Un viaje inacabable con infinitas escalas y controles de seguridad, una cola inabarcable de almas en tránsito perpetuo, cuerpos que no van a ninguna parte ni vienen de ningún lugar, porque jamás salieron ni saldrán de zonas de embarque y de asientos estrechos con olor a vómito. Eso es el infierno.
sábado, 21 de agosto de 2010
jueves, 19 de agosto de 2010
Rendez-vous
(Respondiendo al pedido de algunos amigos, he aquí una muestra de El fuego y la fábula, libro publicado el 29 de julio pasado. Es un cuento de la sección « Viajes ». Espero que logre abrir el apetito del lector...)
Toulouse, 25 de abrilQuerido amigo:
Aunque no lo creas, hoy he visto al diablo.
No es una mujer hermosa. No es un anciano venerable, ni mucho menos uno de esos engendros que pueblan la Biblia y los tratados de demonología.
Es una nena; sí, una nena que espera frente a la panadería. Lleva un vestido raído, unos zapatitos negros, el pelo recogido, y esos ojos como brasas miran fijos la vitrina llena de panes y de dulces. Me inclino sobre ella, le pregunto: "¿Y tu papá?”
Entonces, en un relámpago de hambre, me mira y mira las bolsas llenas de pan y de dulces. Esos ojos me miran, amigo, y me sujetan de inmediato las entrañas. “Quiero...”, dice, y señala las bolsas.
Nada más decirlo –me pregunto si en verdad lo dijo o si lo adiviné en su mirada–, meto la mano en una de las bolsas y saco lo mejor del pan y de los dulces.
La impaciencia de los mordiscos, del tragar ansioso, sin tregua, me llega al estómago hastiado, trabajado por los jugos gástricos. “¿Y tu papá?”, insisto.
Por toda respuesta, ella me tiende una mano tímida primero, torpe después, y finalmente tembleque –no sé si de goce o de vergüenza–. Y he aquí el sol de mediodía sobre nosotros, haciendo más desiertas las calles del domingo polvoriento.
No puedo evitar un estremecimiento al ver esas uñas negras, llenas de un emplasto parecido a la tierra y a la sangre, agarrarse del pan como de una rama en su caída hacia el abismo. “Me las comí”, dice ella, casi roja de vergüenza.
Más rojo yo, echando vistazos significativos hacia el interior de la panadería, le tiendo finalmente la mano, decidido a llevarla al albergue o a la gendarmería o al hospital o adonde sea que uno debe llevar a una nena así.
Pero le gustó mi casa. ¿De qué habrá servido que le dorara la píldora a la puerta de la gendarmería, frente al albergue, a las gradas marchitas del hospital? Un llanto incontenible, salido de madre y lleno de unos chillidos de la entraña del alma, regaba las aceras, la calzada vacía, trepaba como yedra hasta los balcones abiertos, publicando mi desgracia. En cambio, a la vista de mi pobre apartamento, de nuevo las brasas encendidas –agradecidas– y los zapatitos sobre el parqué antes de balancearse suspendidos del sillón de mis lecturas.
Tú sabes mejor que nadie, amigo mío, el vacío que tengo en las manos, en los pasos, desde hace tanto tiempo. La presencia puede borrarse –no la ausencia. Y te confieso que las manos y los pasos de mi hija y de su madre poblaron mi casa, casi físicos, hasta el día de hoy.
Tú sabes mejor que nadie que sería incapaz de hacerle daño a nadie –y menos a una niña–. Fíjate bien, entonces, en cómo sucedieron las cosas.
Bueno, llega la hora de cenar y la nena no se ha movido de su sitio. Mira fijamente el parqué, sin pestañear, casi sin respirar. Se derraman las sombras del anochecer y parece extasiada.
Unos escriben que el demonio habla latín; otros, que mezcla el italiano y el español. Lo cierto es que el demonio no habla. Desdeñoso del lenguaje humano, no condesciende a las palabras. No obstante, sabe hacerse oír mágicamente.
La prueba: susurrante cada sílaba, impregnada la voz por la saliva, sale de sus finos labios, sí, de su boquita inocente, una terrible amenaza. Se dirige a mí, lo sé. Estoy preparando la cena y levanto la vista y sorprendo sus ojos fijos en mis ojos. Bajo la vista; hago de cuenta que no he oído nada. Y el cuchillo sigue cortando los instantes en nerviosas rajas de silencio. “¿No quieres ducharte?”, me animo después de un silencio lleno hasta el borde.
Y, al volver en mí, la nena sale ya de la ducha, con una toalla envuelta en el cuerpecito, y otra, a manera de turbante, en la cabeza. Al quitársela, me deslumbra la cascada rubia de su pelo. ¡Cómo estaría de sucia para engañar a estos ojos mortales!
A la mesa, veo que agarra una muñeca. No es sólo una muñeca. Siento vértigo de sólo verla, después de años, a la mesa. “¿No tienes hambre?”, le pregunto.
