miércoles, 22 de agosto de 2012

"Siestas" de Julio Cortázar


 Éste es uno de mis relatos favoritos de Cortázar y, como no es muy conocido, quisiera compartirlo con ustedes. Que lo disfruten.

« Siestas », de Julio Cortázar (Último round, 1969)

Alguna vez, en un tiempo sin horizonte, se acordaría de cómo casi todas las tardes, la tía Adela escuchaba ese disco con las voces y los coros, de la tristeza cuando las voces empezaban a salir, una mujer, un hombre y después muchos juntos cantando una cosa que no se entendía, la etiqueta verde con las explicaciones para los grandes, Te licis ante terminum, Nunc dimittis, Tía Lorenza decía que era latín y que hablaba con Dios, y cosas así entonces Wanda se cansaba de no comprender, de estar triste como cuando Teresita en su casa ponía el disco de Billie Holliday y lo escuchaba fumando porque la madre de Teresita estaba en el trabajo y el padre andaba por ahí en los negocios o dormía la siesta y entonces podían fumar tranquilas, pero escuchar a Billie Holliday era una tristeza hermosa que daban ganas de acostarse y llorar de felicidad, se estaba tan bien en el cuarto de Teresita con la ventana cerrada, con el humo, escuchando a Billie Holliday. En su casa le tenían prohibido cantar esas canciones porque Billie Holliday era negra y había muerto de tanto tomar drogas, Tía María la obligaba a pasar una hora más en el piano estudiando arpegios, tía Ernestina la empezaba con el discurso sobre la juventud de ahora, Te lucis ante Terminum resonaba en la casa donde tía Adelina cosía alumbrándose con una esfera de cristal llena de agua que recogía (era hermoso) toda la luz de la lámpara para la costura.
Menos mal que de noche Wanda dormía en la misma cama que tía Lorenza y allí no había latín ni conferencias sobre el tabaco y los degenerados de la calle, tía Lorenza apagaba la luz después de rezar y por un momento hablaban de cualquier cosa, casi siempre del perro Grock, y cuando Wanda iba a dormirse la ganaba un sentimiento de reconciliación, de estar un poco más protegida de la tristeza de la casa con el calor de tía Lorenza que resoplaba suavemente, casi como Grock, caliente y un poco ovillada y resoplando satisfecha como Grock en la alfombra del comedor.
-Tía Lorenza, no me dejes soñar más con el hombre de la mano artificial -había suplicado Wanda la noche de la pesadilla-. Por favor, tía Lorenza, por favor.
Después le había hablado de eso a Teresita y Teresita se había reído, pero no era para reírse y tía Lorenza tampoco se había reído mientras le secaba las lágrimas, le daba a beber un vaso de agua y la iba calmando poco a poco, ayudándola a alejar las imágenes, la mezcla de recuerdos del otro verano y la pesadilla, el hombre que se parecía tanto a los del álbum del padre de Teresita, o el callejón sin salida donde al anochecer el hombre de negro, la había acorralado, acercándose lentamente hasta detenerse y mirarla con toda la luna llena en la cara, los anteojos de aro metálico, la sombra del sombrero melón ocultándole la frente, y entonces el movimiento del brazo derecho alzándose hacia ella, la boca de labios filosos, el alarido o la carrera que la había salvado del final, el vaso de agua y las caricias de tía Lorenza antes de un lento retorno amedrentado a un sueño que duraría hasta tarde, el purgante de tía Ernestina, la sopa liviana y los consejos, otra vez la casa y Nunc dimitis, pero al final permiso para ir a jugar con Teresita aunque esa muchacha no era de fiar con la educación que le daba la madre, capaz que hasta le enseñaba cosas pero en fin, peor era verle esa cara demacrada y un rato de diversión no le haría daño, antes las niñas bordaban a la hora de la siesta o estudiaban solfeo pero la juventud de ahora...
-No solamente son locas sino idiotas -había dicho Teresita, pasándole un cigarrillo de los que le robaba a su padre-. Qué tías que te mandaste, nena. ¿Así que te dieron un purgante?. ¿Ya fuiste o qué?. Tomá, mirá lo que me prestó la Chola, están todas las modas de otoño pero fijate primero en las fotos de Ringo, decime si no es un amor, miralo ahí con esa camisa abierta. Tiene pelitos, fijate.
Después había querido saber más, pero a Wanda le costaba seguir hablando de eso ahora que de golpe le volvía una visión de fuga, de enloquecida carrera por el callejón, y eso no era la pesadilla aunque casi tenía que se el final de la pesadilla que había olvidado al despertarse gritando. A lo mejor antes, a fines del otro verano, habría podido hablarle a Teresita pero se había callado por miedo de que fuera con chismes a tía Ernestina, en esa época Teresita iba todavía a su casa y las tías le sonsacaban cosas con tostadas y dulce de leche hasta que se pelearon con la madre y ya no querían recibir más a Teresita aunque a ella la dejaban ir a su casa algunas tardes cuando tenían visitas y querían estar tranquilas. Ahora hubiera podido contarle todo a Teresita pero ya no valía la pena porque la pesadilla era también lo otro, o a lo mejor lo otro había sido parte de la pesadilla, todo se parecía tanto al álbum del padre de Teresita y nada acababa de veras, era como esas calles en el álbum que se perdían, a la distancia igual que en las pesadillas.
-Teresita, abrí un poco la ventana, hace tanto calor con este encierro.
-No seas pava, después mi vieja se aviva que estuvimos fumando. Tiene un olfato de tigre la Pecosa, en esta casa hay que andarse con cuidado.
-Avisá, ni que fueran a matarte a palos.
-Claro, vos te volvés a tu casa y qué te importa. Siempre la misma chiquilina, vos.
Pero Wanda ya no era una chiquilina aunque Teresita se lo refregaba todavía por la cara pero cada vez menos desde la tarde en que también hacía calor y habían hablado de cosas y después Teresita le había enseñado eso y todo se había vuelto diferente aunque todavía Teresita la trataba de chiquilina cuando se enojaba.
-No soy ninguna chiquilina -dijo Wanda, sacando el humo por la nariz.
-Bueno, bueno, no te pongás. Tenés razón, hace un calor de tormenta. Mejor nos sacamos la ropa y nos preparamos un vino con hielo. Te voy a decir una cosa, vos eso lo soñaste por el álbum de papá, y eso que ahí no hay ninguna mano artificial, pero los sueños ya se sabe. Mirá como se me están desarrollando.
