viernes, 16 de abril de 2010

El loco

Sólo faltaba que el loco echara espumarajos por la boca. En un abrir y cerrar de ojos, se puso como un demonio, se quitó el cinturón y empezó a azotar a mi hijo con la hebilla. Nos salpicó de sangre. Mi hijo sólo atinaba a cubrirse la cabeza con las manos, como si se protegiera de la lluvia, y yo trataba en vano de acercarme a ellos. El loco (desde abajo, sólo pude distinguir la barba negra y los ojos endemoniados) no soltó a mi hijo hasta verme agarrada con uñas y dientes a sus piernas. Entonces se ensañó conmigo. Creo que me reventó algo, no sé, la astilla de un hueso, con esa maldita hebilla de hierro, ya negra de sangre. Sentí cómo me palpitaba el cuero cabelludo, y cómo se me desprendía la piel de la espalda con un golpe a traición cuando empecé a correr (acababa de oír los pasos precipitados de mi hijo bajando las gradas de piedra). Al volverme, vi por última vez toda nuestra mercancía regada por el suelo, los peines, las peinetas, los adornos, las cajas rotas de CD y DVD piratas.

Lo primero y lo último que oí del loco fue una orden a destiempo, una ironía salvaje después de tantos latigazos. Yo estaba bajando las gradas del pórtico, zambulléndome en la luz, cuando su voz resonó en muros y columnas y rompió el ruido monótono de la plaza. Que saliera de allí de una vez –gritó, ronco de ira, y recuerdo que me estremecí con esa voz casi femenina–. Que saliera de allí de una vez –repitió–, que eso no era un mercado, que era la casa de su padre

lunes, 29 de marzo de 2010

Una vergüenza


Cuando llegó la Muerte, el hombre se puso de todos los colores para finalmente quedarse pálido. No me lleve, no me lleve, por favor, gemía arrodillado a los pies de su cama, llorando o bien tenaz y quedo como un niño, o bien de forma teatral como una plañidera, dando sacudidas de pecho y tosiendo entre las plegarias y el llanto. La Muerte se cuidó de tocar al hombre, haciendo durar –un minuto más, un minuto menos, qué importa si la lista es larga y agotadora, pensó– el placer, insospechadamente poderoso, que le producía aquella inesperada victoria sobre la raza humana.

Por supuesto, había conocido cobardes, pero cobardes dóciles, que se quedaban de piedra apenas su funesta sombra se alargaba sobre ellos. También había conocido moribundos teatrales, pero siempre resignados, que soltaban sentencias a último minuto como profunda aceptación de su destino. Así, se quedaba siempre con un regusto amargo, un vacío entre los huesos cada vez más desportillados, una sensación de frío que parecía provenir del acero de su guadaña, del pesado pergamino que sostenía con la otra mano, de su cargo mismo, siempre exigente y difícil, y sin embargo ya mecánico, ya lejos de toda implicación personal, de todo aprovechamiento de esos encuentros. No, no había topado nunca con un moribundo tan rebelde y a la vez tan sincero, tan caóticamente sincero como éste. Jamás había tenido esa suerte.

Entonces, frente a aquel despliegue de lágrimas y toses, de golpes en el pecho y por favores guturales, la Muerte sintió subir algo desconocido por su cuerpo milenario, algo duro y chispeante, algo como orgullo o fuego: sentía que por fin la reconocían. Esa sumisión patética –a todo esto, las súplicas y los lamentos del hombre ya no formaban sino un solo gemido animal– era nada menos que el reconocimiento de su labor –esa labor limpia de trámites, de hipocresías y vanaglorias, esa labor puntual y sigilosa, y que sin embargo, o tal vez precisamente por eso, era siempre atribuida al azar o a Dios… Pero ahora, por fin, era el reconocimiento de su autoridad, de su aura radiante. Era la culminación… Se sobresaltó con una terrible carcajada. De pie, frente a ella, casi más grande que ella, el hombre le decía entre risas: ¿Te la creíste? No me quedaría ni aunque me pagaran… Flaca de mierda. ¿Te apuras? No tengo todo el día.

El orgullo se transformó en una vergüenza que le quemó los pómulos y enseguida le bajó por la espina dorsal, haciéndole temblar las tibias como una descarga eléctrica. No, este trabajo ya no es lo que era, se dijo cabizbaja, hundiéndose en la capucha demasiado grande para su cráneo relamido por las aguas torrenciales del tiempo. Tenía que reaccionar, la presión era enorme, y todo le pareció digno, excepto obedecer a esa orden como lo haría un perro.

