domingo, 27 de mayo de 2012

En defensa de la brevedad con Manuel del Cabral




Manuel del Cabral (Santo Domingo, 1907-1999) es el punto más alto de la literatura dominicana y uno de los poetas más importantes de la poesía negra. Entre sus obras principales están Doce poemas negros, Trópico negro, y Compadre Mon, este último, un poema épico y su obra maestra. Pero hoy quiero hablar de Los relámpagos lentos (Sudamericana, 1966), una colección de parábolas y aforismos, porque vengo a defender la brevedad. Una literatura necesita un solo libro de 1000 páginas o más, un arquetipo. Y ya todas lo tienen. La divina comedia. El Quijote. Shakespeare. Admiro las grandes obras de nuestros autores de hoy pero no encuentro en ellas otra cosa que no sean ecos de nuestro arquetipo. Y si es para repetir, seamos breves, que las redundancias abruman. (No hay palabra más precisa para estos libros que la de mamotreto.) Prologa Manuel del Cabral Los relámpagos lentos con esta profecía: “El futuro de la novela es el cuento, y el porvenir del cuento es la parábola, y, si la evolución no se detiene —que lo dudo—, la síntesis de la novela, el cuento y la parábola es, inevitablemente, el aforismo.” Aun no sabemos cuán certera sean estas palabras. Pero Hope springs eternal in the human breast (Pope). Ya Catulo y Marcial llegaron a la elegancia a través de la brevedad. Los relámpagos lentos defienden la brevedad porque nos revelan verdades vitales en versos que son relámpagos de sabiduría. También afirman que el juego y el humorismo son los caminos más rectos de la verdad. Valga esto de plato de entrada.

Un poema es como un perro con rabia, no escoge su víctima, muerde al que se le presenta.

Es inútil que le pongan penumbra a mi dolor. Yo sufro a fuerza de transparencia.

Al ebrio no le preguntes por qué bebe. No le ofendas su dolor.

Abrazando a un cadáver que flota, llega el náufrago a tierra. El hombre todavía para salvar la vida se agarra de la muerte.

La muerte, para existir, esperó que viviera el hombre.

Pronuncié una palabra y creció todo el trigo. ¡Qué triste estoy ahora que no tengo hambre!

Las piedras tienen hambre cuando yo las veo.

La palabra caverna se le resbala al juez. Ella allí no está en su sitio. Pero el juez abre la boca y se ve la caverna…

La Nada no cabe en el átomo, pero el átomo llena toda la Nada.

Qué haragán es el tiempo cuando tiene que enterrar a un poeta.

En lo invisible es donde veo más claro el tamaño de todas las cosas.

Si el hombre no muriera, tampoco existiría. Porque es la muerte la que hace al hombre.

En un átomo de poesía están todos los átomos.

Habla un político, y el reloj trabaja. Habla un poeta, y el reloj se para.

El alma es el abismo del átomo.

Hay perros que olfatean al hombre y aúllan como ante un abismo.

Haragán como el poeta, quien fabrica las flores sólo sabe hacer versos.

Si no fuera por la locura, el mundo todavía estaría en tinieblas.

No quiero que mi sueño se meta en la palabra. Ella es una medida. Yo no mido mi sueño.

El Universo sólo tiene tamaño cuando tiene el del hombre. No existe otra estatura.

Es más difícil ver a un hombre que mirarlo.

Del tamaño del átomo vuelve el hombre a la caverna.

La superstición es un lujo de la inteligencia. Pero en cada supersticioso hay un esclavo.

Si hablas, ya estás limitado. El pensamiento no cabe en la palabra.

Sólo quien ama dice la verdad.

La verdad no es la muerte porque la muerte no existe.

La libertad no es una palabra dormida, el aire no la deja dormir.

Cuanto más quieres tu cuerpo, más grande ves el vacío.

La tiranía no es una expresión de fuerza, es una debilidad humana.

Hay hombres que son como la moneda: tienen dos caras, pero con el mismo precio…

En la O de la boca, tiene valor el cero. Es el único cero solitario que abarca con un grito el horizonte.

Cuando estoy acostado sólo con el pensamiento me estiro como un mapa. El hombre cuando piensa, ya es camino.

En el asombro no hay éxtasis, pero en su espacio toda altura cabe.

Hay piedras que no me hacen pensar, ellas piensan por mí.

Espacio, tiempo y movimiento, si los vivo, ya no existo. Todo límite es muerte.