Por toda respuesta, la nena aprieta –estruja– la muñeca contra su pecho. “¿No tienes hambre?”, repito con un hambre sin nombre.
Por toda respuesta, la nena balancea sus piernas desnudas. Entonces se oye, extraño tictac, el sonido pegajoso de sus pies descalzos sobre el parqué. “¿Tienes papá?”, le pregunto.
No contesta. Mira fijamente el salero y balancea las piernas desnudas. A unos metros, veo los zapatitos rotos, vacantes. Al volver la vista me doy cuenta de lo irremediable.
Ya le ha abierto la boca a la muñeca. Ya le ha abierto, con la punta del cuchillo, una brecha que sangra su inocente contenido. Y sin mover los labios, la llama por su nombre: “Josefina”, dice (pero sin decirlo) y le mete sal por la pobre boca de trapo. “¿Cómo sabes su nombre?”, le grito, eufórico de pronto.
Fogatas prendidas por un viento infernal, esos ojos me miran como si quisieran crucificarme. En un impulso ciego, el diablo destapa el salero y derrama toda la sal sobre la comida. Me asalta entonces (aún me atormenta) el penetrante olor del azufre. Y aunque no lo creas, en la montaña de sal humeante, distingo el rostro de mi hija que grita desaforada.
Pero me despierta el ruido de un plato hecho añicos y el llanto –el rugido– que atrae como un imán a la vecina. Y cuando me fijo, veo a la nena con la toalla en los pies y un alarido implacable en el pecho desnudo. Y cuando me fijo, tengo al vecindario a la puerta, que me mira con asco, al tiempo que los gendarmes me sacan a empellones de mi propia casa.
Nadie quiere oír lo que tengo que contar. Hasta el abogado me dijo con sorna: “Siga así: el asilo es mejor que la cárcel”. Como si fuera poco, soy latino. Y para colmo de males, todos creen que no existes, sólo porque no contestas al teléfono. Ya lo sé, no he dado signos de vida en meses, pero no olvides, François, que eres mi único amigo.
Seré viudo, huraño, todo lo que tú quieras; pero eso sí: no estoy loco. Locos están aquellos que se persignan al oír el nombre de Satán de mi boca ensangrentada por los golpes. Porque cuando lo has visto cara a cara, sabes –en un relámpago– que Dios no existe. Y en la noche de la celda brilla como nunca Su terrible ausencia.
Aunque no lo creas, hoy he visto al diablo.
No es una mujer hermosa. No es un anciano venerable, ni mucho menos uno de esos engendros que pueblan la Biblia y los tratados de demonología.
Es una nena; sí, una nena que espera frente a la panadería. Lleva un vestido raído, unos zapatitos negros, el pelo recogido, y esos ojos como brasas miran fijos la vitrina llena de panes y de dulces. Me inclino sobre ella, le pregunto: "¿Y tu papá?”
Entonces, en un relámpago de hambre, me mira y mira las bolsas llenas de pan y de dulces. Esos ojos me miran, amigo, y me sujetan de inmediato las entrañas. “Quiero...”, dice, y señala las bolsas.
Nada más decirlo –me pregunto si en verdad lo dijo o si lo adiviné en su mirada–, meto la mano en una de las bolsas y saco lo mejor del pan y de los dulces.
La impaciencia de los mordiscos, del tragar ansioso, sin tregua, me llega al estómago hastiado, trabajado por los jugos gástricos. “¿Y tu papá?”, insisto.
Por toda respuesta, ella me tiende una mano tímida primero, torpe después, y finalmente tembleque –no sé si de goce o de vergüenza–. Y he aquí el sol de mediodía sobre nosotros, haciendo más desiertas las calles del domingo polvoriento.
No puedo evitar un estremecimiento al ver esas uñas negras, llenas de un emplasto parecido a la tierra y a la sangre, agarrarse del pan como de una rama en su caída hacia el abismo. “Me las comí”, dice ella, casi roja de vergüenza.
Más rojo yo, echando vistazos significativos hacia el interior de la panadería, le tiendo finalmente la mano, decidido a llevarla al albergue o a la gendarmería o al hospital o adonde sea que uno debe llevar a una nena así.
Pero le gustó mi casa. ¿De qué habrá servido que le dorara la píldora a la puerta de la gendarmería, frente al albergue, a las gradas marchitas del hospital? Un llanto incontenible, salido de madre y lleno de unos chillidos de la entraña del alma, regaba las aceras, la calzada vacía, trepaba como yedra hasta los balcones abiertos, publicando mi desgracia. En cambio, a la vista de mi pobre apartamento, de nuevo las brasas encendidas –agradecidas– y los zapatitos sobre el parqué antes de balancearse suspendidos del sillón de mis lecturas.
Tú sabes mejor que nadie, amigo mío, el vacío que tengo en las manos, en los pasos, desde hace tanto tiempo. La presencia puede borrarse –no la ausencia. Y te confieso que las manos y los pasos de mi hija y de su madre poblaron mi casa, casi físicos, hasta el día de hoy.