Así fue cómo el bromista se salvó de la Muerte.

lunes, 15 de marzo de 2010

El principio de la inocencia



Papá no es Superman. Es un funcionario encorvado y panzón.

Papá Noel existe, pero sólo en los supermercados y en los anuncios de Coca-Cola.

No hay tal cosa como el Coco, pero un niño no debe hablar con extraños.

Ni mi abuelo ni mi abuela están en el cielo. Están bajo tierra, llenos de gusanitos, y cada mes envían, puntuales, una factura del cementerio.

A los bebés no los trae la cigüeña de París. A los bebés no los trae nadie. Se auto invitan y hay que recibirlos cualquier día, a las horas más incómodas.

Dios no existe. No existe o, digamos, está en veremos. En cambio sí existe la muerte. Es un hecho: mi propia muerte ya existe.

lunes, 15 de febrero de 2010

Entrar en El Paraíso






A la entrada me recibe (me repele) un hombre que, derramándose sobre un taburete, levanta un índice nudoso y macizo como un mástil para indicar que no, que no puedo entrar, que es inútil insistir (en caso contrario, según me contaron, el índice, replegándose, vuelve al amasijo de dedos que, semejante a un llavero de carne y hueso, es depositado luego en el bolsillo de la pesada chaqueta de cuero). Hombre paquidérmico y parco, San Pedro (como le dicen, según me contaron, los pocos bienaventurados que logran el ingreso, agradeciéndole de paso el saludo de la noble papada que se inclina, completando otro gesto amistoso: el guiño del ojo grande y coronado por un párpado brillante de sudor, ese ojo como abrumado por el peso de telón que parece amenazar cada una de sus miradas de ballena), San Pedro, entonces, me ha cortado el paso con ese índice nudoso y macizo como un mástil, sin una sola palabra, sólo derramándose sobre el taburete cuyas patas, cortísimas, parecen empotradas en el piso de cemento, con el NO definitivo en la inmovilidad contundente de su grasa musculosa y en la fijeza opaca de sus ojos de mamífero marino. Y yo, pobre pecador, no menos inmóvil bajo la luz roja que promete (garantiza, según me contaron) tantas delicias sin nombre, me contengo a duras penas para no golpearlo en el cráneo rapado y áspero hasta sacarle (o dejarme sacar) sangre, limitándome cobarde y razonablemente a saborear briznas de la música gloriosa que, por las rendijas del portón prohibido, escapa impregnada de luces coloridas, resplandores tropicales y el picante perfume de los ángeles. Pero sé que estorbo, porque en el ojo negro del monstruo se adivina ya una impaciencia amenazante, y detrás de mí, hasta perderse de vista, ansiosamente oscura, soltando uno que otro suspiro estremecedor en la penumbra de la galería, se prolonga la cola de almas en pena, de almas que esperan penetrar, una noche al menos, en el paraíso de la carne.


sábado, 16 de enero de 2010

Casi un sueño

Las personas, los muebles y las cosas que me rodeaban fueron desapareciendo hasta dejar aquel cuarto vacío. Pronto fue el turno de las paredes, que se fueron evaporando al tiempo que el suelo, hecho de tercos tablones de madera, increíblemente resistía. La noche, una noche universal, se hizo alrededor. Sobre los tablones se proyectaba una isla de luz, una columna de neón en la cual –fue una decisión instantánea– me metí de cuerpo entero. Me asombró el hecho de que mi cuerpo permaneciera allí, intacto, como si hubiese encajado una pieza de puzzle en la luz. En ese momento vi unas formas flotando en la oscuridad circundante: decían algo, movían manitas gelatinosas sin atreverse a acercarse demasiado. Parecía una invitación a la noche, pero no me moví de mi sitio: yo también tenía miedo. De pronto, entre ellas, creí reconocer a un pariente querido. En vano traté de zafarme. Atenazado por la luz, impotente, vi alejarse esas formas ágiles mientras crecía un ruido de roldanas. Levanté la vista, pero entonces cayó algo duro, macizo. Pesadísimo. Los tablones del piso temblaron contra mi espalda. Luego, un ruido de clavos, los gusanos, estos huesos, tal vez la eternidad.


domingo, 3 de enero de 2010

Creer o no creer en el Año Nuevo

Siempre me ha llamado la atención el festejo del Año Nuevo en el mundo occidental. Desde los calzones de distintos colores –y efectos mágicos– hasta los ritos, como aquél de subir y bajar las escaleras con una maleta en la mano, o aquel otro de atragantarse de uvas al compás de las últimas doce campanadas del año. ¿Por qué?