Bajo la blusa no se notaba gran cosa, pero desnudos tomaban importancia, la volvían mujer, le cambiaban la cara. A Wanda le dio vergüenza quitarse el vestido y mostrar el pecho donde apenas si asomaban. Uno de los zapatos de Teresita voló hasta la cama, el otro se perdió bajo el sofá. Pero claro que era como los hombres del álbum del papá de Teresita, los hombres de negro que se repetían en casi todas las láminas, Teresita le había mostrado el álbum una tarde de siesta en que su papá acababa de irse y la casa estaba sola y callada como las salas y las casas del álbum. Riendo y empujándose de puro nerviosas habían subido al piso alto donde a veces los padres de Teresita las llamaban para tomar el té en la biblioteca como señoritas, y en esos días no era cosa de fumar o de beber vino en la pieza de Teresita porque la Pecosa se daba cuenta en seguida, por eso aprovechaban que la casa era para ellas solas y subían gritando y empujándose como ahora que Teresita empujaba a Wanda hasta hacerla caer sentada en el canapé azul y casi con el mismo gesto se agachaba para bajarse el slip y quedar desnuda delante de Wanda, las dos mirándose con una risa un poco corta y rara hasta que Teresita soltó una carcajada y le preguntó si era sonsa o no sabía que ahí crecían pelitos como en el pecho de Ringo. "Pero yo también tengo", había dicho Wanda, "me empezaron el otro verano". Lo mismo que en el álbum donde todas las mujeres tenían muchos, en casi todas las láminas iban y venían o estaban sentadas o acostadas en el pasto y en las salas de espera de las estaciones ("son locas", opinaba Teresita), y también como ahora mirándose entre ellas con unos ojos muy grandes y siempre la luna llena aunque no se la viera en la lámina, todo pasaba en lugares donde había luna llena y las mujeres andaban desnudas por las calles y las estaciones, cruzándose como si no se vieran y estuvieran terriblemente solas, y a veces los señores de traje negro o guardapolvo gris que las miraban ir y venir o estudiaban piedras raras con un microscopio y sin sacarse el sombrero.
-Tenés razón -dijo Wanda-, se parecía mucho a los hombres del álbum, y también tenía un sombrero melón y anteojos, era como ellos pero con una mano artificial, y eso que la otra vez cuando...
-Acabala con la mano artificial- dijo Teresita-. ¿Te vas a quedar así toda la tarde?. Primero te quejás del calor y después la que me desnudo soy yo.
-Tendría que ir al baño.
-¡El purgante!. No, si tus tías son un caso. Andá rápido, y de vuelta traé más hielo, miralo a Ringo cómo me espía, ángel querido. ¿A usted le gusta esta barriguita, amoroso? Mirela bien, frótese así y así, la Chola me mata cuando le devuelva la foto arrugada.
En el baño Wanda había esperado lo más posible para no tener que volver de nuevo, estaba dolorida y le daba rabia el purgante y también después Teresita en el canapé azul mirándola como si fuera una nena, burlándose como la otra vez cuando le había enseñado eso a Wanda no había podido impedir que la cara se le pusiera como fuego, esas tardes en que todo era diferente, primero tía Adela dándole permiso para quedarse hasta más tarde en lo de Teresita, total está ahí al lado y yo tengo que recibir a la directora y a la secretaria de la escuela de María, con esta casa tan chica mejor te vas a jugar con tu amiga pero cuidado a la vuelta, venís directamente y nada de quedarte machoneando en la calle con Teresita, a ésa le gusta irse por ahí, la conozco, después fumando unos cigarrillos nuevos que el padre de Teresita se había olvidado en su cajón del escritorio, con filtro dorado y un olor raro, y al final Teresita le había enseñado eso, era difícil acordarse cómo había ocurrido, estaban hablando del álbum, o a lo mejor lo del álbum era el principio del verano, aquella tarde estaban más abrigadas y Wanda tenía el pulóver amarillo, entonces no era todavía el verano, al final no sabía qué decir, se miraban y se reían, casi sin hablar habían salido a la calle para dar una vuelta por el lado de la estación, evitando la esquina de la casa de Wanda porque tía Ernestina no les perdía pisada aunque estuviera con la directora y la secretaria. En el andén de la estación se habían quedado un rato paseando como si esperaran el tren, mirando pasar las máquinas que hacían temblar los andenes y llenaban el cielo de humo negro. Entonces, cuando ya estaban de vuelta y era hora de separarse, Teresita le había dicho como al descuido que tuviera cuidado con eso, no fuera cosa, y Wanda que había estado tratando de olvidarse se puso colorada y Teresita se rió y le dijo que lo de esa tarde no podía saberlo nadie pero que sus tías eran como la Pecosa y que si se descuidaba cualquier día la pescaban y entonces iba a ver. Se habían reído otra vez pero era cierto, tenía que ser tía Ernestina la que la sorprendiera al final de la siesta aunque Wanda había estado segura de que nadie entraría a esa hora en su cuarto, todo el mundo se había ido a dormir y en el patio se oía la cadena de Grock y el zumbido de las avispas furiosas de sol y de calor, apenas si había tenido tiempo de levantarse la sábana hasta el cuello y hacerse la dormida pero ya era tarde porque tía Ernestina estaba a los pies de la cama, le había arrancado la sábana de un tirón sin decir una palabra, solamente mirándole el pantalón del pijama enredado en las pantorrillas. En lo de Teresita cerraban con llave la puerta y eso que la Pecosa lo tenía prohibido, pero tía María y tía Ernestina hablaban de los incendios y de que los niños encerrados morían en las llamas, aunque ahora no era de eso que hablaban tía Ernestina y tía Adela, primero se le habían acercado sin decir nada y Wanda había tratado de fingir que no comprendía hasta que tía Adela le agarró la mano y se la retorció, y tía Ernestina le dio la primera bofetada, después otra y otra, Wanda se defendía llorando, de cara contra la almohada, gritando que no había hecho nada malo, que solamente le picaba y que entonces, pero tía Adela se sacó la zapatilla y empezó a pegarle en las nalgas mientras le sujetaba las piernas, y hablaban de degenerada y de seguramente Teresita y de la juventud y la ingratitud y las enfermedades y el piano y el encierro pero sobre todo de la degeneración y las enfermedades hasta que tía Lorenza se levantó asustada por los gritos y los llantos y de golpe hubo calma, quedó solamente tía Lorenza mirándola afligida, sin calmarla ni acariciarla pero siempre tía Lorenza como ahora le daba un vaso de agua y la protegía del hombre de negro, repitiéndole al oído que iba a dormir bien, que no iba a tener de nuevo la pesadilla.
-Comiste demasiado puchero, me fijé. El puchero es pesado de noche, igual que las naranjas. Vamos, ya pasó, dormite, estoy aquí, no vas a soñar más.
-¿Qué estás esperando para sacarte la ropa? ¿Tenés que ir de nuevo al baño? Te vas a dar vuelta como un guante, tus tías son locas.
-No hace tanto calor como para estar desnudas -había dicho Wanda aquella tarde, quitándose el vestido.
-Vos fuiste la que empezó con lo del calor. Dame el hielo y traé los vasos, todavía queda vino dulce pero ayer la Pecosa estuvo mirando la botella y puso la cara. Si se la conoceré, la cara. No dice nada pero pone la cara y sabe que yo sé. Menos mal que el viejo no piensa más que en los negocios y se las pica todo el tiempo. Es cierto, ya tenés pelos pero pocos, todavía parecés una nena. Te voy a mostrar una cosa en la biblioteca si me jurás.