Tú sabes mejor que nadie que sería incapaz de hacerle daño a nadie –y menos a una niña–. Fíjate bien, entonces, en cómo sucedieron las cosas.
Bueno, llega la hora de cenar y la nena no se ha movido de su sitio. Mira fijamente el parqué, sin pestañear, casi sin respirar. Se derraman las sombras del anochecer y parece extasiada.
Unos escriben que el demonio habla latín; otros, que mezcla el italiano y el español. Lo cierto es que el demonio no habla. Desdeñoso del lenguaje humano, no condesciende a las palabras. No obstante, sabe hacerse oír mágicamente.
La prueba: susurrante cada sílaba, impregnada la voz por la saliva, sale de sus finos labios, sí, de su boquita inocente, una terrible amenaza. Se dirige a mí, lo sé. Estoy preparando la cena y levanto la vista y sorprendo sus ojos fijos en mis ojos. Bajo la vista; hago de cuenta que no he oído nada. Y el cuchillo sigue cortando los instantes en nerviosas rajas de silencio. “¿No quieres ducharte?”, me animo después de un silencio lleno hasta el borde.
Y, al volver en mí, la nena sale ya de la ducha, con una toalla envuelta en el cuerpecito, y otra, a manera de turbante, en la cabeza. Al quitársela, me deslumbra la cascada rubia de su pelo. ¡Cómo estaría de sucia para engañar a estos ojos mortales!
A la mesa, veo que agarra una muñeca. No es sólo una muñeca. Siento vértigo de sólo verla, después de años, a la mesa. “¿No tienes hambre?”, le pregunto.
Por toda respuesta, la nena aprieta –estruja– la muñeca contra su pecho. “¿No tienes hambre?”, repito con un hambre sin nombre.
Por toda respuesta, la nena balancea sus piernas desnudas. Entonces se oye, extraño tictac, el sonido pegajoso de sus pies descalzos sobre el parqué. “¿Tienes papá?”, le pregunto.
No contesta. Mira fijamente el salero y balancea las piernas desnudas. A unos metros, veo los zapatitos rotos, vacantes. Al volver la vista me doy cuenta de lo irremediable.
Ya le ha abierto la boca a la muñeca. Ya le ha abierto, con la punta del cuchillo, una brecha que sangra su inocente contenido. Y sin mover los labios, la llama por su nombre: “Josefina”, dice (pero sin decirlo) y le mete sal por la pobre boca de trapo. “¿Cómo sabes su nombre?”, le grito, eufórico de pronto.
Fogatas prendidas por un viento infernal, esos ojos me miran como si quisieran crucificarme. En un impulso ciego, el diablo destapa el salero y derrama toda la sal sobre la comida. Me asalta entonces (aún me atormenta) el penetrante olor del azufre. Y aunque no lo creas, en la montaña de sal humeante, distingo el rostro de mi hija que grita desaforada.
Pero me despierta el ruido de un plato hecho añicos y el llanto –el rugido– que atrae como un imán a la vecina. Y cuando me fijo, veo a la nena con la toalla en los pies y un alarido implacable en el pecho desnudo. Y cuando me fijo, tengo al vecindario a la puerta, que me mira con asco, al tiempo que los gendarmes me sacan a empellones de mi propia casa.
Nadie quiere oír lo que tengo que contar. Hasta el abogado me dijo con sorna: “Siga así: el asilo es mejor que la cárcel”. Como si fuera poco, soy latino. Y para colmo de males, todos creen que no existes, sólo porque no contestas al teléfono. Ya lo sé, no he dado signos de vida en meses, pero no olvides, François, que eres mi único amigo.
Seré viudo, huraño, todo lo que tú quieras; pero eso sí: no estoy loco. Locos están aquellos que se persignan al oír el nombre de Satán de mi boca ensangrentada por los golpes. Porque cuando lo has visto cara a cara, sabes –en un relámpago– que Dios no existe. Y en la noche de la celda brilla como nunca Su terrible ausencia.
jueves, 12 de agosto de 2010
El hombre que cagaba plata
Érase una vez, en un lugar de cuyo nombre ya nadie quiere
acordarse, una pareja de lo más pobre que, por accidente, tuvo a un enésimo hijo
que se convirtió, con el paso del tiempo, en el hombre más rico del mundo.
Este hecho de por sí insólito tuvo su origen y desarrollo
en otro aún más increíble, pues desde muy temprana edad el niño cagaba plata. Dicho
en otros términos, la criatura no salía nunca del baño sin un fajo de billetes
en la mano. Naturalmente, el lector ya sabrá a quién me refiero.
¿De qué nacionalidad era, al principio, la plata? Todo es
relativo. Dicen las malas lenguas (que en realidad son buenas, pues ayudan a
llenar los blancos de la Historia) que si el nene comía comida criolla, daba
pesos; que si engullía sushi, daba yens; que si se deleitaba con una buena
hamburguesa, luego salía triunfante del trono con dólares tan verdes y nuevos
como ya no se ve en ninguna parte, salvo tal vez (ordenados dentro de un eterno
maletín negro) en las viejas películas de gánsteres y mafiosos.
