martes, 8 de septiembre de 2009

La música del asombro (sobre lo fantástico)

Qué haríamos, pregunto, sin esta enorme oscuridad
Blanca Varela



Ni un género, ni una línea literaria, ni mucho menos una moda, lo fantástico es una ética, una estética y una poética. Una ética, porque da nuevo filo a la mirada; una estética, porque otorga nuevos rostros al cielo y al infierno; una poética, porque lo fantástico es un acto incesante.
En efecto, no somos testigos de lo fantástico: lo hacemos palpable, le damos contornos, trazos, líneas, sangre: es nuestra creación. Borges intuyó la estrecha relación entre los misterios fundadores de la metafísica(1) y el misterio suscitado la fisura fantástica(2). En cierto modo –dedujo–, las elucubraciones del hombre en su ignorancia no son más que arquitecturas fantásticas; en cierta forma, el universo, desde su origen, es fantástico. Así, elige el símbolo del laberinto que, en sus resonancias más íntimas, revela la perplejidad del hombre ante su propia creación.
Si el arte, en general, nace del asombro frente al ser, la especificidad de lo fantástico sería que, más allá de esta perplejidad elemental, estremece o inquieta la invención humana; paradójicamente, la creación de un fenómeno fantástico implica una fisura del lenguaje o de la imagen que, por mínima que sea, hace temblar el edificio entero de lo que, a priori y arbitrariamente, llamamos realidad.
La empresa pictórica de René Magritte es la ilustración por excelencia de una búsqueda por evocar, no lo real, sino el misterio de lo real. Un huevo y una jaula son objetos cotidianos; vinculados –el huevo dentro de la jaula–, suscitan en el espectador el extrañamiento (que, en cada hombre, es primitivo y final) frente a las cosas(3). También la obra de Magritte crea fisuras en el espectador: dudas, vacilaciones, temblores del marco seguro, habitual, de la percepción y el pensamiento. No otra cosa busca el pintor cuando funde dos objetos en uno solo: así, el pájaro-hoja de La saveur des larmes (1948) es la traducción plástica de una metáfora(4). Nunca la pintura estuvo tan cerca de la poesía. Cuadros como La clef des songes (1927) alumbran como relámpagos el abismo –de ordinario, tan discreto– entre las palabras y las cosas, recordándonos la arbitrariedad, pero también el misterio, del lenguaje de todos los días.
Vemos, pues, cómo la poesía, la narrativa y la pintura pueden ser abarcadas en esta definición de lo fantástico, cuyo efecto no estaría necesariamente vinculado a la aparición de un fenómeno sobrenatural, sino más bien a la extraña luz que el poeta(5), sutilmente, deja brotar de la realidad cotidiana.
El verdadero misterio no es lo invisible, sino lo visible, decía Wilde. Lo fantástico nos lo recuerda a cada instante: el asombro no es exclusivo de nuestro origen y destino; no, el misterio nos acecha a cada paso, en cada esquina, en cada palabra. Quien no recuerda este silencio medular, esta fértil humildad, está condenado a hundirse en la anestesia de los días.
¿Y el fuego en todo esto? No es la imagen, sino la encarnación misma del misterio. Según Bachelard, la ciencia es incapaz de explicar qué es el fuego; de este modo, desarma las teorías y “definiciones” propuestas hasta entonces, señalando el origen intuitivo, y a veces, mítico, de todas ellas(6).
Una anécdota: un amigo mío, de espíritu científico, me confió, en una charla apasionante, que la ciencia ha definido ya, por fin, el fuego. “Y, ¿qué es?”, le pregunté asombrado. Mi amigo contestó: “Es una oxidación rápida de la materia”. “¿Ésa es una definición o una descripción?”, respondí con malicia. “Es una descripción –convino él–, pero lo importante son los términos empleados”. “Entonces –repuse–, la ciencia no ha aportado nada al misterio del fuego, que, desde que el mundo es mundo, es un símbolo de lo efímero”. No sólo es el emblema de nuestra vida, sino de la destrucción y regeneración del mundo. Así, Heráclito escribió, con magnífica poesía, que el fuego es la materia misma de que está hecho el universo.
Heidegger afirma que el misterio es inherente la esencia de la verdad; no pocos científicos se han inclinado, en las últimas décadas, sobre los problemas filosóficos –cuya raíz, como se sabe, es la duda–, manifestando así un distanciamiento elocuente con respecto a la sagrada certeza que domina las ciencias exactas. Así, el premio Nobel de física, Ylia Prigogine, demuestra que las teorías son insuficientes frente a la complejidad del ser y que la certeza científica es solamente válida en una “ínfima parte de la realidad”(7). En efecto, “se ha tardado casi tres siglos en alcanzar los límites de los conceptos clásicos mediante el descubrimiento de la inestabilidad”. El tiempo, que ya no es el homogéneo y previsible de Newton, introduce inestabilidad en los fenómenos físicos y destruye así las teorías racionales, cuya petición de principio es, precisamente, la estabilidad de cualquier fenómeno. No es anodino que esta concepción del tiempo corresponda con la formulada por el mayor filósofo del siglo veinte, Bergson.
En efecto, la toma de conciencia sobre la complejidad y el carácter imprevisible del universo y los seres que lo habitan es, según Prigogine, un primer paso hacia una “nueva racionalidad”. No sería ésta otra máquina de certezas, sino un pensar profundamente humano. En efecto, La Nueva Alianza propuesta por el físico estriba no sólo en la reconciliación del hombre moderno con el misterio de la naturaleza, sino también en la dialéctica entre el saber y la incertidumbre –característica inequívoca de la filosofía–.
Ahora bien, este giro no es una renuncia, ni mucho menos una resignación, sino, como yo lo veo, una manifestación de lucidez, pues la filosofía, desde Sócrates, antes de ser el goce de las invenciones conceptuales y, como la poesía, un juego infinito con el lenguaje, es la esperanza, no de la certeza infundada, sino de la verdad.
Y la verdad es que el fuego constituye las cosas, porque nadie, ni siquiera la ciencia, ha llegado a explicar el fuego. A este respecto, Prigogine coincide con Bachelard cuando pone de manifiesto la arbitrariedad de las teorías establecidas por la física, debido a la falta de información sobre “las condiciones iniciales” –es decir, sobre el origen– de los fenómenos.
Y el laberinto sigue ardiendo.
Lo fantástico, el fuego y el juego se enlazan, encarnan el eterno movimiento del pensar y el hacer. Sólo la costumbre, el embrutecimiento, que, como decía Girondo, nos teje telarañas en los ojos, puede alejarnos de esta ética. Si la poesía moderna se propuso, en su impulso creador, luchar contra la indiferencia y la comodidad burguesa, lo fantástico ofrece, quizá de modo más universal, aguijonear al hombre moderno recordándole que, a cada paso, se abre un abismo, pues no somos menos misteriosos que las cosas que tocamos. Si el hombre es un ser de palabras(8), lo fantástico nos enseña que, en la raíz de aquéllas, no rige el vacío, sino la música del asombro.