Teresita había descubierto el álbum de casualidad, la estantería cerrada con llave, tu papá guarda los libros científicos que no son cosas para tu edad, qué idiotas, se les había quedado entornada y había diccionarios y un libro con el lomo escondido, justamente como para no darse cuenta, y además otro con las láminas anatómicas que no eran como las del liceo, ésas estaban completamente terminadas, pero apenas sacó el álbum las planchas de anatomía dejaron de interesarle porque el álbum era como una fotonovela pero tan rara, los letreros una lástima en francés y apenas se entendían algunas palabras sueltas, le sérénité est sur le point basculer, sérénité quería decir serenidad pero basculer quién sabe, era una palabra rara, bas quería decir media, les bas Diro de la Pecosa, pero culer, las medias del culer no quería decir nada, y las mujeres de las láminas estaban siempre desnudas o con polleras y túnicas pero no llevaban medias, a lo mejor era otra cosa y Wanda también había pensado lo mismo cuando Teresita le mostró el álbum y se habían reído como locas, eso era lo bueno con Wanda en las tardes de siesta cuando las dejaban solas en la casa.
-No hace tanto calor para sacarse la ropa- dijo Wanda-. ¿Por qué sos tan exagerada? Yo te dije, cierto, pero no quería decir eso.
-¿Entonces no te gusta estar como las mujeres de las láminas? -se burló Teresita estirándose en el canapé-. Mirame bien y decí si no estoy idéntica a ésa donde todo es como cristal y a lo lejos se ve a un hombre chiquitito que viene por la calle. Sacate el slip, idiota, no ves que estropeás el efecto.
-No me acuerdo de esa lámina -dijo Wanda, apoyando indecisamente los dedos en el elástico del slip-. Ah sí, creo que me acuerdo, había una lámpara en el cielo raso y en fondo un cuadro azul con una luna llena. Todo era azul, verdad.
Vaya a saber por qué la tarde del álbum se había detenido mucho tiempo en esa lámina aunque había otras más excitantes, extrañas, por ejemplo la de Orphée que en el diccionario quería decir Orfeo el padre de la música que bajó a los infiernos, y eso que en la lámina no había ningún infierno y apenas una calle con casas de ladrillos rojos, un poco como al comienzo de la pesadilla aunque después todo había cambiado y era otra vez el callejón con el hombre de la mano artificial, y por esa calle de casas de ladrillos rojos venía Orfeo desnudo, Teresita le había mostrado enseguida aunque a primera vista Wanda había pensado que era otra de las mujeres desnudas hasta que Teresita soltó la risa y puso el dedo ahí mismo y Wanda vio que era un hombre muy joven pero un hombre y se quedaron mirando y estudiando a Orfeo y preguntándose quién sería la mujer de espaldas en el jardín y por qué estaría de espaldas con el cierre relámpago de la pollera desabrochado a medias como si eso fuera una manera de pasearse por el jardín.
-Es un adorno, no un cierre relámpago -descubrió Wanda-. Da la impresión pero si te fijás es una especie de dobladillo que parece un cierre. Lo que no se entiende es por qué Orfeo viene por la calle y está desnudo y la mujer se queda de espaldas en el jardín detrás de la pared, es rarísimo. Orfeo parece una mujer con esa piel tan blanca y esas caderas. Si no fuera por eso, claro.
-Vamos a buscar otro donde se vea de más cerca -dijo Teresita-. ¿Vos ya viste hombres?
-No, cómo querés -dijo Wanda-. Yo sé cómo es pero cómo querés que vea. Es como los nenes pero más grande, ¿no?. Como Grock, pero es un perro, no es lo mismo.
-La Chola dice que cuando están enamorados les crece el triple y entonces es cuando se produce la fecundación.
-¿Para tener hijos? ¿La fecundación es eso o qué?
-Sos pava, nenita. Mirá esta otra, casi parece la misma calle pero hay dos mujeres desnudas. ¿Porqué pinta tantas mujeres ese desgraciado? Fijate, parecería que se cruzan sin conocerse y cada una sigue para su lado, están completamente locas, desnudas en plena calle y ningún vigilante que proteste, eso no puede suceder en ninguna parte. Fijate esta otra, hay un hombre pero está vestido y se esconde en una casa, se le ve nomás la cara y una mano. Y esa mujer vestida de ramas y hojas, si te digo que están locas.
-No vas a soñar más -prometió tía Lorenza acariciándola-. Dormite ahora, vas a er que no vas a soñar más.
-Es cierto, ya tenés pelos pero pocos -había dicho Teresita-. Es raro, todavía parecés una nena. Encendeme el cigarrillo. Vení.
-No, no -había dicho Wanda, queriendo soltarse-. ¿Qué hacés. No quiero, dejame.
-Qué sonsa sos. Mirá, vas a ver, yo te enseño. Pero si no te hago nada, quedate quieta y vas a ver.
Por la noche la habían mandado a la cama sin permitirle que las besara, la cena había sido como en las láminas donde todo era silencio, solamente tía Lorenza la miraba de cuando en cuando y le servía la cena, por la tarde había escuchado de lejos el disco de tía Adela y las voces le llegaban como si la estuvieran acusando, Te lucis ante terminum, ya había decidido suicidarse y le hacía bien llorar pensando en tía Lorenza cuando la encontrara muerta y todas se arrepintieran, se suicidaría tirándose al jardín desde la azotea o abriéndose las venas con la gillette de tía Ernestina pero todavía no porque antes tenía que escribirle una carta de adiós a Teresita diciéndole que la perdonaba, y otra a la profesora de geografía que le había regalado el atlas encuadernado, y menos mal que tía Ernestina y tía Adela no estaban enteradas de que Teresita y ella habían ido a la estación para ver pasar los trenes y que por la tarde fumaban y tomaban vino, y sobre todo de aquella vez al caer la tarde cuando habían vuelto a casa de Teresita y en vez de cruzar como le mandaban había dado una vuelta manzana y el hombre de negro se le había acercado para preguntarle la hora como en la pesadilla, y a lo mejor era solamente la pesadilla, oh sí Dios querido, justo en la entrada del callejón que terminaba en la tapia con enredaderas, y tampoco entonces se había dado cuenta (pero a lo mejor era solamente la pesadilla) de que el hombre escondía una mano en el traje negro hasta que empezó a sacarla muy despacio mientras le preguntaba la hora y era una mano como de cera rosa con los dedos duros y entrecerrados, que se atascaba en el bolsillo del saco y salía poco a poco a tirones, y entonces Wanda había corrido alejándose de la entrada del callejón pero casi no se acordaba de haber corrido y haber escapado del hombre que quería acorralarla en el fondo del callejón, había como un hueco porque el terror de la mano artificial y de la boca de labios filosos fijaba ese momento y no había ni antes ni después como cuando tía Lorenza le había dado a beber un vaso de agua, en la pesadilla no había ni antes ni después y para peor ella no podía contarle a tía Lorenza que no era solamente un sueño porque ya no estaba segura y tenía miedo de que supieran y todo se mezclaba y Teresita y lo único seguro era que tía Lorenza estaba allí contra ella en la cama, abrigándola en sus brazos y prometiéndole un sueño tranquilo, acariciándole el pelo y prometiéndole.
-¿Verdad que te gusta? -dijo Teresita- También se puede hacer así, mirá.
-No, no, por favor -dijo Wanda.
