
domingo, 3 de abril de 2011
jueves, 31 de marzo de 2011
La bienvenida a Miguel Valerio
miércoles, 23 de marzo de 2011
El círculo imposible
viernes, 4 de marzo de 2011
Monólogo alado

Ahora que te has quedado solo –¿es ése tu compañero huyendo con el fuego?–, el cuchillo con que has cortado cien, doscientas, trescientas cabezas –perdiste la cuenta, bañado en mil capas gelatinosas–, el cuchillo, de costumbre tan leve, increíblemente te pesa.
¿Qué vas a hacer ahora que el lodo se te mete por las narices y la boca, y todo –la sangre, el hedor, el chapoteo, los gritos– prolifera en lenguas lascivas que hurgan tu cuerpo, tus partes más íntimas?
No, no soy tu conciencia, aunque pueda sentir tu respiración trabajosa, el pulso de tus venas, y te hable al oído. ¿Qué vas a hacer ahora? Has aniquilado a un verdadero ejército y el ejército sigue allí, de pie, alargando los escamosos brazos cubiertos de sangre, gritando por cientos de bocas gloriosas.
Suelta ya esa guadaña ridícula. No eres la Muerte sino un muerto, aunque todavía no lo admitas, empapado en lodo, sudor y sangre, con babas de ira mojando tu mandíbula y tu cuello, ese cuello acogedor –no oyes mi zumbido al alejarme– de donde colgará tu cabeza, como tantas otras de tu especie, antes de caer en el Lerna.
martes, 1 de febrero de 2011
Zona Sur y la rueda del tiempo

Hacía tiempo que quería ver Zona Sur (2010), de Juan Carlos Valdivia. Estuve en Bolivia poco antes de que la estrenasen, pero tuve que esperar nada menos que hasta ayer para verla (en DVD). Ha sido un verdadero descubrimiento. Sin embargo, quisiera limitar mis observaciones a un aspecto en particular del lenguaje cinematográfico, que me impresionó por sus resonancias simbólicas, y vincularlo al concepto de la rueda del tiempo.
Comienza de manera lenta y llama la atención la elección de filmar las escenas en travelling circular. Pronto nos damos cuenta de que es una elección para toda la película. Y un gran acierto. La cámara da vueltas sobre el eje de esta familia paceña de clase alta en decadencia y su cotidianidad más banal. Hay algo de Gus Van Sant en la toma de distancia física con respecto a los personajes. Hay algo de esa vacuidad opresiva que caracteriza su forma de filmar. Asimismo, se desprende de las escenas una sensación de absurdo cotidiano. A puertas cerradas, como en la obra de Sartre, el infierno son los otros. Repetir una y otra vez las mismas situaciones, las mismas charlas, las mismas peleas. Porque el infierno es circular (Ramon Llull). Girando sobre su propio eje, esta familia muestra su alienación en un momento histórico de nuestro país.
Encerrados, los personajes son no obstante conscientes de lo que está pasando. La inminencia de la caída es, de hecho, el hilo conductor de las escenas. De esta forma, el equilibrismo de Andrés paseando por el tejado puede ser leído como una luminosa metáfora de lo que hace Carola para que los muros de su mundo no se caigan todavía, mostrando la desnudez en la que se encuentra la familia. Para que todavía reluzcan las máscaras.
De modo que la familia parece sufrir en silencio. Esta sensación se ve reforzada a través de los stasis[1] de las ventanas filmadas desde el exterior: detrás de los cristales, los personajes, solitarios, miran hacia afuera. Pero no ven nada. Esta es, en efecto, la historia de un encierro, pero también la crónica de una liberación o una caída.
En este sentido, la circularidad de la cámara y de la acción no va conformando una espiral –figura geométrica perfecta que, por ende, no tiene fin–, sino una rueda. Una rueda física que, girando sobre sí misma, desgasta su eje, el cual amenaza con romperse a cada vuelta. El ritmo se intensifica, efectivamente, conforme se deteriora la situación económica y humana de la familia. De hecho, sobre todo en la segunda mitad del film, los personajes parecen estar siempre a punto de hacer o decir algo irremediable, algo que podría delatarlos definitivamente. Algo capaz de romper el status quo –la mascarada contra viento y marea–: esa cuerda floja en la que se mueve la familia. Hasta la escena del clímax, cuando Wilson levanta la mano sobre Carola, la dueña de casa, y al oír los pasos del niño, Andrés, sobre el tejado, la detiene en el aire. Una vez más, los personajes se mueven al borde del abismo. A punto de caer o de explotar.
Caída que, efectivamente, tiene lugar al final de la película, cuando Remedios, una señora de pollera, compra la casa con una oferta contundente, que implica un sacrificio para la familia: salir de la burbuja, hacer añicos los cristales que los distancian de la realidad y, por supuesto, claudicar en el plano de las apariencias.