Primero creí que se trataba de un asombro irónico frente a esas supersticiones generalizadas; luego me di cuenta de que me divertían estos ritos y que difícilmente podía denigrarlos. Después me dije que no me molestaba la superstición, sino el ridículo inobjetable de las situaciones a que nos lleva. Por ejemplo: empezar el año con la boca llena de pipas de uva, y así darse un abrazo, festejar la renovación con complejo de hámster. Pero no, no era eso: en realidad, para mí, situaciones como ésta salvan la fiesta, pues le infunden cierta ligereza, que me gusta, por oposición a la solemnidad de otras ocasiones. Quizá por ello el festejo del Año Nuevo se asemeje al Carnaval. Espacio profano y libertino en que las jerarquías desaparecen y las identidades devienen borrosas, mutables. De ahí ciertas similitudes concretas: las máscaras, los disfraces, el cotillón, los bailes desbocados hasta el amanecer. Pero a diferencia del Carnaval, la fiesta de final de año no simboliza el pasaje a la Cuaresma –y por tanto, a la abstinencia purificadora del calendario cristiano–, sino la transición a un Tiempo Nuevo y, a la vez, un regreso al Origen, al primer mes de nuestro calendario: es una renovación simbólica que, a pesar de festejarse en el mundo Occidental, recuerda las costumbres de ciertas tribus llamadas “primitivas” cuando celebran ritos destinados a renovar su grupo humano y el universo precisamente a través del regreso simbólico al origen, al mito original, como muestra Mircea Eliade en Lo sagrado y lo profano. Lavar el tiempo viejo con las aguas del origen, para que renazca, y nosotros con él; lavar el tiempo con champagne recién abierto, purificar el cuerpo con alcohol.

En este sentido, ¿no es un auténtico ritual el festejo del Año Nuevo? En España, por ejemplo, el rito de las uvas ingeridas, como pildoritas mágicas, al compás del reloj de Puerta del Sol, en Madrid, une de forma impresionante a toda la nación, al menos durante doce campanadas que todos deben respetar –sagradamente– a fin de empezar el Año Nuevo con buen pie. Es esto lo que me asombra: hoy es natural –culturalmente natural, diría– considerar que el día 1ro de enero de verdad empieza un ciclo –con la serie de esperanzas y anhelos que ello genera–. Implicaciones: la mayor parte de los occidentales veríamos el año como un ciclo –un círculo– que se abre y se cierra, un tiempo que envejece y se renueva. Visión temporal que se asemeja a la de de las tribus susodichas, lejos de la noción científica del tiempo. ¿Qué opina el físico de la apelación que le damos a la víspera de Año Nuevo? La Nochevieja –tiempo cansado, moribundo–, como la Nochebuena –tiempo que nos remite al origen de nuestra era, tiempo de calidad superior–, plasma lingüísticamente una consagración de ciertos espacios de tiempo, atribuyéndoles calidades peculiares, las cuales se superponen a las cantidades científicas.

La física es indiferente a esa magia; la mayoría de los occidentales, lejos de ello, no sólo creen en ella, sino que la crean. ¿No mostró Bergson que el tiempo, lejos de ser uniforme, es proyectado –producido y percibido– por cada conciencia particular? ¿Que el tiempo no es un dato exterior, sino un acto personal? Entonces, quizá baste la confluencia de varias conciencias sobre un momento consagrado –por ejemplo, las doce campanadas “finales”– para que el tiempo sufra una inflexión, efectivamente muera y se renueve, nazca otra vez de verdad en el plano de la conciencia colectiva. La intensidad de las horas que suceden a las famosas campanadas muestra hasta qué punto es real –visible, palpable, audible– la calidad renovadora/rejuvenecedora que se atribuye al Ciclo Virgen, al Año Nuevo.