-Pero sí, todavía es mejor, se siente doble, la Chola lo hace así y yo también, ves como te gusta, no mientas, si querés acostate aquí y lo hacés vos misma ahora que sabés.
-Dormite, querida -había dicho tía Lorenza-, vas a ver que no vas a soñar más.
Pero era Teresita la que se reclinaba con los ojos entornados, como si de golpe estuviera tan cansada después de haberle enseñado a Wanda, y se parecía a la mujer rubia del canapé azul solamente más joven y más morocha, y Wanda pensaba en la otra mujer de la lámina que miraba una vela encendida aunque en la habitación de cristales había una lámpara en el cielo raso, y la calle con los faroles y el hombre a la distancia parecía entrar en la habitación, formar parte de la habitación como casi siempre en esas láminas aunque ninguna les había parecido tan rara como la que se llamaba las damiselas de Tongres, porque demoiselles en francés quería decir damiselas y mientras Wanda miraba a Teresita que respiraba fatigosamente como si estuviera muy cansada era lo mismo que estar viendo la lámina con las damiselas de Tongres, que debía ser un lugar porque estaba con mayúscula, abrazándose envueltas en túnicas azules y rojas pero desnudas debajo de las túnicas, y una tenía los pechos al aire y acariciaba a la otra y las dos tenían boinas negras y pelo largo rubio, la acariciaba pasándole los dedos por debajo de la espalda como había hecho Teresita, y el hombre calvo con guardapolvo gris era como el doctor Fontana cuando tía Ernestina la había llevado y el doctor después de hablar en secreto con tía Ernestina le había dicho que se desvistiera y ella tenía trece años y ya le empezaba el desarrollo y por eso tía Ernestina la llevaba porque a lo mejor no era solamente por eso porque el doctor Fontana se puso a reír y Wanda escuchó cuando le decía a la tía Ernestina que esas cosas no tenían tanta importancia y que no había que exagerar, y después la auscultó le miró los ojos y tenía un guardapolvos que parecía el de la lámina solamente que era blanco, y le dijo que se costara en la camilla y la palpó por abajo y tía Ernestina estaba ahí pero se había ido a mirar por la ventana aunque no se podía ver la calle porque la ventana tenía visillos blancos, hasta que el doctor Fontana la llamó y le dijo que no se preocupara y Wanda se vistió mientras el doctor escribía una receta con un tónico y un jarabe para los bronquios, y la noche de la pesadilla había sido un poco así porque al principio el hombre de negro era amable y sonriente como el doctor Fontana y solamente quería saber la hora, pero después venía el callejón como la tarde en que ella había dado vuelta la manzana, y al final no le quedaba más remedio que suicidarse con la guillette o tirándose de la azotea después de escribirle a la profesora y a Teresita.
-Sos idiota -había dicho Teresita-- Primero dejás la puerta abierta como una pava, y después ni siquiera sos capaz de disimular. Te prevengo, si tus tías le vienen con el cuento a la Pecosa, porque seguro que me lo van a achacar a mí, voy de cabeza a un colegio interno, ya papá me previno.
-Bebé un poco más -dijo tía Lorenza-. Ahora vas a dormir hasta mañana sin soñar nada.
Eso era lo peor, no poder contarle a tía Lorenza, explicarle por qué se había escapado de la casa la tarde de tía Ernestina y tía Adela y había andado por calles y calles sin saber qué hacer, pensando que tenía que suicidarse enseguida, tirarse debajo de un tren, y mirando para todos lados porque a lo mejor el hombre estaba de nuevo ahí y cuando llegara a un lugar solitario se le acercaría para preguntarle la hora, a lo mejor las mujeres de las láminas andaban desnudas por esas calles porque también se habían escapado de sus casas y tenían miedo de esos hombres de guardapolvo gris o de traje negro como el hombre del callejón, pero en las láminas había muchas mujeres y en cambio ahora ella andaba sola por las calles, aunque menos mal que no estaba desnuda como ls otras y que ninguna venía a abrazarla con una túnica roja o a decirle que se acostara como le había dicho Teresita y el doctor Fontana.
-Billie Holliday era negra y murió de tanto tomar drogas -dijo Teresita-. Tenía alucinaciones y esas cosas.
-¿Qué es alucinaciones?
-No sé, es algo terrible, gritan y se retuercen. ¿Sabés que tenés razón? Hace un calor de tormenta. Mejor nos sacamos la ropa.
-No hace tanto calor como para estar desnudas -había dicho Wanda.
-Comiste demasiado puchero -dijo tía Lorenza-. El puchero es pesado de noche, igual que las naranjas.
-También se puede hacer así, mirá -había dicho Teresita.
Quién sabe por qué la lámina que más recordaba era la e esa calle angosta con árboles de un lado y una puerta en primer plano en la otra acera, para colmo en mitad de la calle una mesita con una lámpara encendida y eso que era pleno día. "Acababa con la mano artificial", había dicho Teresita- "¿Te vas a quedar así toda la tarde? Primero te quejás de calor y después la que me desnudo soy yo". En la lámina ella se alejaba arrastrando por el suelo una túnica oscura, y en la puerta en primer plano estaba Teresita mirando la mesa con la lámpara, sin darse cuenta de que al fondo el hombre de negro esperaba a Wanda, inmóvil a un lado de la calle. "Pero no somos nosotras", había pensado Wanda, "son mujeres grandes que andan desnudas por la calle, no somos nosotras, es como la pesadilla, una cree que está pero no está, y tía Lorenza no me dejará seguir soñando". Si hubiera podido pedirle a tía Lorenza que la salvara de las calles, que no la dejara tirarse debajo de un tren, que no volviera a aparecer el hombre de negro que en la lámina esperaba en el fondo de la calle, ahora que estaba dando la vuelta manzana ("vení directamente y nada de quedarte machoneando en la calle", había dicho tía Adela) y el hombre de negro se le acercaba para preguntarle la hora y la acorralaba lentamente en el callejón sin ventanas, cada vez más pegada a la tapia con enredaderas, incapaz de gritar o suplicar o defenderse como en la pesadilla, pero en la pesadilla había un hueco final porque tía Lorenza estaba ahí calmándola y todo se borraba con el sabor del agua fresca y las caricias, y también la tarde del callejón terminaba en un hueco cuando Wanda había salido corriendo sin mirar atrás hasta meterse en su casa y trancar la puerta y llamar a Grock para que cuidara la entrada ya que no podía contarle la verdad a tía Adela. Ahora de nuevo todo era como antes pero en el callejón ya no había ese hueco, ya no se podía escapar ni despertar, el hombre de negro la acorralaba contra la tapia y tía Lorenza no iba a calmarla, estaba sola en ese anochecer con el hombre de negro que le había preguntado la hora, que se acercaba a la tapia y empezaba a sacar la mano del bolsillo, cada vez más cerca de Wanda pegada contra las enredaderas, y el hombre de negro ya no preguntaba la hora, la mano de cera buscaba algo contra ella, debajo de la pollera, y la voz del hombre le decía al oído quédate quieta y no llores, que vamos a hacer lo que te enseñó Teresita.

