.
Hojas
que se cierran.
Todo
va demasiado rápido.
En la última página
del sol
tu nombre escrito.
***
De la nada,
el viento.
El cuerpo del viento.
Golpeando la corteza
del aire vacío.
Venido
de la nada. Agudo,
disperso.
El viento entero sobre la página
apenas
escrita.
***
Campánulas, verbenas, lirios, malvarrosas. Las nombras,
una vez más, antes de perderlas de vista para siempre. Últimas flores. Están
ahí para enseñarte el viaje. Como un adiós brevísimo, sin efusión, sin teatro.
Ya es hora de marcharse, viejo amigo. Deja tu página apenas escrita, cierra el
libro del sol. Quizá lo que se dijo en el jardín te sobreviva. Se acerca la
hora. No tardes. Anochece ya sobre el mar.
CLAUDE ESTEBAN (1935-2006). Todos
los poemas pertenecen a su antología personal Le jour à peine écrit (Gallimard, 2006). Versiones de Guillermo
Ruiz Plaza.
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