Pronto el chico fue globalizado por partida doble: por un
lado, devoraba una variedad alucinante de comidas del mundo, aunque siempre en
función del cambio del día y, a veces, de los caprichos de los padres
fascinados por el prodigio; por otro, conforme se fortalecía el dólar, el
adolescente se fue especializando en el fast food.
Como es de dominio público, el hombre terminó siendo la
imagen viva del globo terráqueo, no sólo por obeso sino porque, cubierto de
rojos archipiélagos y cráteres blancuzcos, reflejaba en carne viva –y esto no
escapó a los caricaturistas de la prensa– la riqueza natural de nuestro
planeta.
Pero dicen que a pesar de todo fue feliz, y dicho de
paso, es lo que emana de la célebre foto, tomada por un paparazzo, en
que –sonriente bajo la lluvia de flashes– sale de una discoteca del brazo de
cierta ex Miss Universo (quien, en ese momento –pero esto lo confesó más
tarde–, sólo le ayudaba a subir un escalón). Además, si no creció de modo
conveniente, en cambio sí se reprodujo como Dios manda, multiplicándose en una
gran familia de multinacionales, que se implantaron en la India, la China y la
Cochinchina, fruto de sucesivas deslocalizaciones, las cuales generaban
ganancias tan espectaculares, que hasta suplían por sí solas las crecientes
lagunas originadas por la caída drástica de su productividad anual (palabra
esta última –acotan ciertos especialistas jocosos– en que es legítimo omitir la
u, si se piensa que el problema se debía únicamente al estreñimiento crónico
que lo aquejaba).
Un buen día, no obstante, resultó inútil la acción
conjunta del ejército de médicos que lo atacaba a diario en su mansión,
recetándole drogas variopintas –y en muchos casos, como más tarde señalaron los
forenses, ilegales y todo–, pues ya nada que se hubiera inventado en
farmacéutica parecía surtir efecto en aquel elefante cansado. De modo que, en
cuestión de meses, el hombre se consumió hasta semejar un perro raquítico. Y
así sucesivamente hasta el jueves aciago en que se supo que había cagado el
último billete y se nos vino encima la crisis financiera y negros nubarrones se
cernieron sobre el mundo.
Guillermo A. Ruiz Plaza
lunes, 2 de agosto de 2010
Sobre El fuego y la fábula
A continuación, dos textos sobre el libro de cuentos El fuego y la fábula. El primero pertenece a Sebastián Antezana (Premio Nacional de Novela 2008) y el otro, a William Camacho (Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo 2006). Gracias a ambos por la generosidad en el momento de escribir estos textos.
"Guillermo-Augusto Ruiz ha adoptado un compromiso, el de explorar con intensidad y acierto los caminos que su intuición le señala, en este caso aquellos en que los límites genéricos se muestran difusos, olvidados tras la avasalladora fuerza de un discurso ficcional de alto impacto y despojado de temor ante el hecho de volver a visitar un espacio quizás complicado después de la marea y reflujos del boom y la generación McOndo: el relato fantástico. Así, tomándole el pulso al núcleo generador dela literatura, aquel simple y definitivo gesto de narrar historias, los personajes que se muestran en sus páginas, a caballo entre el misticismo y el horror, la revelación de lo sobrenatural y la sugerencia macabra, describen constantes que definen al hombre moderno y al hombre de todos los tiempos: la fascinación ante la muerte, el poder de la cotidianeidad en cuanto constante motivo de asombro, el goce ante el absurdo, la múltiple, maravillosa y terrible profundidad del ser. Desde el encuentro casual y el romance que conducen a la perdición, desde la confusión burocrática que concluye en una visita fluctuante entre la vida y la muerte, hasta la cercanía de la exclusión social y la locura, El fuego y la fábula nos lleva de la mano por lo mejor que la literatura puede ofrecer: historias honestas, bien trabajadas y a momentos capaces de transformarnos en sus propios personajes."
Sebastián Antezana
"La primera impresión que dejan estos cuentos es “geográfica”: los ubicamos en la frontera que separa lo real de lo sobrenatural. Y en eso radica el primer mérito del libro, pues logra incorporar, en el imaginario del lector, un espacio distinto del que convencionalmente denominamos realidad. Individualmente, la primera sensación que provocan es miedo; no lo entendemos, sólo lo sentimos, tan natural como el flujo de la narración, que poco a poco va configurando estados o ambientes en los que el suceso fantástico se magnifica, removiendo humores hasta profanar la certeza lógica de lo racional y consagrar la incertidumbre caótica de lo sensorial. En conjunto, la sensación deviene angustia, temor opresivo generado por la inestabilidad de lo real o, más bien, por lo difuso de sus límites. Ese es otro mérito de El fuego y la fábula: la angustia implica el cuestionamiento de lo establecido y, por ende, la posibilidad de ampliar nuestra concepción del mundo y sus misterios. Borges decía que la eternidad es el pasado, el presente y, también, el futuro —que todavía no ha sido creado, pero igual existe—. En ese sentido, los cuentos de Guillermo-Augusto Ruiz plantean que la realidad está conformada por lo evidente, lo aparente, lo sugerente, lo imaginario y también lo desconocido, ya que el desconocimiento de lo otro no implica su inexistencia. Así, a través de una narración prolija —donde el esmerado trabajo de lenguaje corona una escritura de alto vuelo poético—, El fuego y la fábula nos introduce en un espacio de la realidad que no vemos —o no queremos ver—, no conocemos —y preferimos desconocer—, pero sí transitamos cotidianamente sin darnos cuenta, pues lo otro está en un reloj descompuesto, el excremento de un perro, la inocencia de una niña, el lunar de la abuela, un joyero de cedro, la bocina de un minibús, el gato de la amante o un libro de cuentos."