Julio Cortázar

jueves, 16 de agosto de 2012

Cinco microrrelatos fantásticos contemporáneos



Tras leer y releer Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual (Salto de página, 2009, edición y prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel), así como La glorieta de los fugitivos. Minificción completa  (Páginas de Espuma, 2007) de José María Merino, quedé convencido, por un lado, de la vertiginosa eficacia del microrrelato para traducir lo fantástico, y por otro, de la buena salud del género en la literatura contemporánea en castellano. Pruebas de ello son estos cinco microrrelatos (debajo de cada uno figuran el autor y la obra). Por lo demás, es excelente el prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel a dicha antología, pues su enfoque filosófico sobre lo fantástico es acertadísimo en esta época de confusión sobre sus fundamentos y esencia. Por supuesto, me quedo con las ganas de transcribir cuentos íntegros, excelentes para mi gusto, como “Los libros vacíos” de Merino, “La mujer de verde” de Cristina Fernández Cubas, “Fecundación” de Pedro Ugarte, y mi preferido, “Venco a la molinera” de Félix J. Palma. Pero he ahí otra razón de leer esta antología: que llena de apetito y abre puertas hacia nuevos autores de calidad. Del libro de Merino, baste decir que obtuvo el Premio Salambó 2007 de Narrativa en castellano. Leer a este maestro de lo fantástico es tan inquietante como asombroso. Aquí va un enlace de una entrevista que apareció en Babelia, en septiembre de 2007, donde Merino habla del microrrelato como “quintaesencia de la narrativa”:
http://elpais.com/diario/2007/09/01/babelia/1188603550_850215.html
“Quintaesencia de la narrativa”… esto me recuerda lo que escribió el dúo Borges-Bioy en la nota preliminar a Cuentos breves y extraordinarios: “Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal”. Amén.



Dimisión
Hubo un día en que el último hombre que todavía creía dejó de creer, y Dios, decepcionado, se desvaneció en el éter y borró toda huella de Sí, como si jamás hubiera existido.

Juan Pedro Aparicio (León, 1941), El juego del diábolo (Páginas de Espuma, 2008)

La cueva
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.
Fernando Iwasaki (Lima, 1961), Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004)

Intrusión
De la palma de mi mano brotan arañas. Espontáneamente, casi sin previo aviso, tan sólo un cosquilleo eléctrico y ya veo salir la cabeza, el haz de patas peludas, un tarantuleo vivaz que saca pronto a la luz toda una legión de octópodos.
Olga no sabe nada. Olga cree que me complazco en mordisquear traviesa y clandestinamente su cruasán cada mañana mientras lee el periódico en la cocina, que su canario murió de frío a pesar de las caricias que yo mismo le prodigaba entre mis manos, que soy el amante más experimentado del universo cuando siente mis dedos rugosos multiplicarse sobre la aureola erecta de sus pezones, por entre las humedades oscuras de su sexo extasiado.
Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974), Baúl de prodigios (Traspiés, 2009)




El despistado
El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienes ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

Agujero negro
El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

José María Merino (La Coruña, 1941), La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, 2007)

jueves, 12 de julio de 2012

Exilio

A Eduardo Mitre
en la amistad, la poesía y la errancia


Sin dios y sin patria
se vive en vilo
sobre la boca de un vacío
y se es suicida
sin llegar jamás al acto
que sería dar muerte
al anatema que da la vida

domingo, 8 de julio de 2012

Prólogo a la Antología de la Literatura Fantástica


POR ADOLFO BIOY CASARES
1. Historia
Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en la Biblia, en Homero, en Las mil y una noches. Tal vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos. El admirable Sueño del Aposento Rojo y hasta novelas eróticas y realistas, como Kin P'ing Mei y Sui Hu Chuan, y hasta los libros de filosofía, son ricos en fantasmas y sueños. Pero no sabemos cómo estos libros representan la literatura china; ignorantes, no podemos conocerla directamente, debemos alegrarnos con lo que la suerte (profesores muy sabios, comités de acercamiento cultural, la señora Perla S. Buck), nos depara. Ateniéndonos a Europa y a América, podemos decir: como género más o menos definido, la literatura fantástica aparece en el siglo XIX y en el idioma inglés. Por cierto, hay precursores; citaremos: en el siglo XIV, al infante Don Juan Manuel; en el siglo XVI, a Rabelais; en el XVII, a Quevedo; en el XVIII, a De Foe1 y a Horace Walpole2; ya en el XIX, a Hoffmann.

2. Técnica
No debe confundirse la posibilidad de un código general y permanente, con la posibilidad de leyes. Tal vez la Poética y la Retórica de Aristóteles no sean posibles; pero las leyes existen; escribir es, continuamente, descubrirlas o fracasar. Si estudiamos la sorpresa como efecto literario, o los argumentos, veremos cómo la literatura va transformando a los lectores y, en consecuencia, cómo éstos exigen una continua transformación de la literatura. Pedimos leyes para el cuento fantástico; pero ya veremos que no hay un tipo, sino muchos, de cuentos fantásticos. Habrá que indagar las leyes generales para cada tipo de cuento y las leyes especiales para cada cuento. El escritor deberá, pues, considerar su trabajo como un problema que puede resolverse, en parte, por las leyes generales y preestablecidas, y, en parte, por leyes especiales que él debe descubrir y acatar.
a) Observaciones generales:
El ambiente o la atmósfera. Los primeros argumentos eran simples -por ejemplo: consignaban el mero hecho de la aparición de un fantasma- y los autores procuraban crear un ambiente propicio al miedo. Crear un ambiente, una "atmósfera”, todavía es ocupación de muchos escritores. Una persiana que se golpea, la lluvia, una frase que vuelve, o, más abstractamente, memoria y paciencia para volver a escribir cada tantas líneas, esos leitmotive, crean la más sofocante de las atmósferas. Algunos de los maestros del género no han desdeñado, sin embargo, estos recursos. Exclamaciones como ¡Horror! ¡Espanto! ¡Cuál no sería mi sorpresa!, abundan en Maupassant. Poe -no, por cierto, en el límpido M. Valdemar- aprovecha los caserones abandonados, las histerias y las melancolías, los  mustios otoños.
Después algunos autores descubrieron la conveniencia de hacer que en un mundo plenamente creíble sucediera un solo hecho increíble; que en vidas consuetudinarias y domésticas, como las del lector, sucediera el fantasma. Por contraste, el efecto resultaba más fuerte. Surge entonces lo que podríamos llamar la tendencia realista en la literatura fantástica (ejemplo: Wells). Pero con el tiempo las escenas de calma, de felicidad, los proyectos para después de las crisis en las vidas de los personajes, son claros anuncios de las peores calamidades; y así, el contraste que se había creído conseguir, la sorpresa, desaparecen.
La sorpresa. Puede ser de puntuación, verbal, de argumento. Como todos los efectos literarios, pero más que ninguno sufre por el tiempo. Sin embargo, pocas veces un autor se atreve a no aprovechar una sorpresa. Hay excepciones: Max Beerbohm, en "Enoch Soames", W.W. Jacobs, en "La Pata de Mono". Max Beerbohm deliberadamente, atinadamente, elimina toda posibilidad de sorpresa con respecto al viaje de Soames a 1997. Para el menos experto de los lectores habrá pocas sorpresas en "La Pata de Mono"; con todo, es uno de los cuentos más impresionantes de la antología. Lo prueba la siguiente anécdota, contada por John Hampden: Uno de los espectadores dijo3 después de la representación que el horrible fantasma que se vio al abrirse la puerta, era una ofensa al arte y al buen gusto, que el autor no debió mostrarlo, sino dejar que el público lo imaginara; que fue, precisamente, lo que había hecho.
Para que la sorpresa del argumento sea eficaz, debe estar preparada, atenuada. Sin embargo, la repentina sorpresa del final de "Los caballos de Abdera" es eficacísima; también la que hay en este soneto de Banchs:
Tornasolando el flanco a su sinuoso
paso va el tigre suave como un verso
y la ferocidad pule cual terso
topacio el ojo seco y vigoroso.
Y  despereza  el  músculo alevoso
de los ijares, lánguido y  perverso,
y se recuesta lento en el disperso
otoño de las hojas. El reposo...
El reposo en la selva silenciosa.
La testa chata entre las garras finas
y el ojo fijo, impávido custodio.
Espía mientras bate con nerviosa
cola el haz de las férulas vecinas,
en  reprimido  acecho... así  es mi odio4.