Por todo lo dicho, no resulta extraño que las festividades de fin de año, en Occidente, se remonten a antiguas fiestas paganas ligadas al solsticio de invierno. Los romanos celebraban la fiesta de Jano el 1ro de enero (etimológicamente, janus, januariis, mes de Jano); dios dotado de dos caras –una mirando al pasado, la otra, al porvenir–, protector de las puertas y de los comienzos, este dios cristaliza la ambigüedad del Año Nuevo, tan nostálgico como anhelante. Tampoco es extraño que la Iglesia Católica, que fusionó –o intentó fusionar– estas celebraciones con la Navidad, despojase de autonomía y legitimidad la celebración del Año Nuevo, la cual recién empezó, como se vive hoy, a fines del siglo XIX. ¿Por qué ese regreso a un paganismo disfrazado de festejo moderno? Seguramente por razones comerciales y económicas, pero no deja de llamar la atención que el renacer de este rito de pasaje corresponda precisamente con un periodo de decadencia del cristianismo, que Nietzsche rotuló con la sentencia de la muerte de Dios –léase, del dios cristiano–.

Así, cada 31 de diciembre, quien se consagra a estos ritos, transgrediría alegre y sin saberlo el tiempo cristiano –lineal, teleológico– para zambullirse en la espiral de los ciclos –el pasaje de uno viejo a otro virgen–, poniendo de manifiesto una concepción pagana del tiempo.

Paradójicamente, me digo, sólo las personas sumergidas en el Rito de Año Nuevo consagran este tiempo y le otorgan su intensidad. Por ello, no son ya profanas, sino que se encuentran en el interior de un espacio marcado con un círculo sagrado, protector: el de la celebración. Las demás, aquellas que, marginales, hurañas o contemplativas, rehúyen los ritos, son quienes merecen ser consideradas como tales, ya que, etimológicamente, profanas son las personas que están fuera del templo –del espacio o el tiempo consagrado del festejo–. Así pues, son éstas quienes escapan con mayor facilidad a lo que sería, como vimos, una creación –una ilusión, dirá el escéptico– colectiva: la renovación del tiempo, el resurgir del Ave Fénix de sus propias cenizas. De ahí que el desganado, el aguafiestas, el que no condesciende a los ritos consagrados, sea también el contemplativo, el ser pensante, durante la fiesta –o más bien, al margen de la fiesta. En una palabra: el metafísico. Quizá éste sea quien, al sobrevolar la materialidad del festejo, logra salir del río del tiempo para conocerlo mejor que los otros. Quizá entonces perciba con mayor claridad lo inmóvil, lo persistente, el punto irreductible que, como una piedra de río, resiste, se niega, se enterca, frente al movimiento perpetuo que todo –o casi todo, justamente– lo disuelve en la novedad. Un ejemplo magnífico de este tipo de hombre es el poeta que escribió “Final de año” (Fervor de Buenos Aires, 1923), un tal Borges:


Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.


Quizá la diferencia entre el hombre que celebra el Año Nuevo con toda la parafernalia y el que se abstiene de hacerlo, sea la misma que distingue al homo religiosus del escéptico. Para el primero, el tiempo, tras la medianoche del 31 de diciembre, sigue siendo el tiempo, pero transformado, trastocado por un acto ritual, y es ahora un ámbito renovado y propicio –no de otra forma, para el hombre religioso de las tribus estudiadas por Mircea Eliade, “al manifestarse lo sagrado, un objeto cualquiera se convierte en otra cosa sin dejar de ser él mismo”–. Esta paradoja, dicho sea de paso, está en el origen de la celebración del Año Nuevo, como lo demuestra la figura ambivalente de Jano. De esta forma, desde los calzones de distintos colores –y efectos mágicos– hasta los ritos, como aquél de subir y bajar las escaleras con una maleta en la mano, o aquel otro de atragantarse de uvas al compás de las últimas doce campanadas del año, son como plegarias paganas hechas medio en broma, medio en serio. Para el segundo, en cambio, tanto el 31 de diciembre como su propio cumpleaños resultan indignos de cualquier festejo, de cualquier rito de pasaje. Curiosamente, los escépticos que conozco parecen tristes en esos dos días. ¿Por qué? Tal vez, me digo, sea imposible escapar por completo del influjo de la conciencia colectiva, del tiempo colectivo. Un hombre, cualquier hombre, por muy huraño que parezca, es siempre un animal social. ¿Quién no dijo, aunque sea una vez en su vida, “Feliz año nuevo”? Ahí lo tienen.