Caída que, para Andrés –quien se cría con Wilson y Marcelina y que, por tanto, es el nexo entre los dos mundos–, será una verdadera liberación; pero que para Carola, Patricio y Bernarda –empapados de sí mismos y de su “clase”– implica una caída. La explosión de su esfera social y el fin de la fiesta.
Por todo lo dicho, el travelling circular es, en Zona Sur, una elección coherente e inspirada del director y guionista, Juan Carlos Valdivia. Y la tensión creada por este girar-desgastarse refuerza la atmósfera asfixiante del huis clos. Al final del film cesa la asfixia: el vuelo de Andrés ilumina de forma retroactiva la película entera. La cámara deja de girar obsesivamente, se quiebra el eje y, con él, la rueda. Queda el cielo, vasto e inmóvil, como una gran página en blanco.
[1] Una toma neutra, vacía de significado e inconexa de la narrativa, para que el espectador llene el espacio en blanco con sus significados. Cf. www.zonasurfilm.com, “Cómo se filmó”.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
La deriva de Telémaco
Lupus est homo homini, non homo,
Quom qualis sit non novit.
Plauto
Una es la historia de un rey que, después de infinitos naufragios, vuelve robusto e invencible a su isla querida; la otra es la historia de un príncipe que asesina a su padre, desposa a su madre y se quita los ojos para no ver lo que han hecho sus manos. Estas dos historias podrían ser una y la misma.
El día en que Telémaco se despertó con vértigo, Ulises ya se había apostado, disfrazado de mendigo, en el umbral de una de las puertas de su ansiado palacio. Enfrente, el corro amenazante de los pretendientes ya vaciaba rojas copas y fuentes rojas y llenaba el salón con el estruendo de sus risas carniceras. Nadie vio al príncipe bajar las escaleras, ni acercarse, con una sonrisa, a una de las mesas, ni echar un vistazo, sin duda comprometedor, hacia el umbral, pues ese muchacho tímido no podía –ni podría nunca– con ellos. Unos decían que sus numerosos viajes –que se querían diligencias políticas– eran meras dispersiones de un príncipe presa del tedio; otros, no dudaban en afirmar que eran indignas formas de volver la espalda a la infamia que Penélope sufría, día y noche, en la casa de Ulises.
¿Cómo hacerles ver a estos cerdos –pensaba Telémaco– que en las islas he conocido el esplendor del poder? ¿Que los reyes, como los dioses, miran siempre hacia el porvenir? ¿Que detrás de cada rey veía yo una cara, y era la mía? ¿Que al contemplar, en mi último viaje, la puesta de sol, he visto mi pronta inmersión en la sangre? ¡Malditos cerdos, devorad y revolcaos de risa, porque ha llegado la hora de la siega!
La historia la escriben los vencedores –y la escriben como les gusta. La victoria del viejo Ulises no puede entenderse sin el socorro divino; pero si el hombre le es fiel a la divinidad, ¿qué ansiedad consoladora atribuye fidelidad al dios –o a la diosa–? ¿La presencia de la golondrina –y no del búho– durante la escena de la matanza, no es acaso el emblema secreto de la primavera que fundan esas muertes?
Ya bañada la gran sala con los cuerpos flácidos de los pretendientes, Ulises mira, impotente y sin flechas, el brillo íntimo de la espada que blande, salpicado de sangre, un muchacho radiante, y piensa en vano que no lo conoce; Telémaco mira al viejo y sólo ve encarnada la infinita espera.
La historia la escriben los vencedores –y la escriben como les gusta. El parricidio y el incesto manchan incontables páginas de
Yo quiero la gloria –piensa Telémaco, la cara manchada de sangre–, no la infamia. Así, para las generaciones venideras, yo seré Ulises, que ha vuelto de infinitos naufragios para vencer; yo seré Ulises, que, disfrazado de mendigo, ha dado muerte a los pretendientes de Penélope; yo seré Ulises y Telémaco será el hijo paciente y leal que todos anhelamos en silencio. Nadie sabrá que en el tálamo conyugal no es el amor eterno, sino la realeza carnal, lo que se ramifica.
Ulises no llegó a cambiar los andrajos por el manto púrpura, no dejó nunca de ser Nadie.
Pero quizá Nadie es un nombre fraguado por el poder, una llave secreta para abrir la historia detrás de la historia. Quizá Nadie es la máscara verbal y el alivio de un hombre detrás de Ulises.
Entonces, todo sería un quitarse los ojos para no ver y no ser visto. Entonces, todo sería un quitarse los ojos para no ver lo que hacen –más allá del bien y del mal, más acá de la terrible belleza– las manos del hombre.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Concurso internacional de relato breve Tinta Fresca