Willy Camacho S.
REFERENCIA
Ruiz, Guillermo-Augusto (2010). EL FUEGO Y LA FABULA. La Paz: Editorial Gente Común.
jueves, 29 de julio de 2010
Presentacion del libro de cuentos El fuego y la fábula

LA EDITORIAL GENTE COMUN Y EL ESPACIO SIMON I. PATIÑO TIENEN EL HONOR DE INVITARLO A LA PRESENTACION DEL LIBRO DE CUENTOS -GANADOR DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA SANTA CRUZ DE LA SIERRA 2009- EL FUEGO Y LA FABULA, DE GUILLERMO-AUGUSTO RUIZ. LA PRESENTACION SE LLEVARA A CABO EN EL ANEXO DEL ESPACIO SIMON I. PATIÑO (AV. ECUADOR, ESQ. BELISARIO SALINAS), EN LA CIUDAD DE LA PAZ, HOY JUEVES 29 DE JULIO A PARTIR DE LAS 19H. HABRA VINO DE HONOR. LOS ESPERAMOS.
domingo, 11 de julio de 2010
Memoria del vértigo
Las pupilas ascienden
en alta caída.
Memoria del vértigo
Eduardo Mitre
en alta caída.
Memoria del vértigo
Eduardo Mitre
El tiempo no es un transcurso impermeable, sino la percepción creadora que la conciencia –la laberíntica conciencia– proyecta sobre la realidad. En otras palabras, el tiempo no es una cosa ni un medio, sino el acto nuestro de cada día. Esta verdad que nos legó Bergson pude experimentarla en carne propia gracias a un viaje, que aún no termina, y a la ciudad de La Paz.
Cuando llegué a Toulouse, Francia, en septiembre de 2001, todo me pareció nuevo, pequeño, pulido, como de juguete. Recuerdo que escribí, desdeñoso, hablando de esta ciudad: Es como si sus vidrios no pudiesen cortarme. Meses antes, había adoptado la costumbre de salir de la U.M.S.A., para luego remontar –la mochila al hombro en noche cerrada– la Seis de Agosto, todo el Prado, subir hasta la Plaza Murillo, perderme en las calles que siguen subiendo, y volver a bajar, entrar en alguna librería, después seguir hasta la plaza San Francisco donde solía encontrar un sitio libre en algún trufi –casi siempre entre el conductor y algún señor de respetable bigote y bastón que, indefectiblemente, se me hincaba en las costillas–, iniciando así el descenso de nuestra ínclita montaña rusa, cuyas curvas vertiginosas –sobre todo, las de Kantutani–, resultaban más intensas cuando, crujiente en la radio que captaba mal la estación, una buena cumbia las acompañaba, dotándolas de ritmo festivo. Con todo, recuerdo esos descensos de vértigo como un adentrarme en aguas pasivas, un entrecerrar los ojos y dejarme caer, acunado por las luces que se iban encendiendo más allá de las curvas, en ese magma eléctrico que es La Paz, de noche, a los pies del Illimani.
El ascenso era otro cantar. Temprano, para ir a la U, me subía al micro y le decía al conductor: Hasta la Avenida Arce. Estudiante. Entonces el maestro asentía de perfil sin comprobar mi pinta de universitario, yo le depositaba en la mano la módica suma de veinte centavos y me dirigía al fondo del inmenso vehículo. (Nunca más he visto nada semejante, los buses de aquí son largos, pero muy estrechos; los micros, en cambio, tienen pasillos de palacio, asientos amplios como de calesa real y, a esa hora, iban casi vacíos.) Me acomodaba, como he dicho, en el fondo del micro, al lado de la ventanilla y, sin demora, sacaba mi libro (en ese primer año de U descubrí a Paz, Girondo, Vallejo, al Neruda de Residencia en la tierra, y no esperaba más que el instante de sentarme y reanudar la lectura). En estas circunstancias, y conforme el micro se esmeraba en no avanzar, me iba ganando un estado tan dionisíaco como ascético. Dionisíaco por la secreta fiesta de los sentidos; ascético por el pudor del goce, la humildad de sus medios. Era como estar sentado a la sombra de un árbol, oyendo el rumor del agua. Y el río que se movía –tan paulatinamente– a mi lado, tras los vidrios sucios, era la ciudad. Podía sentir su presencia, sus olores filtrándose por las rendijas de la ventanilla –humos de motores averiados, frituras de buñuelos y vapores de Api–, y ver el flujo –allí abajo– de los trufis, taxis, minibuses, trazando en el asfalto estelas de humo negro. El micro subía con un esfuerzo tembloroso de metales destartalados y, en virtud de la parsimonia del motor, las frecuentes paradas –precedidas por un leve chirrido– pasaban desapercibidas para el lector que, viajando casi inmóvil, soñaba ya con la tucumana (con harto ají, caserita) de mediodía. La verdad es que siempre me bajaba del micro con la sensación de estar perdiendo algo –tal vez la ilusión de un tiempo dentro del tiempo, la falacia de que la sucesión puede detenerse–. Ahora sé que no era más que un ocioso a quien, precisamente, le sobraba tiempo.