Si la verdad durara media hora en el hombre, todos los siglos serían minutos para su gloria.

Si la mentira no existiera, no podríamos saber de qué está hecha la vida.

El infinito que está en toda materia la llena de futuro.

Para poder ver mejor, la ciencia busca claves en la poesía.

La abeja no es ingeniera, pero ella es toda la ingeniería.

Si algo que el hombre todavía está buscando es al hombre mismo.

Si yo hubiese nacido imbécil, ¡qué gran Embajador sería ahora!

Hay haraganes que han salvado su siglo.

En tu odio hay tanto amor, que eres intolerable cuando dejas de odiar.

No hay nada más útil que una herida inútil…

Si en todas las cosas, tú me tocas, no existe la muerte.

En donde todo es luz no se puede ver nada.

Todo mi silencio está hecho de gritos.

El viento me está poniendo religioso, pero el religioso me inquieta como el viento.

El avión es un chiste de mal gusto de los ángeles, pero por él está la carne más cerca del cielo.

El ateo del movimiento dice que la distancia no existe, sin embargo, ella es el movimiento.

Quien crea que yo no existo, que se quede dormido, me verá de cuerpo entero.

La ciencia ha dejado tan atrás al hombre que ahora no sabe qué hacer con el hombre.

Las enfermedades huyen del mundo moderno, pero el miedo las aproxima.


viernes, 25 de mayo de 2012

Top Siete del Grunge





Hace unos meses el Nevermind de Nirvana cumplió veinte años. Y así hay varios discos vitales que, por virtud del tiempo, se han ido convirtiendo en verdaderos clásicos. Si esto lo hace a uno sentirse “viejo”, por otro lado lo ennoblece inesperadamente, le da cierta densidad a la que, antes, adolescente ruidoso, no podía aspirar. Nirvana y Pearl Jam y Alice in Chains y Soundgarden, por nombrar solo a los más importantes, eran –en la época sombría de lo adolescencia– ramas ásperas de las que agarrarse en la caída hacia la edad adulta. Goces menos placenteros que furiosos. Desde luego, en ello reside la fuerza de esta música, el grunge, Seattle Sound o como quieran llamarlo. Hoy los críticos, para explicar este éxito, hablan de la apatía de Kurt Cobain y de otros. Yo solo recuerdo su ira. Esa ira que nos salvó a muchos, en la edad del burro, de caer en la anestesia, en una apatía bestial. No en vano, en esa época en que la música debía explotar el equipo de sonido para existir, para ser de verdad, a Kurt Cobain, Eddie Vedder, Chris Cornell, Lane Stanley, Jerry Cantrell, entre otros, mi madre les llamaba “monstruitos”, y mi abuela, “forajidos”. Ambas tenían razón. Fueron clarividentes. En esa época, esos tipos eran forajidos; hoy, veinte años después, vivos o muertos, son monstruos sagrados. El fuego de la juventud dotado del brillo mate de lo eterno, eso es lo que queda. De ahí este top siete –ociosamente superfluo– de las siete canciones que más me marcaron en el vértigo de los noventa. No es nostalgia, sino orgullo.
Menos la de “Spoonman” (video clip oficial), todas son versiones en vivo que me parecen especialmente intensas. (En el top siete no incluyo “Smells like teen spirit”, por obvia.)

7/ “Spoonman”, Soundgarden



6/ “Drain you”, Nirvana 




5/ “State of love and trust”, Pearl Jam.


4/ “Would?”, Alice in chains.



3/ “Jeremy”, Pearl Jam



2/ “Lithium”, Nirvana



1/ “Nutshell”, Alice in chains




 
Por supuesto, este top siete es totalmente subjetivo y solo toma en cuenta la música Grunge. Así, aspira a ser completado por los amantes del rock de los noventa. ¿Qué opinas?, ¿vos a quién añadirías?

lunes, 21 de mayo de 2012

VIDA FRONTERA, de Federico Serralta


        