El Cuarto Amarillo y el Peligro Amarillo
. Chesterton señala con esta fórmula un desiderátum (un hecho, en un lugar limitado, con un número limitado de personajes) y un error para las tramas policiales, creo que puede aplicarse, también, a las fantásticas. Es una nueva versión -periodística, epigramática- de la doctrina de la tres unidades. Wells hubiera caído  en el peligro amarillo si hubiera hecho, en vez de un hombre invisible, ejércitos de hombres invisibles que invadieran y dominaran el mundo (plan tentador para novelistas alemanes), si en vez de insinuar sobriamente que Mr. Lewisham podía estar "saltando de un cuerpo a otro" desde tiempos remotísimos y de matarlo inmediatamente, nos hiciera asistir a las historias del recorrido por los tiempos, de este renovado fantasma.
b) Enumeración de argumentos fantásticos
Argumentos en que aparecen fantasmas. En nuestra antología hay dos5, brevísimos y perfectos: el de Ireland y el de Loring Frost. El fragmento de Carlyle (Sartor Resartus), que incluimos, tiene el mismo argumento, pero al revés.
Viajes por el tiempo. El ejemplo clásico es La máquina del tiempo. En este inolvidable relato, Wells no se ocupa de las modificaciones que los viajes determinan en el pasado y en el futuro, y emplea una máquina que él mismo no se explica. Max Beerbohm, en "Enoch Soames" emplea al diablo, que no requiere explicaciones, y discute, aprovecha, los efectos del viaje sobre el porvenir.
Por su argumento, su concepción general y sus detalles -muy pensados, muy estimulantes del pensamiento y de la imaginación-, por los personajes, por los diálogos, por la descripción del ambiente literario de Inglaterra a fines del siglo pasado, creo que "Enoch Soames" es uno de los cuentos largos más admirables de la antología.
"El más hermoso cuento del mundo”, de Kipling, es también de riquísima invención de detalles. Pero el autor parece haberse distraído en cuanto a uno de los puntos más importantes. Nos afirma que Charlie Mears estaba por comunicarle el más hermoso de los cuentos pero no le creemos, si no recurría a sus "invenciones precarias",  tendría algunos datos fidedignos o, a lo más, una historia con toda la imperfección de la realidad, o algo equivalente a un atado de viejos periódicos, o -según H.  G. Wells- a la obra de Marcel Proust. Si no esperamos que las confidencias de un botero del Tigre sean la más hermosa historia del mundo, tampoco debemos esperarlo de las confidencias de un galeote griego que vivía en  un  mundo menos civilizado, más pobre.
En este relato no hay, propiamente, viaje en el tiempo; hay recuerdos de pasados muy lejanos. En "El destino es chambón" de Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta el viaje es alucinatorio.
De las narraciones de viajes en el tiempo, quizá la de invención y disposición más elegante sea "El brujo postergado", de don Juan Manuel.
Los tres deseos. Hace más de diez siglos empezó a escribirse este cuento; colaboraron en él escritores ilustres de épocas y de tierras distantes, un oscuro escritor contemporáneo ha sabido acabarlo con felicidad.
Las primeras versiones son pornográficas; las encontramos en el Sendebar, en Las mil y una noches (Noche 596: "El hombre que quería ver la noche de la omnipotencia"), en la frase “más desdichada que Banús” registrada en el Kamus, del persa Firuzabadi.
Luego, en Occidente, aparece una versión chabacana. Entre nosotros -dice Burton- (el cuento de los tres deseos) ha sido degradado a un asunto de morcillas.
En 1902, W. W. Jacobs, autor de sketches humorísticos, logra una tercera versión, trágica, admirable.
En las primeras versiones, los deseos se piden a un dios o a un talismán que permanece en el mundo. Jacobs escribe para lectores más escépticos. Después del cuento no continúa el poder del talismán (era conceder tres deseos a tres personas y el cuento refiere lo que sucedió a quienes pidieron los últimos tres deseos). Tal vez lleguemos a encontrar la pata de mono -Jacobs no la destruye- pero  no  podremos utilizarla.
Argumentos con acción que sigue en el infierno. Hay dos en la antología, que no se olvidarán: el fragmento de Arcana Coelestia, de Swedenborg, y "Donde su fuego nunca se apaga", de May Sinclair. El tema de este último es el del Canto V de La divina comedia:
Questi,   che  mai,   da   me,   non   fia   diviso,
La  bocca  mi  bacio tutto  tremante.
Con personaje soñado. Incluimos: El impecable "Sueño infinito de Pao Yu", de Tsao Hsue Kin; el fragmento de Through the Looking-Glass, de Lewis Carrol;. "La Última visita del caballero enfermo", de Papini.
Con metamorfosis. Podemos citar "La transformación", de Kafka; "Sábanas de tierra", de Silvina Ocampo; "Ser polvo", de Dabove;  "Lady  into Fox", de Garnett.
Acciones paralelas que obran por analogía. "La sangre en el jardín", de Ramón Gómez de la Serna: "La secta del Loto Blanco".
Tema de la inmortalidad, Citaremos "El Judío Errante; Mr. Elvisham", de Wells. "Las islas nuevas", de María Luisa Bombal; "She", de Rider Haggard; "L´Atlantide", de Pierre Benoit.
Fantasías metafísicas. Aquí lo fantástico está, más que en los hechos, en el razonamiento. Nuestra antología incluye: "Tantalia", de Macedonio Fernández; un fragmento de "Star Maker", de Olaf Stapledon; la historia de Chuang Tzu y la mariposa, el cuento de la negación de los milagros; "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", de Jorge Luis Borges.
Con  el  "Acercamiento   a   Almotásim".   con   "Pierre   Menard", con "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", Borges ha creado un nuevo género literario, que participa del ensayo y de la ficción; son ejercicios de incesante inteligencia y de imaginación feliz, carentes de languideces, de todo elemento humano, patético o sentimental, y destinados a lectores intelectuales, estudiosos de filosofía, casi especialistas en literatura.
Cuentos y novelas de Kafka. Las obsesiones del infinito, de la postergación infinita, de la subordinación jerárquica, definen estas obras; Kafka, con ambientes cotidianos, mediocres, burocráticos, logra la depresión y el horror; su metódica imaginación y su estilo incoloro nunca entorpecen el desarrollo de los argumentos.
Vampiros y castillos. Su paso por la literatura no ha sido feliz: recordemos a Drácula, de Bram Stoker (Presidente de la Sociedad Filosófica y Campeón de Atletismo de la Universidad de Dublín), a "Mrs. Amworth", de Benson. No figuran en esta antología.
Los cuentos fantásticos pueden clasificarse, también, por la explicación:
a) Los que se explican por la agencia de un ser o de un hecho sobrenatural.
b) Los que tienen explicación fantástica, pero no sobrenatural ("científica" no me parece el epíteto conveniente para estas intenciones rigurosas, verosímiles, a fuerza de sintaxis).
c) Los que se explican por la intervención de un ser o de un hecho sobrenatural,  pero  insinúan, también, la posibilidad de una explicación natural ("Sredni Vashtar" de Saki); los que admiten una explicativa alucinación. Esta posibilidad de explicaciones naturales  puede  ser un  acierto, una complejidad mayor; generalmente es  una debilidad,  una escapatoria del autor, que no ha sabido proponer con verosimilitud lo fantástico.