Notas:
(1) ¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es el universo?
(2) Esta “fisura” nace gracias al fenómeno, ya extraño, ya sobrenatural, que, en el texto fantástico, perturba el marco cotidiano en que se inscribe la narración. Así, es el efecto de la duda, creada en el lector, entre una explicación racional o irracional del fenómeno. Esta fisura –inquieta y, a la vez, apertura hacia la otredad– es, según Todorov, la característica fundadora del género fantástico.
(3) Les affinités électives (1933).
(4) El pájaro no es como una hoja: es una hoja y ésta, a su vez, es un pájaro.
(5) Etimológicamente, poeta no es el que escribe poesía, sino, de modo general, “el que hace“: el hacedor. Quizá René Char pensaba en ello cuando escribió que poeta es un término infinito, que alberga una multitud de identidades: “Rimbaud le Poète, cela suffit, cela est infini“, prólogo a la Obra Completa de Rimbaud (1965)
(6). El libro en cuestión es, desde luego, La psychanalyse du feu (1949)
(7). Todas las citas de Prigogine provienen de su ensayo titulado “¿Qué es lo que no sabemos?” (1995) (traducido por Rosa María Cascón), que empieza así: “¿Qué es lo que sé? Mi respuesta a esta pregunta es clara: muy poco. No digo esto por modestia excesiva, sino por una convicción profunda”. Valga la analogía, mutatis mutandis, con la célebre sentencia de Sócrates –Todo lo que sé es que no sé nada–, ilustre perplejidad formulada frente a las certezas de los Sofistas.
(8) “El hombre es un ser de palabras”, Octavio Paz, El arco y la lira.

martes, 18 de agosto de 2009

Presentación de Prosas Sacras (Plural Editores, 2009)













El día 23 de julio de 2009, en el auditorio del Espacio Simón I. Patiño de La Paz, se llevó a cabo la presentación de Prosas Sacras. A tiempo de agradecer las palabras, la generosidad, y admirar el ingenio de las lecturas que Eduardo Mitre, Juan Carlos Ramiro Quiroga, Fernando Iturralde y Jessica Freudenthal han hecho de esta mi primera obra, quisiera compartir fragmentos elegidos con el único fin de que usted, querido (deseado) lector, pueda sentirse invitado a manchar con sus dedos lo que el tiempo, con desprecio tal vez justificado, deposita sobre el sudor y el insomnio.
G.A.R.








1. Contratapa del libro, Eduardo Mitre





Poesía evanescente como el agua de la lluvia al sol, como la escritura a los ojos del lector. No sólo escritura fluida, sino escritura de la fluidez, que implica una conciencia lúcida del tránsito, del cambio, y también del acabamiento que signan nuestra condición o destino. De ahí que el agua sea, en la poesía de Guillermo-Augusto Ruiz (La Paz, 1982), el elemento predominante como imagen y realidad del universo, y asimismo, el principio que pauta el decir poético: “Una gota de tinta con la cual empezar el mundo. Una gota / De tinta. Una ínfima porción del pantano de Lerna.”, se lee en “Elogio de la Hidra”, poema que inaugura Prosas Sacras (título que, es obvio, evoca las profanas y célebres de Rubén Darío).


Cifra de la poesía de Ruiz, el agua señala asimismo el doble movimiento que alterna en su escritura, la cual se desplaza como “lluvia horizontal” (dicho sea con el título de uno de sus hermosos poemas) o movimiento vertical, precipitación, caída. De este modo, levedad y gravedad, agua y fuego, amor y soledad, pactan en una escritura que opta por la ondulación serpenteante de los textos de Francis Ponge, o por la línea recta a la manera de los criptogramas poéticos de René Char. “La muerte no tiene cara, pero uno tiene la cara de la muerte. / Y solo queda el deseo, el ardiente de ver alguna vez, cara a cara, nuestra propia cara”, escribe Ruiz.


Con idéntica brevedad y precisión se manifiesta la carta de creencia del poeta: la íntima correspondencia entre “La vida la poesía”, título y poema emblemático de su hacer poético:
"Es la leche de la noche. / Es la lluvia del alma en el hondo espejo de la muerte. / Es el manar de las palabras, del silencio / Que gotea en el cuenco de las manos. / Y todo es un incendio."
Este poema –demás está decirlo— es la mejor presentación de Prosas sacras, por cuyas páginas fluye una voz antigua y nueva para la poesía boliviana contemporánea.


EDUARDO MITRE





2. "El desplomar de sílabas en el vacío", Jessica Freudenthal






Desde el título, el poemario de Guillermo-Augusto Ruiz nos propone un juego, un enigma. Es un “libro de poemas”, ganador de una mención de honor en el Yolanda Bedregal, titulado Prosas Sacras.
La poesía se constata o verifica como “género” en el acto de lectura, en la relación con cada lector. Además, en algún momento se otorgó a la poesía un carácter sagrado, incluso “espiritual”. Contrapuesta a la “prosa”, ligada a “lo prosaico”, como dice el DRAE: col. Verborrea excesiva para expresar ideas banales y sin importancia. Aspecto de la realidad más vulgar o más lejano del ideal.
Pero son justamente estas afirmaciones las que este libro cuestiona. Pretender que hoy en día hay “géneros puros” es absurdo. Como decía Blanchot: "La literatura no soporta ya la distinción de los géneros y necesita romper esos límites". Citándolo nuevamente: "Un libro ya no pertenece a un género, todo libro remite únicamente a la literatura". Eso plantea el libro desde la tensión de su título: Prosas Sacras (un libro de poemas).
Este es un libro de relaciones dialécticas, tensiones constantes.
La primera tensión es la del silencio (llamémosle gráficamente espacio en blanco de la hoja) y el de la palabra (gráficamente expresadas por las palabras escritas en el papel). Así en el primer texto, “Elogio de la Hidra”, la voz poética enuncia:



Una gota de tinta con la cual empezar el mundo.