Hace unos meses ya, tuve la suerte de conocer al poeta español Federico Serralta, quien me regaló Vida Frontera (obra ganadora del Premio Internacional de Poesía Antonio Machado 2002). Como sugiere ya el título, entramos en un espacio híbrido –traducido en el plano estético por la utilización de la silva libre, forma fronteriza entre tradición y modernidad, orden y aventura–, en que frontera no califica, sino que nombra la vida. ¿Qué es la vida, en efecto, sino una frontera con la muerte? Más acá de ello, por supuesto, Federico nos habla de su historia personal y colectiva, de su niñez durante la Guerra civil, de su exilio a Francia entre las sombras de la inocencia y una lucidez que pugnaba por nacer, hiriéndolo, en los primeros años de la posguerra. Disfruté del libro: en él encuentro una voz tan sincera como contenida, tan cuidada como “suelta” –efecto que, ya se sabe, requiere mucho trabajo– y, quizá lo más importante, tan emocionada como emocionante. Y es que, en poesía, como afirma Ezra Pound, lo que cuenta es la calidad de la emoción.
Un sujeto dividido entre dos mundos, dos lenguas, dos culturas, y que busca un camino legítimo en la frontera que lo fragmenta y, a la vez, lo define. Que no minimiza el desgarramiento, pero que, lejos de cualquier patetismo o pálido estoicismo, busca la llave de una ética afirmativa, sinceramente gozosa, en cierta forma nietzscheana.
Elegí dos poemas de entre mis preferidos. Que los disfruten. 


DIOS

Cuando el odio prendía sus cohetes
            en el flamante cielo de mis años,
            cuando el único arrullo de los niños de cuna
            era el graznar oscuro
            de pavorosos cuervos carniceros,
            cuando en los turbios ojos de la gente
            tiritaba la noche traicionera
            macilento verdugo de la aurora,
            yo quería ser Dios.
            El dios de las consejas,
            el dios de los milagros infantiles,
            el dios bueno de barbas torrenciales,
            que de un solo chasquido
            convirtiera los negros pajarracos,
            bajo la risa azul de los luceros,
            en encendido vuelo de pardales.

            Pero en aquellos tiempos
            no estaba Dios para plasmar los sueños
            de los niños ilusos.
            Tenía que ocuparse
de bendecir las bombas misioneras
de ayudar a los únicos
detentores del alma de la patria,
de hacer la vista gorda
cuando la ley de fugas fulminaba,
de llevar a su cielo a los caídos
por Él y por España…
Entonces era Dios
capitán general de la Cruzada.

Y más tarde, muy pronto,
deslumbrante su ausencia en todas las esquinas
del mundo, no fue nadie.
Tan sólo una palabra que vibraba
en el temblor sonoro de un suspiro,
una ventana abierta hacia la nada,
un anhelo de luz en el camino.
Un nombre. Sólo un nombre.

Yo quería ser Dios,
o al menos ver su sombra entre los hombres.
Y he sido sólo un hombre, y sólo he visto
una mueca burlonamente incierta
en el espejo gris de mi destino.



FUE
Era un niño que vino de mi tierra,
no recuerdo ni cuándo, para darme,
en el fresco destello de su risa,
fulgores de mi espejo destrozado.

Padre, no tuvo, o casi. Le decían
que estaba en Rusia, allá, con los valientes
vencidos a traición en nuestra España
–proletarios del mundo desunidos–,
y que sí, que volvía, que llegaba…
Pero ¿dónde está Rusia
para un niño sin padre, camarada?

Me enseñaba a jugar a sus inventos
con chapas de botella, piedrecitas
clavadas en el suelo, pequeñeces
desde entonces gigantes en el olvido.

Con silencios secretos y pudores
me contaba el mirar de aquella niña
(su nombre, Voluntad). Los balbuceos
del primer corazón le sonreían.
No le dolía el sol ni la tiniebla.
Se bañaba en el río de sus años
–fluente pulsación de primavera–,
ufanamente inmerso en su destino,
abandonado al agua traicionera.

Yo siempre lo encontraba, sin buscarlo.
Me ofrecía el azar en todas las esquinas,
con disfraz de milagro,
el cristal de su paso repentino.
Caminábamos luego las aceras
del tedio, de repente iluminado
por un doble farol de soledades.
No lo buscaba nunca: lo encontraba.

Ahora sí que lo busco, en el desierto
de este viejo solar de ortigas y cascajo,
hurgando y remirando entre silencio
sonoro de mi sienes
y un eco que retumba
por dentro de esta tierra
donde estuvo, lo sé… Donde hoy no encuentro
ni siquiera una piedra de su tumba.