jueves, 5 de julio de 2012

Sobre el relato y lo fantástico. Entrevista al escritor español José María Merino.


Me parece acertadísimo cuando explican que existe un prejuicio de los lectores hacia lo fantástico con respecto a la seriedad literaria de su propuesta y a su capacidad de desvelar la realidad.


LOS DIEZ MEJORES CONSEJOS PARA ESCRIBIR UN RELATO DE CAMPEONATO

DIÁLOGO DE DOS GENERACIONES DE CUENTISTAS
José María Merino y Juan Jacinto Muñoz Rengel, autores de La realidad quebradiza, ofrecen a los lectores de ABC una guía indispensable para jugársela en la distancia corta literaria: el relato.

ANTONIO ASTORGA
abc_cultura / MADRID
Día 02/07/2012 - 13.44h



 
ABC
En la distancia corta de un café literario, un clásico, José María Merino, y admirador del clásico y excepcional cuentista, Juan Jacinto Muñoz Rengel, escriben el mejor relato posible. Muñoz Rengel selecciona los mejores cuentos de Merino en La realidad quebradiza (Ed. Páginas de Espuma), una obra imprescindible para vivir y beber del cuento. Y los dos se convierten en los mejores seleccionadores nacionales para escribir un cuento de campeonato. 
José María Merino es un nombre imprescindible entre los autores de cuento españoles por la calidad de su obra, de las letras contemporáneas. A lo largo de más de tres décadas, y con una decena de libros de cuentos y microrrelatos, Merino ha ido construyendo un universo propio donde los elementos fantásticos, la sorprendente imaginación, el misterio, la memoria y lo inesperado se unen para lograr una literatura única y excepcional. Esta antología, La realidad quebradiza, al cuidado exquisito, como siempre, de Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma -donde además se incluye una extensa entrevista inédita, preparada por Juan Jacinto Muñoz Rengel–, selecciona lo mejor de cada uno de los libros de Merino para ofrecer al lector una magnífica oportunidad de adentrarse en su obra.
«Estos relatos pueden alterar su concepción del mundo. Luego no diga que no se lo advertimos»
«La lectura de este libro en sí misma puede resultar temeraria. Quizás usted también debería firmar algunos formularios, como en su día hizo nuestro paciente, en los que declare que ha sido informado. Estos relatos pueden alterar su concepción del mundo, y dejar todo tipo de secuelas. Graves secuelas. Síntomas feos y fatales. En serio. Nosotros declinamos toda responsabilidad desde este momento. Luego no diga que no se lo advertimos», advierte el joven aprendiz de cirujano Juan Jacinto Muñoz Rengel.
Muñoz Rengel tumba en el diván a Merino. Y de ese tsunami de ideas emerge una delicatessen literaria: «Por lo fantástico, para mi generación, Merino es el referente del cuento de nuestro país. Es de los pocos que ha trabajado lo fantástico. Es un alienígena. Cunqueiro, Perucho, Dieste lo han trabajado desde los márgenes, pero cuando José María lo ha trabajado, tampoco había nadie haciéndolo. Se tuvo que encontrar con esa barrera. Aquí si no haces realismo no eres un autor serio», abunda el escritor malagueño.
Este es el pronóstico, en diez puntos, para escribir el mejor relato posible de dos creadores de lo fantástico.
1. Comprometerse.
Merino: Estoy encantado con el resultado de La realidad quebradiza. Juan Jacinto ha lanzado una mirada con gusto fantástico porque él conoce todo ese mundo, inframundo de lo extraño, de lo distorsionado, de lo misterioso, y yo creo que eso ha permitido que su mirada, sintetizando mi obra en una serie de presencias de cuentos, sea muy representativa de lo que es. Yo era un lector furtivo de lo fantástico porque estaba mal visto. ¿Qué es eso? Hay que comprometerse con la realidad, como si lo fantástico no fuera una forma de compromiso, como si Kafka no hubiese hablado de nosotros desde su perspectiva fantástica. Pero había ese prejuicio. Prejuicio acuñado desde hace mucho. Menéndez Pidal decía que la literatura española es fantástica. ¡Hombre, don Ramón, están los libros de caballerías, y muchas cosas que no pertenecen a lo fantástico!
Merino: «Tenemos una tradición modesta de lo fantástico»
2. Dejarse de rarezas y jugar a lo fantástico.
Merino: A mí me atraía ese mundo, y jugué a lo fantástico. Además, también estaba la Antología del cuento fantástico de Bioy Casares, Borges y Ocampo. ¡Hombre, a unos escritores respetables les gustaba lo fantástico como a mí! O sea, que no soy un tipo raro. Hay un cuento fantástico, “Don Illán y el Deán de Santiago”, de Patronio y el Conde Lucanor, que influyó mucho en Borges. Nosotros tenemos una tradición modesta, pequeña, de lo fantástico. Aunque el gran espectáculo ha sido el realismo. Incluso el Quijote, si lo pensamos bien, era lectura desde lo fantástico.
3. La presencia de lo onírico
Merino: La Cueva de Montesinos no tiene nada que ver con el realismo. Ahí el discurso realista del Quijote se rompe totalmente. A Borges no le gustaba mucho el Quijote, pues no se enteró de que en el Quijote está el tema del doble. Cervantes, para ajustarle las cuentas al tordesillesco autor, hace que él cree en el Quijote el otro Quijote, y hay un doble por allí circulando. Y el Quijote dice: no, yo soy el verdadero, yo soy el auténtico, no ese otro que anda por ahí. Y Borges, a pesar de que era uno de sus temas, no lo pilló. Hay un juego de desdoble.
Muñoz Rengel: «Hasta la Transición democrática no empezó la normalización de lo fantástico»
4. La normalización tardo-fantástica.
Muñoz Rengel: La Guerra Civil nos dejó tocados. Toda la literatura de posguerra está muy pegada a la realidad y te obligó como a poner los pies en el suelo. Hasta la Transición no empezó la normalización de lo fantástico.
Merino: En las universidades estudiaban a Borges y Kafka, pero lo fantástico era algo tabú.
5. Interrogar la realidad