Este sube y baja constante y ruidoso es lo primero que extrañé en el viejo continente. Toulouse, como la gran mayoría de las ciudades europeas, es una llanura de calles y avenidas sin norte ni sur. La sensación de ascender y de descender desaparece, y sólo queda el intrincado ramaje de las callejas o bien, en la periferia, el nido de culebras de las autopistas. Como he dicho, nada me parecía real, pues me resultaba demasiado bonito, demasiado limpio, como de plástico. La realidad tenía que ser áspera y vertiginosa, o no ser. Así descubrí el tiempo de Bergson: miraba Toulouse y, en un relámpago, recordaba –veía– La Paz. La proyectaba. (Tal vez de esta forma abría un tercer tiempo, el del regreso.) Al mirar uno de estos buses fantasma, blancos y asépticos, que se deslizan en silencio por las avenidas, veía el micro de mis lecturas, traqueteando sus metales de colores orgullosos y arrancándole los últimos estertores al motor. Al mirar el asfalto impecable de las veredas tolosanas, veía aceras rotas, desniveles resbalosos, gradas de piedra gastada, astillada en los bordes, grietas abruptas tentando al distraído. Cuando miraba el Garona, ancho y magnífico, caudaloso y verde de aguas, veía el Choqueyapu. Esto implicaba varias visiones: al mirar una onda verde, veía un eructo en la superficie del agua turbia, corriendo entre promontorios de basura; al mirar a un esquiador acuático tirado por una lancha a motor, veía las sombras de los niños, al anochecer, saltando de isla en isla, entre los bidones de plástico y la ropa puesta a secar; de tal forma que, al mirar el agua inquieta, veía la fijeza de la tierra, de mi tierra. Frente al Garona, redescubrí el Choqueyapu: supe lo excepcional que es este río no-río, que se abre paso entre el fango y la basura, en delgadísimos brazos de agua color café. Un río sin agua. Eso era. Aunque sabía –o tal vez precisamente por eso– que no era veraz, la idea me gustó. Abro un cuaderno de esa época, recorro sus páginas borroneadas y, debajo del título “Choqueyapu”, encuentro estas líneas:
Explosiones de excremento, excavaciones concéntricas. Alguien se busca en ese tiempo sin tiempo. Alguien extrema la sangre en un estertor de bocas nocturnas. Huérfano, alguien enluta el semen de Dios. Inútil mirar al cielo cuando en las aguas sin agua alguien busca[1].
Con el paso de los años descubrí que Toulouse puede ser muy sucia y que, en el Garona, se puede ver ratas radioactivas con ojos fosforescentes, grandes como perros. Pero esa ya es otra historia. Sólo quise compartir el tiempo particularmente híbrido (¿qué tiempo es puro?) que viví en esa primera época en Toulouse: mis aguas partidas entre dos espacios y dos tiempos. Un ejemplo vivido de cómo hacemos el tiempo –conciencias polifónicas y creadoras– cuando los ríos corren ajenos, y los relojes se desgastan en círculos.
¿Qué pasó después? Apenas si vale la pena decirlo. Poco a poco, como era de esperarse, el presente –la fiesta de los sentidos– retomó el control de mi conciencia. Pero hay relámpagos que perduran, ausencias que acompañan; la de La Paz es grande. Porque vivo, trato de vivir el Carpe Diem, y procuro huir de la memoria del vértigo, y es un goce saber que es inútil.
[1] ¿Quién se busca? ¿Quién busca? La vida es un río sin agua; el tiempo, nuestro tiempo, prescinde del líquido, la arena o las agujas. En este vacío buscamos y nos buscamos. Este el semen de Dios, dividido entre el día y la noche. Inútil mirar al cielo; aquí está nuestro abismo.
martes, 15 de junio de 2010
Apuntes caníbales
Sobre La carretera, de Cormac McCarthy
En esta gran novela, con la que el estadounidense Cormac McCarthy ganó el premio Pulitzer 2007, se reactualiza de forma impresionante una problemática relegada, desde hace tiempo ya, ora al exotismo, ora a la patología: la del canibalismo. En efecto, La carretera sitúa el problema de la antropofagia en el centro mismo de una poderosa reflexión sobre el humanismo.