Esa gota que será tinta, que será sangre, que será mancha. Infinitas cabezas de lo monstruoso, aquello que debe mostrarse para ser, igual que la escritura.
Esta tensión entre el silencio –palabra, página en blanco– y la escritura, nos lleva a la tensión oximorónica y dialéctica de “lo claro y lo oscuro”. Y el poema que continúa se titula justamente de esa manera: Claroscuro, donde se reflexiona sobre la propia palabra, en una escritura metalingüística que juega como un vaivén de olas en el papel. Otro título que pone en evidencia esta tensión es "Transparencia del negro", texto que aparenta por su disposición en la página ser más cercano a la prosa.
En esta escritura de tensiones y dialécticas, no podía faltar la dialéctica vida - muerte que recorre todo el libro, fluye a través de él como un río. Y es justamente la imagen del río y la importancia del agua como elemento de vida/muerte la que se repite constantemente en el poemario. Esta metáfora es ya una metáfora clásica en la literatura, retomada en Prosas Sacras:


Porque todos somos
–Sangre y sueños sin fin–
Del silencio y el tiempo.

Porque todos somos
–Vida y muerte enlazadas–
El silencio y el tiempo.

El libro nos muestra la escritura como lluvia horizontal, un río: la noche fluye, la ciudad fluye, el agua es tinta… Y todo es escritura posible.
La nieve es la página en blanco, el río es escritura (mancha sin tintero), las hojas de los árboles son hojas de papel:
Hojas que danzarán la danza macabra con la muerte, esa danza bellísima que evoca vida y se dirige directamente hacia el fin.
"Ugly is as holy as beuty", citará el autor a Ginsberg para decir que “lo feo es tan sagrado como lo bello”, para confirmar su escritura dialéctica de aquello SACRO que confronta dos universos, dos mundos, dos formas de pensamiento.
En todo el texto, se da forma visible a la tensión entre el silencio y la palabra. El espacio en blanco como un silencio profundo. Recordándonos a Pizarnik, donde no sólo el vacío de la página representa al silencio, sino la utilización de conceptos opuestos, la contradicción, relaciones oximorónicas, porque la contradicción puede anular dos sentidos, pero también permite que el desplazamiento semántico dé lugar al silencio.
Casi al final del libro, las tensiones se resumen, las relaciones dialécticas alcanzan su mayor expresión en un incendio:



La vida la poesía




Es la leche de la noche.
Es la lluvia del alma en el hondo espejo de la muerte.
Es el manar de las palabras, del silencio
Que gotea en el cuenco de las manos.
Y todo es un incendio.

La vida la poesía es una leche de la noche, una leche blanca pero manchada por la oscuridad de la noche. Es una lluvia del alma (vida), una lluvia clara, pero que se refleja en el hondo espejo de la muerte.
La vida de la poesía es el manar de las palabras, palabras que salen desde el silencio, que son del silencio, palabras lluvia/ palabras agua que gotean en el cuenco de las manos. Y donde, para concluir, TODO ES UN INCENDIO.
Quizás los poemas en prosa eran una rareza en tiempos de Baudelaire y Bertrand, pero bien sabemos que el problema del lenguaje es justamente el de sus transformaciones, a todo nivel.
El fuego limpia, pero deja el tizne de las cenizas. Este libro se quema a sí mismo, para levantarse de sus propias cenizas.
O en las palabras del poeta:



Poesía, digo, y se oye un desplomar
De sílabas en el vacío.







No hemos resuelto el enigma, vagamos entre prosa, entre poesía, entre prosa poética, relato, caligramas, poesía visual… La esfinge nos traga, y nos devuelve todas las posibilidades de lectura, los ilimitados límites de los “géneros” literarios.


Jessica Freudenthal
La Paz, julio de 2009





3. "Prosas sacras o el descaro de la paradoja", Fernando Iturralde





El pensamiento no es nada sin alguna cosa que lo obligue a pensar, que violente al pensamiento. Más importante que el pensamiento es aquello que “da qué pensar”; más importante que el filósofo, el poeta.

Gilles Deleuze


1
Una de las más violentas figuras del lenguaje, aquella que parece cumplir a la perfección lo que dice Deleuze sobre la poesía como aquello que violenta al pensamiento, es la paradoja. La paradoja constituye una de las más eficientes formas del lenguaje en el momento de suscitar alguna reflexión, de avivar el pensamiento. La paradoja llega y, con una concreción alarmante, nos da un ladrillazo en la cabeza como conminándonos a pensar. La paradoja es, por lo tanto, una de las principales aliadas de la filosofía. Ahora, ¿qué tiene que ver la paradoja con la poesía? ¿No es la poesía moderna el lugar privilegiado de lo paradójico? ¿No encontramos en Baudelaire, en Rimbaud, en Verlaine, en Artaud, en Michaux, ese afán por dar cuenta de aquello que la opinión común, que la doxa, no toma en cuenta, de aquello que escapa al marco de consideración del sentido común? Pero no sólo existe una voluntad de ir al encuentro de lo establecido, de la norma, no existe únicamente el afán de “dar la contra”; hay también, y primordialmente, un esfuerzo por demostrar cómo es que lo que la opinión común considera como opuestos radicales no es más que el producto de un mismo origen, no es sino lo mismo. Una vez más la ley parece cumplirse: todo aquello que desea diferenciarse excesivamente lo hace porque busca ocultar un origen común; la diferencia es el disfraz de la identidad.