Muñoz Rengel: A mí me parece que hay una especie de complejo, igual que con el humor. Hay un complejo, y parece que es una mirada ingenua. O sea, lo fantástico se identificaba con: «Esto es para niños, para jóvenes, para ingenuos, para soñadores; el adulto es el que ha perdido la capacidad de imaginar y de soñar». El género fantástico existe para interrogar la realidad, y ver hasta dónde nuestro paradigma de realidad llega o hace aguas. En el género fantástico se meten todos los dragones, etc...»
6. La voluptuosidad al poder.
Muñoz Rengel: En el género fantástico de José María Merino está presente el tema del doble, la memoria, el lenguaje, la identidad, pero desde el punto de vista más radical, más filosófico, la pérdida del lenguaje o de las palabras. Y al final está esa añadidura de microrrelatos, que ha sido un género que él ha trabajado mucho en las dos últimas décadas, con profusión, en un país donde es un género nuevo, relativamente. Los cuentos de José María envejecen muy bien, o no envejecen, según se mire, porque tienen voluptuosidad.
«Los cuentos de Merino envejecen, o no, porque tienen voluptuosidad»
7. Estrujarse la imaginación.
Muñoz Rengel: Merino es uno de esos autores de la imaginación. Hay que trabajar, como él, con mundos imaginarios muy potentes.
Merino: El microrrelato es, por ejemplo, un género estupendo para decir mucho con muy poco. La curiosidad y las ganas de vivir y de sentir y ver las cosas. Nunca hay que meterse en la Torre de Marfil. El tebeo me sigue interesando muchísimo, y la novela-cómic me parece un hallazgo.
8. Perseguir la liebre del microrrelato.
Merino: Es un género de síntesis profunda, que tiene que ver con la poesía, con el aforismo, pero que tiene que ser un relato, tiene que contar algo. Es un género estupendo para decir mucho con muy poco, para dar dimensiones, que a lo mejor si empleases muchas más páginas no eras capaz de conseguir esa intensidad y esa profundidad.
Muñoz Rengel: José María ha trabajado mucho el microrrelato en un país donde es un género nuevo. Está creciendo, y Merino lo está ayudando a crecer.
9. Dormir poco.
Muñoz Rengel: Voy a revelarles que José María Merino duerme muy poco. Que lo explique él.
Merino: No lo sé. De joven dormía mucho, pero hace años que tengo un mal dormir inveterado y, aunque tomo el ansiolítico, me permite dormir seguidas tres horas y media. Entre cinco y media y siete menos cinco de la mañana ya estoy despierto. El problema es que te perturbe la mente, por ahora, no. El amanecer me cunde. Soluciono los problemas al amanecer.
«La pena es que tenemos pocos lectores porque el lector español no está bien formado»
10. Formarse como lector de relato.
Merino: Llevamos ochocientos siglos familiarizados con el cuento escrito. Cervantes fija el canon. El cuento está en nuestra cultura de una manera natural desde hace muchísimos siglos, y no nos damos cuenta de ello. Si los escritores seguimos escribiendo cuentos es porque pertenecemos a una tradición centenaria. La pena es que tenemos pocos lectores; no están bien formados los lectores en España. Hay que formar al lector español, hay que formarle el gusto, tiene que saber lo que es el cuento. Llevamos ochocientos años publicando cuentos.
Muñoz Rengel: Hay un número grande de autores escribiendo cuento, por lo tanto la media de calidad es muy alta. Hay mucho cuentista, y pocos lectores para los muchos cuentistas que hay.
FUENTE: ABC.ES
PUBLICADO POR ANTONIO ASTORGA

martes, 3 de julio de 2012

¿Qué es lo fantástico?



                                         (René Magritte, La reproduction interdite)




A pedido de algunos amigos, aquí va una definición posible de lo fantástico. Por supuesto, no es la única ni la definitiva, pero puede servir de brújula a quienes deseen adentrarse en el género.
A pesar de la riqueza y  la pluralidad de lo fantástico, los estudiosos del género coinciden en afirmar que la elaboración de un cuadro cotidiano realista y verosímil es tan importante como el elemento inexplicable que, en un momento dado, se desliza o irrumpe en la narración. De hecho, como afirma Dino Buzzati, cuanto más preciso y sólido es el cuadro, mayor será el efecto suscitado por el elemento intruso, que así resquebraja todo o parte de la “realidad” narrada. 

Otro punto de confluencia es el del efecto creado en el lector, en quien debe nacer la duda entre una explicación racional o irracional del fenómeno. Por lo tanto, lo fantástico es una pregunta abierta, no una respuesta contundente. La duda, en efecto, no puede surgir de un mundo maravilloso, donde todo lo que pasa –sea sobrenatural o no– pertenece a ese mundo y, en ese contexto, resulta normal. Éste es el caso del realismo mágico o de lo real maravilloso.

Por otro lado, lo fantástico puede ser terrorífico, pero no siempre. También puede resultar cómico. En todo caso, el cuento fantástico suele inquietar, incomodar. 

Por cierto, esta inquietud puede surgir frente a lo extraño, lo inusitado, no necesariamente ante lo sobrenatural o paranormal.

Finalmente, lo fantástico puede oponerse a la ciencia ficción, en la medida en que ésta se basa en el potencial científico cuando lo fantástico se fundamenta en el terreno antagónico: el de la intuición, las creencias, lo sensorial o lo psicológico. Sin embargo, se puede rozar a veces la ciencia ficción sin por ello restarle nada al efecto fantástico.

De hecho, la literatura fantástica se caracteriza por su capacidad de renovación, lo cual la hace bastante huidiza y siempre sorprendente. En suma, solo gracias a un acercamiento “caso por caso” se puede debatir sobre la pertenencia de tal o cual relato al género iniciado, en su faceta moderna, por el alemán E.T.A. Hoffman.


Posdata. Para el lector curioso, el próximo domingo ocho de julio se publica en el suplemento “Fondo Negro” de La Prensa una entrevista, realizada generosamente por Mauricio Murillo, sobre este proyecto de antología, pero también, de modo general, sobre la literatura fantástica, sus características, sus cultores en Bolivia y el mundo.