Llega otro invierno. El fin del mundo ya es historia. Nadie sabe lo que realmente pasó o, quizá, a nadie le interese. ¿Qué importa el pasado histórico cuando el hambre –un hambre tan urgente como corrosiva– le recuerda al hombre su verdadera prioridad? En efecto, esta situación final retrotrae al hombre a su origen primitivo (In my end is my beginning, escribió T.S. Eliot): el instinto de supervivencia a ultranza. Sí, el apocalipsis ha tenido lugar, pero éste ha perdido totalmente su sentido de revelación para quedarse con el de fin del mundo. De corte definitivo. No hay revelación ni la habrá en toda la novela. La verdadera razón del fin del mundo nunca es elucidada, y el lector debe limitarse a adivinar un conflicto nuclear, sumado tal vez a los efectos devastadores del cambio climático. Sin embargo, conforme avanza en esa carretera desolada con los héroes, va realizando que el meollo de la novela no consiste en qué pasó ni en el porqué. No hay respuestas, sólo preguntas. Y sobre todo una que, me parece, el poeta francés Henri Michaux formuló en uno de sus magníficos fragmentos:
Al decir “la civilización occidental”, piensas en “tu civilización”. Si permanecieras solo en la tierra, aunque ésta estuviera intacta todavía (y aun con algunos de tu especie), ¿qué es lo que lograrías hacer funcionar nuevamente de “tu” civilización? (Poteaux d’angle, 1981. La traducción es mía.)
La reflexión de Michaux es llevada al extremo en la ficción de MacCarthy. No es sólo la civilización occidental la que desaparece, sino toda civilización. La tierra, lejos de estar intacta, ha quedado reducida a un soporte, vacío y hostil, propicio para la muerte. Pero, en el fondo, ambos autores plantean la misma pregunta: ¿Qué queda de un ser civilizado cuando cae el telón de la civilización? ¿Acaso todo lo que creemos “nuestro” –identidad, cultura, conciencia– pende de un hilo?
Es invierno. Un hombre y su hijo avanzan tomados de la mano, tan épicos como patéticos, por una carretera hacia la costa sureña de un territorio devastado por el fuego, la hambruna, las enfermedades, pero también el saqueo y la anarquía. ¿Por qué hacia el sur? ¿Por qué hacia la costa? Al parecer, en el hombre titila la esperanza de encontrar un clima en que resultaría posible sobrevivir; también siente el deseo de que su hijo (nacido durante el apocalipsis) vea el mar por primera vez. Secretamente, adivinamos que el hombre busca un motivo para no matar al niño. Estas dos razones, física y metafísica respectivamente, los empujan por el camino, en una verdadera peregrinación hacia ninguna parte.
El frío y la humedad resultan opresivos. La lluvia eterna de la ceniza borra los contornos de las cosas, cubre la nieve abundante, ensuciándola. El sol es anémico y fantasmal. Ya no calienta. Ya no hay pájaros ni peces ni animales terrestres. Su presencia queda relegada a los pocos libros que la entrañable pareja lleva en un carrito de supermercado (vestigio irónico, desportillado recuerdo del consumismo, que acabó por devorar el mundo) junto con sus pocas pertenencias –entre las cuales, cuando tienen suerte, brillan latas de conserva halladas por milagro durante alguna de sus arriesgadas pesquisas en las ruinas–.
Precisamente, este riesgo, constante y ubicuo, consiste en la posibilidad de toparse, en cualquier momento, con uno de esos gangs salvajes que asolan la carretera, las urbes ruinosas y los campos muertos a ambos lados del camino. Estos grupos están formados por hombres y alguna mujer (en general, embarazada), pero nunca por niños ni ancianos. Armados con tubos de hierro y algún arma de fuego, se desplazan en camiones desvencijados o a pie (la falta de gasolina es casi total), toman presos, los despojan, los violan y devoran. Al hombre le quedan sólo dos balas en el revólver, justo lo necesario para, eventualmente, pegarse un tiro y matar al niño antes de caer en las manos de los caníbales. Un día el hombre y su hijo llegan a una casa. Allí descubren una chimenea donde cuelgan ollas que, al parecer, han servido hace poco; arriba, entre otras cosas, encuentran una pila de zapatos. Tienen una sospecha, pero el hambre es superior a cualquier otro instinto. En la cocina, encuentran una trampa cerrada. El hombre rompe la cerradura, baja la escalera con el niño y, a la luz de su linterna, ambos descubren un verdadero ganado humano, esperando. Una persona, sentada en el centro, luce muñones en el inicio de brazos y piernas: los caníbales, se entiende, ahorran sus recursos, comiendo miembro por miembro y manteniendo viva, el mayor tiempo posible, a la res humana. Así pues, el canibalismo resulta de una necesidad, pero se revela como una nueva cultura: no salvajismo, sino cálculo y ahorro, cocina y medicina (la utilización del fuego para cocer la carne y la cauterización de las heridas).