                               
                                              Poemas de Federico Serralta


jueves, 26 de abril de 2012

Detrás de las máscaras


Transparente es la brecha entre el fuego y la luz  

En aquel pueblo la gente cargaba en sus conciencias el trauma de un evento lejano en el que sus ancestros –por obra de un libertinaje ajeno a su alma– habían perdido totalmente el juicio convirtiéndose en animales salvajes. Los patriarcas y sobrevivientes de ese oscuro episodio prometieron entonces que nadie nunca en la comunidad volvería a hacer pública su identidad y todos se regirían bajo una misma imagen. Por consiguiente cada criatura concebida en Villa Persona debía llevar una máscara desde el nacimiento, para así poder presentarse ante la sociedad. De esa forma la gente podía escapar de aquella repugnante sensación que le producía el revelar su rostro humano embarrado por tiempos pasados. Y así todos vivían resguardados detrás de un pedazo de cobre confeccionado a su medida.

De vez en cuando, alguien se revelaba insólitamente, exhibiendo su aspecto en la plaza pública, pero el pueblo entero no tardaba en lincharlo y desparramar su cuerpo por el descampado, dándoselo de comer a los lobos. Cada vez que esto ocurría, había una gran celebración con el fin de perpetuar la costumbre. Se hacían actuaciones, bailes y cantos de burla hacia los impúdicos, y los niños aprendían lo que significaba ser uno de ellos.
Durante todo el año en las calles, campos y plazas se veía a los habitantes transitando enmascarados, como fantasmas, como almas en pena.
En una ocasión, cierta montaña fue regada con los cadáveres de dos rebeldes bufones que sintieron el eco de un mundo más libre y se dejaron llevar por el misterio de su rostro, besándose y lamiéndose la cara rociada por el agua de la fuente en medio de la plaza pública. Allí –al pie de la montaña- crecieron extrañas plantas grises como cabellos de mujer que se acariciaban y acunaban con el viento. Y aquel lugar se llenó de una misteriosa energía llamando la atención de los pasantes, que, considerando la frondosa presencia de las plantas, apretaban el paso para alejarse.

Al poco tiempo, una muchacha pasó por aquel lugar, mas de repente empezó a sentirse observada y llevada, como por osmosis, al centro del matorral de plantas grises. Allí descubrió una rosa negra de extraña belleza. Como si replicara, la rosa se abrió majestuosamente y empezó a destilar sangre dulce por el pistilo. La sangre caía en un recipiente de hojas y emanaba un aroma irresistible, incitándola a probarla y a volver por unas pocas gotas cada noche. Poco a poco, aquella muchacha adquirió un extraño atractivo ajeno al letargo del resto del pueblo. Su mirada se volvió penetrante y llena de magnetismo, tanto que daba la impresión de que no llevaba ya la máscara.

Esa noche tuvo un sueño, en el cual era espectadora de una extraña historia:   

Izaskun tiene la piel suave como la tierra húmeda y el pelo gris como el cielo nublado; su rostro es lluvia de infinita poesía y su pausado caminar se apodera del tiempo y el espacio irradiando energía trascendental. Marduk, fundador del pueblo y colosal guerrero envanecido por su papel de dios, la ama intensamente y en secreto. Sin embargo, su orgullo es tan grande, que no encuentra la forma de declararle su amor. Al caer la tarde, espera al pie de la montaña a que ella vuelva del mercado de flores y, fingiendo indiferencia, le pregunta:

-¡Hey, niñuela! ¿Por qué no has encontrado a nadie aún? Ya tienes que pensar en formar una familia. Mira tus caderas, están cada día más anchas y tu pelo gris te da una apariencia de anciana prematura. No olvides que el tiempo corre como un potro salvaje. Si uno no lo adiestra desde crío, se acostumbra a vagar por los bosques sin rumbo y muere en soledad...

Izaskun lo mira como despertando de un sueño, le sonríe y responde:

-Marduk, yo soy ese potro salvaje que vaga por la vida sin rumbo, disfrutando del pasto, del frescor del viento y del cielo estrellado… No necesito más.

Marduk voltea entonces la cabeza sintiéndose rechazado. Murmura para sí mismo: “Algún día serás mía…” y se marcha furioso.