Lo primero que observamos al leer Prosas sacras es el descaro de la paradoja: ¿cómo es posible que la prosa sea sacra? ¿Cómo puede ser que la forma del lenguaje que le pertenece a todo el mundo, desde el político hasta el publicista, la prosa, esa cosa tan degradada, pisoteada e insignificante, sea algo sacro? ¿Qué hay de sagrado en la bajeza, en la vileza de la prosa? Una respuesta apresurada podría replicar: “a lo mejor la forma es profana, pero los contenidos son sacros”. Pero esta respuesta elude el problema de manera fácil y no se fija en la realidad de las cosas: muchos de los poemas que componen Prosas sacras están marcados por la voluntad de poner en el lugar de lo sagrado aquello que repugna, la mierda misma, un pedazo de carroña insignificante. En el lugar de lo sagrado, nos encontramos de pronto con una insignificancia, con una cochinada; en el lugar del sacerdote, el pedófilo que roba niños. Precisamente con esto encontramos uno de los principales elementos de la paradoja: la paradoja no se caracteriza por presentar por un lado la opinión común y, luego, por otro, la opinión contraria. No es como si las dos cosas estuviesen separadas, como si en la paradoja se tratara simplemente de decir lo contrario de la opinión común; no, lo grandioso y lo siniestro de la paradoja es que precisamente tiene la capacidad de demostrarnos que lo que pensábamos radicalmente opuesto, no es más que la otra cara de lo mismo. La paradoja nos muestra que sólo puede ser sacro aquello que contiene en sí lo más elevado y lo más bajo al mismo tiempo; sólo en la medida en que algo es despreciable, insignificante, obsceno, demasiado violento, demasiado impactante, tanto así que ya no se puede asimilar, que algo puede ser sagrado. Lo sagrado se confunde con su opuesto, que no es lo profano, sino lo repugnante. Como bien ha demostrado René Girard, lo sagrado es un producto de un acto sanguinario, de un acto violento, de la más bárbara y cruenta de las acciones, de los crímenes más bajos, del mecanismo de asesinato colectivo más cobarde que se pueda imaginar: lo sagrado sólo surge a partir de la violencia. En esto, Nietzsche tenía toda la razón: “¡cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las cosas buenas!"



Esta paradoja no sólo se expresa en el título, sino en el espíritu mismo del poemario (bástenos leer atentamente la sección titulada “Relámpagos”): no hay ningún tipo de concesión ante “la maldición de la miel”, ante la dulzura de la imagen armónica; todo está contaminado, infestado por el crepitar del fuego, el chirrido de los metales, los vapores y vahos de las labores metalúrgicas, el crujido de los huesos, “las aguas de hierro”, “las costillas rotas”, “la carne deshecha”, “los restos de flores”, “los peces anhelantes del río”, “la respiración turbada por los mosquitos clavados en el aire”. Y es que la paradoja misma sobre la cual el poemario entero se funda, en ese común origen, en esa coincidencia escandalosa entre lo sagrado y lo violento, entre la crudeza de lo repugnante, del asco y lo aterrador y grandilocuente de lo divino; esa mismísima paradoja está expresada por quien forja, a duras penas, con el mugroso sudor de la frente, estas prosas. Se trata de Hefesto. Es el dios del fuego, de la fragua, de la técnica, de las labores manuales quien está encargado de hacer materialmente estos poemas. Hefesto es, pues, el laborioso, el trabajador manual, aquel que, precisamente en la medida en que trabaja excesivamente con herramientas que fungen de prótesis para su cuerpo es un deforme, un cojo, feo y enano. Hefesto es la encarnación de la ambigüedad de lo sagrado a la que hacíamos referencia. Estamos ante la poderosa intuición de una imagen que se encarga en un mismo movimiento de enaltecer y divinizar al poeta y de denigrarlo y arrastrarlo por la mugre. Es que Hefesto implica, a un tiempo, esa divinidad extraña y conflictiva pero netamente creadora y a la vez la condición moderna del poeta como aquel que trabaja, compone sus poemas como el más vil de los seres: el torpe manufacturero que pretende ganarse el pan con aquello que escribe. Cabe recordar el profundo desprecio que se tenía en la Antigüedad por el trabajo manual, por la labor terrenal del esfuerzo. Como sugiere Gilbert Simondon, ese desprecio se fundaba –muy probablemente- en la asociación que se hacía entre el trabajo manual, que usualmente implicaba la manipulación de alguna herramienta, y la fisionomía deforme de quien se dedicaba a ese tipo de labores. Así, para Platón, el trabajador manual, el mecánico, pero muy específicamente, el herrero, era un hombre “enano y calvo”. En cierta forma, Hefesto era la versión divina de ese problema: en su destino estaba escrita esa doble suerte: su deformidad implicaba su laboriosidad y viceversa. Por eso aquí el poeta surge como un dios creador, forjador –en el sentido más material del término-, pero esa capacidad sólo se puede decir de su humillante condición actual de trabajador de las letras, de obrero del lenguaje. Hefesto está condenado y al mismo tiempo es un dios; es el expulsado, el rechazado, el hazmerreír, la causa de la burla, el chivo expiatorio de los conflictos entre Zeus y Hera, el trabajador deforme y, a la vez, el dios capaz de conquistar los favores de Afrodita, el amo y señor del fuego, el creador de los objetos más preciados de la mitología griega. Hefesto es, propiamente un condenado, un condenado a una labor divina y repugnante: “a enfrentar sin fin los rostros del fuego”.





2
Ante tanta paradoja, uno podría terminar creyendo que los poemas de Guillermo-Augusto Ruiz son complicados, intricados, de difícil acceso, oscuros, plagados de un hermetismo impenetrable… Pero es todo lo contrario. De hecho, sorprende la simplicidad, la llaneza, la claridad, la evidencia, la sencillez con que los abismos más vertiginosos son afrontados. No hay una pose forzada que se quiera oscura y misteriosa. La vieja pose del hermetismo no se asoma por ningún lado. Y sin embargo eso no quiere decir que no haya una terrible profundidad. En el discurso “La montaña de los olivos”, Zarathustra habla de la admiración que siente por todos aquellos que, silenciosos y enigmáticos, saben ocultar el misterio que llevan consigo. Eso da la impresión de profundidad en sus aguas: “Así he encontrado a más de una persona inteligente: se cubría el rostro con velos y enturbiaba su agua para que nadie pudiera verla a través de aquéllos y hacia abajo de ésta. Pero existe otro tipo de hombres enigmáticos que porque son profundos no necesitan aparentar una supuesta profundidad: su profundidad aparece con evidencia en su superficie, en la llaneza y claridad de lo que dicen. “Pero los luminosos, los bravos, los transparentes -ésos son para mí los más inteligentes de todos los que callan: su fondo es tan profundo que ni siquiera el agua más clara- lo traiciona.” Es ese el mayor logro de Prosas Sacras: es una demostración de que no hay necesidad de enturbiar las aguas para ser profundo, que al contrario las aguas más claras son las que dejan translucir lo abismal del pozo. No hay un pretil que haga creer que el pozo es profundo y peligroso. Aquí las advertencias no sirven de nada, pues la profundidad y el vértigo son un hecho, aparecen plenamente. El abismo está cerca; aquí se lo dice claro, eximio. A fin de cuentas, la poesía no es más que eso: “Vértigo tapizado de huesos –sin pretil hacia el abismo.”