Pero esta escena no me impresionó tanto como otra hacia el final de la novela. Es noche cerrada. Ya cerca de la ansiada costa sureña, el padre ve que un grupo de tres personas –dos hombres y una mujer con un embarazo avanzado– pasan no muy lejos, aunque sin notar su presencia. Decide esperar a que pasen y se alejen de ellos. Días después, halla en el camino los rescoldos de una fogata; sabe (no puede ser de otra manera) que se trata de los restos de ese trío. El olor de carne chamuscada precede el hallazgo. En ese momento, a padre e hijo, el olor de carne les resulta doloroso de tan rico; pero luego descubren, sobre las cenizas, los restos calcinados de un recién nacido. Entonces comprendemos porqué, en ese mundo pos apocalíptico, no hay niños. Y también porqué los pocos personajes que padre e hijo encuentran por el camino observan al niño ora con ansias, ora con asombro. Asombro al ver que el padre no se comió lo que, de alguna forma, le pertenece por derecho: su hijo, cuya carne podría ofrecerle la posibilidad de durar un poco más (en ese mundo, para no abusar del lenguaje, preferimos el verbo durar al de vivir).
Después de la Historia, después de la disolución total de las leyes sociales y, por tanto, morales, después de la última esperanza depositada en Dios o en el hombre o en la ciencia o en la Madre Naturaleza –la cual parece ensañarse con los últimos supervivientes, haciéndoles vivir rigores e inclemencias sin precedente, pero que, simple y llanamente, está muerta–, en el corazón del caos, donde casi todos los hombres comen carne de su propia carne y, así, anulan lo último que se pierde, es decir la esperanza, ¿cómo reflexionar sobre la ética?
A través de este canibalismo cultural y generalizado, McCarthy plantea el problema de la ética y el humanismo fuera de los campos social e histórico.
La novela, en efecto, divide a la humanidad en dos grupos: los antropófagos y los otros, una minoría, que llamaremos resistentes. Aun más allá de la esfera social, la ética es posible y necesaria, parece afirmar la historia del trayecto incansable, y al parecer absurdo, que llevan a cabo los protagonistas hacia la promesa del calor y la luz ilusoria de la costa, trayecto que también constituye una búsqueda tácita de otros resistentes. Así pues, el objetivo profundo del viaje es reanudar el lazo social, el cual resulta, en cierto modo, religioso (eso es, etimológicamente, la religión: ligar a las personas gracias a una creencia o un modo de vida). Reanudar con la cultura y el humanismo –el fuego prometeico– es una misión que, al padre, le da el ánimo de levantarse cada mañana, enfermo y cubierto de ceniza, para continuar la marcha hacia el sur. Y es por eso que padre e hijo se dicen portadores del fuego. Y es por eso que, en un momento dado, el padre le confiesa a un viejo encontrado a la vera del camino que, para él, su hijo es un dios. Qué peligroso, responde el otro de forma memorable, qué peligroso andar por esta carretera con un dios. Pues si dios –cualquier dios– es quien nos concede el día y la noche, es decir, el tiempo –por oposición a la duración desprovista de humanidad de los caníbales–, así como el ánimo –el ánima– de seguir, y la luz de la ética, la afirmación del padre no puede ser más certera.
Esta situación es llevada al límite de lo imaginable. El hombre, muy enfermo, se sabe condenado a corto plazo. El día que padre e hijo llegan al mar, descubren una extensión infinita de aguas grises que apenas se mueven. La playa está cubierta de cadáveres de peces y pájaros. El mar es una decepción. Pero, aun así, siguen caminando, siguen buscando comida, siguen acampando lejos de la ruta para no tener sorpresas fatales, siguen haciendo el fuego de campamento que los mantendrá con vida, una noche más, en el seno de esa noche eterna (la luz del día se reduce de forma inexorable, los árboles se caen solos, el oxígeno escasea). Aun en esas condiciones, padre e hijo siguen su camino, sobre la tierra muerta, irremediablemente.
El final de esta novela, que no voy a revelar, es tan misterioso como el principio (un acierto, pues el origen y el fin del hombre, que yo sepa, permanecen en la oscuridad). Sólo diré que, en un párrafo magnífico, desgajado sólo en apariencia de la historia, se nos habla de los seres que habitaron, alguna vez, bajo el agua, donde todo era más antiguo que el hombre. Se nos recuerda así que la humanidad no es más que un misterio dentro de otro mayor, que nos excede y que, sin duda, nos sobrevivirá. En él, somos un trazo nada más. Un trecho de camino. Un caminar en ese trecho. Un verbo en la noche.
Frente al nihilismo, esta fábula visionaria nos transmite, desnuda y fresca, la esencia del humanismo. Intensa metáfora de nuestro mundo, que devoramos sin ver la sangre humana correr en nuestras manos.
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