La muchacha despertó confundida: el sueño había sido excesivamente real. Al incorporarse, sintió el peso de la máscara en el rostro. Por primera vez se vio tentada a deshacerse de aquel lastre eterno. Pero el pudor y el miedo la detuvieron de súbito. Se vistió rápidamente, fue hacia el pozo, bebió grandes tragos de agua y luego se marchó a trabajar. Llegó muy temprano a la panadería y empezó a preparar la masa del día. Su excitación era tan grande, que se cortó el dedo con el gancho del mandil. La sangre goteó en la masa. La masa entró en el horno. Vinieron a recoger el pan.
El mercado estaba muy concurrido a la hora del almuerzo. Máscaras sentadas a la mesa, o de pie, charlando entre cada bocado. O caminando en los laberintos del mercado, con una bolsa de pan en la mano. El sabor era exquisito y misteriosamente la gente empezó a sentir una picazón en todo el cuerpo. Esa sensación se transformó rápidamente en ardor y, pronto, en fogata de deseo desenfrenado. Algunos grupos se desnudaron, acariciaron y refregaron los unos con los otros en medio del mercado y a sus alrededores, se arrancaron las máscaras y se lamieron los rostros y los cuerpos como si fuesen un elixir divino. El resto de los habitantes se llenó de ira y de vergüenza por tan impúdico acto, y decidieron entonces acribillar a los impenitentes con machetes, picotas y cuchillos de cocina. La sangre corrió como en un matadero.   

Esa misma noche la panadera volvió a tener un sueño:

Entrado el crepúsculo, Izaskun camina sola por el bosque, está desnuda y canta una canción para invocar a los elementos. Le canta al viento, al río, a la tierra y al fuego; ríe y contempla la puesta de sol. Renacen entonces las primeras estrellas como faroles de ensueño y su cuerpo se estremece de placer al sentir la llegada de la noche.
Marduk la viene siguiendo. Se oculta detrás de unos arbustos y la observa desde lejos. Su corazón palpita aceleradamente, la ama con todo su ser, su inmenso ser lleno de orgullo y codicia.
De repente Izaskun se extiende sobre una alfombra de flores y su piel se eriza como queriendo palpar el paraíso. Entonces gime de placer, la luna se postra en medio del cielo y hace evidente la presencia de cuatro seres que la poseen y se unen a ella como una enorme llama que reúne a los elementos.

Marduk observa desconcertado y luego, casi echando espuma por la boca, se vuelve y camina de regreso hacia el pueblo.

La muchacha despertó sobresaltada. Tardó unos instantes en darse cuenta de que, mientras soñaba, se había arrancado la máscara. Quiso colocársela de nuevo, pero descubrió con horror que estaba doblegada y partida. No entendía cómo pudo haber hecho eso. Sintió sed y tuvo miedo, mucho miedo, de encontrarse en el camino con alguna persona que la viese sin máscara. Se embozó con una manta y enfiló hacia el pozo. Al subir la cubeta, la manta se le deslizó de los hombros; antes de que pudiera reaccionar, la vio perderse en el hoyo negro. Y entonces se vio reflejada en la superficie de la cubeta. Su corazón dejó de latir. Por unos segundos, todo fue silencio y paz. Era hermosa. Era radiante. Estaba llena de vida, llena de alma.
En ese momento percibió la presencia de alguien a sus espaldas, supo que se acercaba y sintió un nudo en el estómago. Pensó en acudir al mascarero, contarle lo sucedido e implorar que le fabricase otra máscara. Tenía que hacerlo antes del amanecer. No podía arriesgarse a ser vista así. Podía costarle la vida. Corrió desesperadamente a través del pueblo hasta llegar al templo. Tocó a la puerta discretamente. El anciano le abrió y la hizo pasar al salón. Apenas entró en él, tapándose el rostro con las manos, la muchacha le contó lo sucedido, esperando que él la comprendiese. Irritado, el mascarero le señaló un sofá pegado a la pared, le ordenó que se acostara y se perdió al final del pasillo. Agradecida, cayó rendida en el sofá.

Marduc reúne a todos los habitantes en el patio de su castillo y proclama con voz solemne:

-Compañeros, temo anunciarles que nuestro pueblo está siendo amenazado por fuerzas de la oscuridad. He presenciado con mis propios ojos la peor maldición que se ha abatido sobre esta tierra...
Izaskun, la florista del pueblo, conocida por sus maneras extrañas y solitarias de andar por la vida, ha tomado contacto directo con los demonios en un ritual de escandalosa naturaleza. No podemos permitir esta humillación a la dignidad de nuestro pueblo, de lo contrario legiones de demonios se irán apoderando de nuestros corazones y, entonces, todo será caos y angustia.
Martirio, una de las mujeres del pueblo, ama a Marduk y siente gran envidia por la belleza y libertad de Izaskun por eso grita:
-¡Debe irse del pueblo!
Mientras la gente discute y argumenta la situación, una intensa fragancia de flores se apodera del ambiente y todos, desconcertados, empiezan a reír. No saben por qué. Los invade un sentimiento de alegría inexorable. El ambiente se vuelve cálido y sensual. Han olvidado completamente la discusión. Ahora se abrazan y sienten un éxtasis que los conecta profundamente con la tierra y los seres que la habitan. Marduc ha logrado escapar penetrando rápidamente en su castillo. Afuera se escucha a la gente recolectando palos, ramas y troncos para armar una gran fogata. Se desvisten, cantan, bailan, baten palmas y marcan ritmos con los pies descalzos. El fuego resplandece y el viento impetuoso hace danzar las llamas.
Izaskun ha llegado de repente, todos le abren paso y la contemplan encantados. Su belleza es fascinante, es violenta y profunda como el firmamento. La gente la ama y ella corresponde regalando sonrisas y flores. Trae consigo un venado bebé del profundo bosque. Marduc la observa ofuscado desde la torre de su castillo. Furtivo, un lobo surge del espesor de la noche, atrapa al venado y lo degolla con sus afilados colmillos. Martirio aparece enmascarada y salpica a Izaskun con sangre fresca, clamando: “¡Es un demonio, no se dejen engañar!” Los habitantes, enajenados por el aroma tierno de la sangre, transforman su profundo deseo de hermandad en implacable lujuria y ambición de poseer a Izaskun y en un acto de locura: la rodean, la ciñen, la jalonean, luchando unos con otros, la aprietan, la besan, la lamen, la chupan, la poseen, la muerden, la desgarran, la mastican, la beben, la tragan, y se doblegan de placer… Ella gime y llora, pero se deja despedazar como aceptando de su destino. La fogata crece, se expande e, implacable, quema todo a su alrededor. Marduc observa lo sucedido a su amada, observa el incendio y, con la voz quebrada, implora que la suelten. Pero es demasiado tarde.

La muchacha recobró el sentido sin saber bien dónde se encontraba. Después de unos segundos, reconoció el salón del mascarero. Entonces oyó un llanto proveniente del fondo del pasillo. Se levantó y se dirigió hacia aquel lugar. Empujó una puerta de madera maciza y ahí la encontró descubierta, era una niña y tenia el rostro deforme. Al percibir a la muchacha la pequeña dejó de llorar y ella sintió la necesidad de tomarla en sus brazos y escapar. El mascarero entró gritando: "¿Qué haces aquí?". Ella cogió a la criatura y escapó hacia el bosque. Ahora el pueblo entero la buscaba. Era una orden del mascarero: matar a la muchacha y traer a la niña con vida. Después de varias horas la encontraron en una gruta de la montaña y la rodearon con antorchas, palos y piedras. Tenía mucho miedo y se aferraba a la niña. Uno de los habitantes lanzó una piedra, estrellándola en la cabeza de la muchacha. La sangre chorreaba intensamente empapando su rostro y mezclándose con sus lágrimas, mientras la niña se bañaba en aquel purpúreo elemento. Como habiendo roto un conjuro, aquella sangre restableció el rostro amorfo de la pequeña, quien de súbito resplandecía como sol nocturno. En ese momento una jauría de lobos irrumpió en la caverna y se dirigió hacia la muchacha y la niña. El mascarero salió de entre las sombras y blandió su antorcha sobre la jauría. Entonces los lobos se volvieron y lo atacaron sin temer al fuego.
Cuando la gente logró dispersar a los lobos, descubrió aterrada el cuerpo despedazado, la cara desnuda y sangrienta. La muchacha se inclinó sobre él. Sintió su respiración agonizante. Entonces reconoció el rostro, viejo y ceniciento, del gran Marduc. “No pude amarte… no supe amarte”, dijo él, sin dejar de mirarla, los labios agrietados y casi azules.

En Villa Persona la gente llora a lágrima viva, llora desconsoladamente, llora con el cuerpo y la mente, llora flores y espesos bosques, llora ríos y montañas, llora anhelos de libertad y amor desnudo. Y de tanto llorar, acaban por caerse las máscaras.



Mas no vaya ser que, en un atisbo de perfección, vuelvan todos a enfermarse de deseo.
   
LDI