Fernando Iturralde Roberts





4. Los dos textos escritos por el poeta y ensayista Juan Carlos Ramiro Quiroga, más conocido en la blogosfera como "mister K":
http://www.culpinak.blogspot.com/
http://www.arbork.com.bo/ver_entrada.php?id=120&tipo=8






5. MUESTRA DEL LIBRO




OFICIO DE HEFESTO





Origen



Parido para ser partido –y no por un rayo, sino por el asco relampagueante de su propio padre–. No hay otro que, como él, anuncie a Lucifer; pero ni luz ni orgullo ni alas que se desgajan en las mandíbulas del aire: sólo un cuerpo desnudo y deforme como un árbol en invierno, un cuerpo a punto de hender la tierra sedienta de sangre.
Así nace Hefesto: de la humillación, de la muerte, se levanta, pone un pie en la tierra y se levanta, como el mismísimo fuego de la raíz de la ceniza: el pecho y la barba manchados de lodo y estiércol, una sola llama vertical, una sola herida radiante, de pie en la oscuridad.






En la sombra



Y la faena fija
Sobre el eje de la herida.
Y la fugacidad ficticia
De las horas y los huesos.
Y el reflejo de los ojos
En el filo del hierro.
Y el fuego en la frontera
De los rasgos que se esfuman.
Y tanta lava en fuga
Y tanta furia
Para forjar un solo
Relámpago.





Frente al espejo


Era tan hermosa aquella caja,
Cerrada. Ni las cadenas de Prometeo
Te libraron de tu vicio. Ahora,
Tu vida entera brota
Del yunque, en un haz de chispas.
Y es tu destino de hierro
Enfrentar sin fin los rostros del fuego.

domingo, 26 de octubre de 2008

Guerra o Cocina



La coronela llegaba emperifollada a Casa de Mateo con una actitud casi masculina. Caminaba segura y belicosa, como un jaguar que se dirige rotundamente hacia su presa. Su paso firme reflejaba aquel carácter decidido e intenso que le brotaba desde adentro. Cuando afianzaba su cuchillo de cocina, sus compañeros sentían un pequeño temor inconsciente, tanto que se alejaban discretamente para dejarla picar en paz las zanahorias, cebollas, brócolis y demás verduras que amontonaba como montículos de color para hacer la sopa del mediodía. Yo admiraba su fuerza, que era como una especie de refugio para las almas existencialistas como la mía… Aquellas que de súbito no encuentran el piso que las detiene y se ponen a flotar entre ideas y espejismos fantasmagóricos. La coronela picaba con ritmo y energía, después de aclimatarse empezaba también a bailar cumbia, salsa, rock u pop barato que emergía de los parlantes de la radio enclenque -compañera infalible- de la cocina. Ahora quiero hacer una comparación entre los dientes y el cuchillo. En primer lugar el cuchillo es un instrumento formado por una hoja de metal afilada por un solo lado y con mango que se usa para cortar los alimentos; pasar a cuchillo significa dar muerte, generalmente en una acción de guerra. Por otro lado los dientes sirven del mismo modo para cortar y masticar los alimentos y, en los animales, también para defenderse. Si hacemos una comparación no tardamos en entender que no existe gran diferencia entre los dos, pues aunque uno sea producto del hombre y el otro producto de la naturaleza, los dos tienen un fin en común y es el de aislar, separar, destruir y si es necesario aniquilar al sujeto u objeto de utilidad. No obstante, tanto los dientes como el cuchillo de la coronela servían para cabalmente lo contrario. Cuando ella se lanzaba a incursionar entre las carnes de animales difuntos o los vegetales cruelmente arrancados de su tierra madre, había una especie de energía vital que embriagaba el entorno, y tanto su cuchillo como sus dientes ligeramente retorcidos por una ansiedad de vida se dedicaban con esmero a procrear los más suculentos platos que la cocina mexicana jamás habría imaginado. Con los dientes proyectaba la textura, el orden, la temperatura y el sabor de su futura obra. Y con el cuchillo -así como el cincel de un escultor- le daba forma a las cosas que luego iba mezclando con la creatividad esotérica de una alquimista (alquimista jarocha). “La coronela” más que un seudónimo artístico era su apodo militar, y esto lo debía a que cuando estaba en su cocina(especialmente en las atolondradas noches de sábado) el lugar se transformaba en una especie de trinchera o fortaleza apache donde el “nosotros” (los compañeros cocineros, soldados o mas bien guerreros del hambre) contrastaba con el “ellos” (los clientes, o pirañas glotonas y los meseros que en muchas ocasiones se transformaban en aves de rapiña sedientas de propina). Era en esos momentos cuando la coronela se ponía al frente, en la línea de salida -o más bien línea de ataque-y con la voz de la autoridad ordenaba a sus discípulos que comenzaran la ofensiva disparando enchiladas, burritos, tamales o peligrosas fajitas triples que ardían en sus respectivas planchas infernales encubriendo a los meseros detrás de una nube de humo, cual samuráis dispuestos a sorprender las mandíbulas hambrientas de los clientes.
"¡Hey! ¡Chingada madre! Te dije que esto iba a la 71, ¡¿estás sordo o qué!?"
"No me jodan, ¡por qué no recogen estos pinches platos que se me enfrían! ¡Orale, orale…!"
"¡Oye tú! Tráeme un refresco… ¡No así no! En vaso de plástico no, carajo!"

Al finalizar la noche, cuando los mariachis ya habían embriagado el lugar con sus guapangos, sones, baladas y demás, la tregua hacia sentir su contentamiento general y el ambiente se dejaba preñar por el juego y la falta de seriedad. Las carcajadas de la coronela brotaban como cornetas triunfantes y la cocina se jactaba de haber eliminado de los adversarios ese instinto tan primitivo al que llaman hambre. Claro que todo volvería a repetirse la próxima semana. Ahora había que recargar fuerzas bebiendo como contratados.

miércoles, 22 de octubre de 2008

La pensée du jour





La poesía es un combate ético en un mundo forjado por el poder.


Es una recuperación del asombro en un mundo previsible.


Es una forma de supervivencia espiritual en una época de materialismo exacerbado.


Es un regreso a la médula de la palabra y de las cosas.


Si todo esto es una paja, entonces yo tengo la mano melenuda.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Balada para las Gorditas Tiernas



Hace un tiempo atrás

En un planeta muy cercano al nuestro

Existió un Rey tan dichoso

Que los mismos dioses le tenían celos

Su reino se extendía por plácidos campos

Poblados de árboles confiteros

Montañas de paneton, roscas y caramelo

Cascadas de natilla descendían del celeste cielo

Mezclándose con el más puro cacao

Que brotaba de un enorme seno

En el centro de aquel universo

Sus habitantes eran gorditas tiernas

Llenas de alegría y ligereza

Desnudas correteaban por los generosos suelos

Y sus carcajadas revoloteaban cuan pajarillos pintorescos

Cada mañana el Rey las bañaba en leche una por una

Y ellas lo miraban sonrientes, dichosas de su fortuna

Él las amaba con su inmenso corazón

Y ellas lo mimaban y se regocijaban con bamboleante devoción

La vida transcurría placentera ajena a cualquier pesadez

Y en el dulcísimo castillo las fiestas reinaban por doquier

Realizando bailes de todo tipo

Las gorditas lucían sus más exóticos vestidos

Soportadas por grandiosos corsés verdes, azules y amarillos

Y el Rey las aplaudía con fervor

Bebiendo champagne, cerveza y vino

Pero un día los dioses furiosos se pusieron

Pues sus delgadas musas mimarlos no sabían

Y a causa de su amarga envidia

Hacer llover jugo de limón podrido decidirían

Así las cascadas y ríos de crema se cortaron

Y las gorditas se envenenaron,

Volviéndose flacas desabridas sin gracia ni vida,

Y el Rey de tristeza cerrar el pico decidió

Pereciendo de hambre en su reino ya sin sabor

Mas de aquel universo desierto, una redonda estrella nació

Tierna como la luna y poderosa como el sol

Y brillando se refleja en el corazón de toda gordita

Dispuesta a bailar gozosa esta canción

viernes, 27 de junio de 2008

Las voces de Antonio Porchia

Antonio Porchia (1885-1968) es un poeta argentino de origen italiano. Hacedor de relámpagos, fiel a la estética del fragmento, Porchia es un poeta atipico y asombroso. Su único libro publicado en vida, Voces, encuentra en el silencio, no un límite, sino un alimento. En Porchia cada palabra es indispensable y cada línea restalla y hiende el instante. Es la navaja que cercena su voz en voces. Rilke afirma que una linea se justifica, no por su contenido, sino por la necesidad de la que surge; y así, al escribir, es la punta de la pluma lo que asombra, no las palabras que traza. No hay un yo. Decir yo es juntar los pedazos de un gran espejo hecho añicos. Y Porchia, cuando dice lo que dice, es porque lo ha vencido lo que dice.










Casi no he tocado el barro y soy de barro.





*





Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos.





*





Pueden en mí, más que todos los infinitos, mis tres o cuatro costumbres inocentes.





*





Y si llegaras a hombre, ¿ a qué más podrías llegar ?



*





Nada no es solamente nada. Es también nuestra cárcel.





*





En plena luz no somos ni una sombra.





*



Mueren cien años en un instante, lo mismo que un instante en un instante.





*





Quien dice la verdad, casi no dice nada.





*





Y si crees que eres como cualquier ser, como cualquier cosa, eres todos los seres, todas las cosas. Eres el universo.





*



Quien hace un paraíso de su pan, de su hambre hace un infierno.





*



Casi siempre es el miedo de ser nosotros lo que nos lleva delante del espejo.

sábado, 31 de mayo de 2008

La chevelure

Guy de Maupassant (1850-1893) es un maestro universal del cuento y de la novela. Tiene el don de la imagen acerada, y una facilidad de ritmo que traduce a la perfección el estado psicológico de sus personajes. Prefiero, lo confieso, la faceta fantástica de su obra. Y en particular los cuentos, en los cuales la intensidad es ejemplar. "La chevelure" es quizá el mejor de todos.



Les murs de la cellule étaient nus, peints à la chaux. Une fenêtre étroite et grillée, percée très haut de façon qu'on ne pût pas y atteindre, éclairait cette petite pièce claire et sinistre; et le fou, assis sur une chaise de paille, nous regardait d'un oeil fixe, vague et hanté. Il était fort maigre avec des joues creuses et des cheveux presque blancs qu'on devinait blanchis en quelques mois. Ses vêtements semblaient trop larges pour ses membres secs, pour sa
poitrine rétrécie, pour son ventre creux. On sentait cet homme ravagé, rongé par sa pensée, par une Pensée, comme un fruit par un ver. Sa Folie, son idée était là, dans cette tête, obstinée, harcelante, dévorante. Elle mangeait le corps peu à peu. Elle, l'Invisible, l'Impalpable, l'Insaisissable, l'Immatérielle Idée minait la chair, buvait le sang, éteignait la vie. Quel mystère que cet homme tué par un Songe ! Il faisait peine, peur et pitié, ce Possédé ! Quel rêve étrange, épouvantable et mortel habitait dans ce front, qu'il plissait de rides profondes, sans cesse remuantes ?

Le médecin me dit: "Il a de terribles accès de fureur, c'est un des déments les plus singuliers que j'ai vus. Il est atteint de folie érotique et macabre. C'est une sorte de nécrophile. Il a d'ailleurs écrit son journal qui nous montre le plus clairement du monde la maladie de son esprit. Sa folie y est pour ainsi dire palpable. Si cela vous intéresse vous pouvez parcourir ce document."
Je suivis le docteur dans son cabinet, et il me remit le journal de ce misérable homme. "Lisez, dit-il, et vous me direz votre avis."
Voici ce que contenait ce cahier:

Jusqu'à l'âge de trente-deux ans, je vécus tranquille, sans amour. La vie m'apparaissait très simple, très bonne et très facile. J'étais riche. J'avais du goût pour tant de choses que je ne pouvais éprouver de passion pour rien.
C'est bon de vivre ! Je me réveillais heureux, chaque jour, pour faire des choses qui me plaisaient, et je me couchais satisfait, avec l'espérance paisible du lendemain et de l'avenir sans souci.
J'avais eu quelques maîtresses sans avoir jamais senti mon coeur affolé par le désir ou mon âme meurtrie d'amour après la possession. C'est bon de vivre ainsi. C'est meilleur d'aimer, mais terrible. Encore, ceux qui aiment comme tout le monde doivent-ils éprouver un ardent bonheur, moindre que le mien peut-être, car l'amour est venu me trouver d'une incroyable manière.
Etant riche, je recherchais les meubles anciens et les vieux objets; et souvent je pensais aux mains inconnues qui avaient palpé ces choses, aux yeux qui les avaient admirées, aux coeurs qui les avaient aimées, car on aime les choses ! Je restais souvent pendant des heures, des heures et des heures, à regarder une petite montre du siècle dernier. Elle était si mignonne, si jolie, avec son émail et son or ciselé. Et elle marchait encore comme au jour où une femme l'avait achetée dans le ravissement de posséder ce fin bijou. Elle n'avait point cessé de palpiter, de vivre sa vie de mécanique, et elle continuait toujours son tic-tac régulier, depuis un siècle passé. Qui donc l'avait portée la première sur son sein dans la tiédeur des étoffes, le coeur de la montre battant contre le coeur de la femme ? Quelle main l'avait tenue au bout de ses doigts un peu chauds, l'avait tournée, retournée, puis avait essuyé les bergers de porcelaine ternis une seconde par la moiteur de la peau ? Quels yeux avaient épié sur ce cadran fleuri l'heure attendue, l'heure chérie, l'heure divine ?
Comme j'aurais voulu la connaître, la voir, la femme qui avait choisi cet objet exquis et rare ! Elle est morte !
Je suis possédé par le désir des femmes d'autrefois; j'aime, de loin, toutes celles qui ont aimé ! L'histoire des tendresses passées m'emplit le coeur de regrets. Oh ! la beauté, les sourires, les caresses jeunes, les espérances ! Tout cela ne devrait-il pas être éternel !
Comme j'ai pleuré, pendant des nuits entières, sur les pauvres femmes de jadis, si belles, si tendres, si douces, dont les bras se sont ouverts pour le baiser et qui sont mortes ! Le baiser est immortel, lui ! Il va de lèvre en lèvre, de siècle en siècle, d'âge en âge. - Les hommes le recueillent, le donnent et meurent.
Le passé m'attire, le présent m'effraie parce que l'avenir c'est la mort. Je regrette tout ce qui s'est fait, je pleure tous ceux qui ont vécu; je voudrais arrêter le temps, arrêter l'heure. Mais elle va, elle va, elle passe, elle me prend de seconde en seconde un peu de moi pour le néant de demain. Et je ne revivrai jamais.
Adieu celles d'hier. Je vous aime.
Mais je ne suis pas à plaindre. Je l'ai trouvée, moi, celle que j'attendais; et j'ai goûté par elle d'incroyables plaisirs.
Je rôdais dans Paris par un matin de soleil, l'âme en fête, le pied joyeux, regardant les boutiques avec cet intérêt vague du flâneur. Tout à coup, j'aperçus chez un marchand d'antiquités un meuble italien du XVII° siècle. Il était fort beau, fort rare. Je l'attribuai à un artiste vénitien du nom de Vitelli, qui fut célèbre à cette époque.
Puis je passai. Pourquoi le souvenir de ce meuble me poursuivit-il avec tant de force que je revins sur mes pas ? Je m'arrêtai de nouveau devant le magasin pour le revoir, et je sentis qu'il me tentait.
Quelle singulière chose que la tentation ! On regarde un objet et, peu à peu, il vous séduit, vous trouble, vous envahit comme ferait un visage de femme. Son charme entre en vous, charme étrange qui vient de sa forme, de sa couleur, de sa physionomie de chose ; et on l'aime déjà, on le désire, on le veut. Un besoin de possession vous gagne, besoin doux d'abord, comme timide, mais qui s'accroît, devient violent, irrésistible. Et les marchands semblent deviner à la flamme du regard l'envie secrète et grandissante.
J'achetai ce meuble et je le fis porter chez moi tout de suite. Je le plaçai dans ma chambre.
Oh ! je plains ceux qui ne connaissent pas cette lune de miel du collectionneur avec le bibelot qu'il vient d'acheter. On le caresse de l'oeil et de la main comme s'il était de chair; on revient à tout moment près de lui, on y pense toujours, où qu'on aille, quoi qu'on fasse. Son souvenir aimé vous suit dans la rue, dans le monde, partout; et quand on rentre chez soi, avant même d'avoir ôté ses gants et son chapeau, on va le contempler avec une tendresse d'amant.
Vraiment, pendant huit jours, j'adorai ce meuble. J'ouvrai à chaque instant ses portes, ses tiroirs; je le maniais avec ravissement, goûtant toutes les joies intimes de la possession.
Or, un soir, je m'aperçus, en tâtant l'épaisseur d'un panneau, qu'il devait y avoir là une cachette. Mon coeur se mit à battre, et je passai la nuit à chercher le secret sans le pouvoir découvrir.
J'y parvins le lendemain en enfonçant une lame dans une fente de la boiserie. Une planche glissa et j'aperçus, étalée sur un fond de velours noir, une merveilleuse chevelure de femme !
Oui, une chevelure, une énorme natte de cheveux blonds, presque roux, qui avaient dû être coupés contre la peau, et liés par une corde d'or.
Je demeurai stupéfait, tremblant, troublé ! Un parfum presque insensible, si vieux qu'il semblait l'âme d'une odeur, s'envolait de ce tiroir mystérieux et de cette surprenante relique.
Je la pris, doucement, presque religieusement, et je la tirai de sa cachette. Aussitôt elle se déroula, répandant son flot doré qui tomba jusqu'à terre, épais et léger, souple et brillant comme la queue en feu d'une comète.
Une émotion étrange me saisit. Qu'était-ce que cela ? Quand ? comment ? pourquoi ces cheveux avaient-ils été enfermés dans ce meuble ? Quelle aventure, quel drame cachait ce souvenir ? Qui les avait coupés ? un amant, un jour d'adieu ? un mari, un jour de vengeance ? ou bien celle qui les avait portés sur son front, un jour de désespoir ?
Etait-ce à l'heure d'entrer au cloître qu'on avait jeté là cette fortune d'amour, comme un gage laissé au monde des vivants ? Etait-ce à l'heure de la clouer dans la tombe, la jeune et belle morte, que celui qui l'adorait avait gardé la parure de sa tête, la seule chose qu'il pût conserver d'elle, la seule partie vivante de sa chair qui ne dût point pourrir, la seule qu'il pouvait aimer encore et caresser, et baiser dans ses rages de douleur ?
N'était-ce point étrange que cette chevelure fût demeurée ainsi, alors qu'il ne restait plus une parcelle du corps dont elle était née ?
Elle me coulait sur les doigts, me chatouillait la peau d'une caresse singulière, d'une caresse de morte. Je me sentais attendri comme si j'allais pleurer.
Je la gardai longtemps, longtemps en mes mains, puis il me sembla qu'elle m'agitait, comme si quelque chose de l'âme fût resté caché dedans. Et je la remis sur le velours terni par le temps, et je repoussai le tiroir, et je refermai le meuble, et je m'en allai par les rues pour rêver.
J'allais devant moi, plein de tristesse, et aussi plein de trouble, de ce trouble qui vous reste au coeur après un baiser d'amour. Il me semblait que j'avais vécu autrefois déjà, que j'avais dû connaître cette femme. Et les vers de Villon me montèrent aux lèvres, ainsi qu'y monte un sanglot:

Archipiada, ne Thaïs,
Qui fut sa cousine germaine ?
Echo parlant quand bruyt on maine
Dessus rivière, ou sus estan ;
Qui beauté eut plus que humaine ?
Mais où sont les neiges d'antan ?
..................................
La royne blanche comme un lys
Qui chantait à voix de sereine,
Berthe au grand pied, Bietris, Allys,
Harembouges qui tint le Mayne,
Et Jehanne la bonne Lorraine
Que Anglais bruslèrent à Rouen ?
Où sont-ils, Vierge souveraine ?
Mais où sont les neiges d'antan ?

Quand je rentrai chez moi, j'éprouvai un irrésistible désir de revoir mon étrange trouvaille; et je la repris, et je sentis, en la touchant, un long frisson qui me courut dans les membres.
Durant quelques jours, il fallait que je la visse et que je la maniasse. Je tournais la clef de l'armoire avec ce frémissement qu'on a en ouvrant la porte de la bien-aimée, car j'avais aux mains et au coeur un besoin confus, singulier, continu, sensuel de tremper mes doigts dans ce ruisseau charmant de cheveux morts.
Puis, quand j'avais fini de la caresser, quand j'avais refermé le meuble, je la sentais là toujours, comme si elle eût été un être vivant, caché, prisonnier; je la sentais et je la désirais encore ; j'avais de nouveau le besoin impérieux de la reprendre, de la palper, de m'énerver jusqu'au malaise par ce contact froid, glissant, irritant, affolant, délicieux.
Je vécus ainsi un mois ou deux, je ne sais plus. Elle m'obsédait, me hantait. J'étais heureux et torturé, comme dans une attente d'amour, comme après les aveux qui précèdent l'étreinte.
Je m'enfermais seul avec elle pour la sentir sur ma peau, pour enfoncer mes lèvres dedans, pour la baiser, la mordre. Je l'enroulais autour de mon visage, je la buvais, je noyais mes yeux dans son onde dorée afin de voir le jour blond, à travers.
Je l'aimais ! Oui, je l'aimais. Je ne pouvais plus me passer d'elle, ni rester une heure sans la revoir.
Et j'attendais...j'attendais...quoi ? Je ne le savais pas ?
- Elle.
Une nuit je me réveillai brusquement avec la pensée que je ne me trouvais pas seul dans ma chambre.
J'étais seul pourtant. Mais je ne pus me rendormir ; et comme je m'agitais dans une fièvre d'insomnie, je me levai pour aller toucher la chevelure. Elle me parut plus douce que de coutume, plus animée. Les morts reviennent-ils ? Les baisers dont je la réchauffais me faisaient défaillir de bonheur ; et je l'emportai dans mon lit, et je me couchai, en la pressant sur mes lèvres, comme une maîtresse qu'on va posséder.
Les morts reviennent ! Elle est venue. Oui, je l'ai vue, je l'ai tenue, je l'ai eue, telle qu'elle était vivante autrefois, grande, blonde, grasse, les seins froids, la hanche en forme de lyre; et j'ai parcouru de mes caresses cette ligne ondulante et divine qui va de la gorge aux pieds en suivant toutes les courbes de la chair.
Oui, je l'ai eue, tous les jours, toutes les nuits. Elle est revenue, la Morte, la belle morte, l'Adorable, la Mystérieuse, l'Inconnue, toutes les nuits.
Mon bonheur fut si grand, que je ne l'ai pu cacher. J'éprouvais près d'elle un ravissement surhumain, la joie profonde, inexplicable, de posséder l'Insaisissable, l'Invisible, la Morte ! Nul amant ne goûta des jouissances plus ardentes, plus terribles !
Je n'ai point su cacher mon bonheur. Je l'aimais si fort que je n'ai plus voulu la quitter. Je l'ai emportée avec moi toujours, partout. Je l'ai promenée par la ville comme ma femme, et conduite au théâtre en des loges grillées, comme ma maîtresse...
Mais on l'a vue ... on a deviné ... on me l'a prise ... Et on m'a jeté dans une prison, comme un malfaiteur. On l'a prise ... oh ! misère !...

Le manuscrit s'arrêtait là. Et soudain, comme je relevais sur le médecin des yeux effarés, un cri épouvantable, un hurlement de fureur impuissante et de désir exaspéré s'éleva dans l'asile.

"Ecoutez-le, dit le docteur. Il faut doucher cinq fois par jour ce fou obscène. Il n'y a pas que le sergent Bertrand qui ait aimé les mortes."

Je balbutiai, ému d'étonnement, d'horreur et de pitié:
"Mais... cette chevelure... existe-t-elle réellement ?"

Le médecin se leva, ouvrit une armoire pleine de fioles et d'instruments et il me jeta, à travers son cabinet, une longue fusée de cheveux blonds qui vola vers moi comme un oiseau d'or.
Je frémis en sentant sur mes mains son toucher caressant et léger. Et je restai le coeur battant de dégoût et d'envie, de dégoût comme au contact des objets traînés dans les crimes, d'envie comme devant la tentation d'une chose infâme et mystérieuse.

Le médecin reprit en haussant les épaules :
"L'esprit de l'homme est capable de tout."


13 mars 1884