lunes, 27 de agosto de 2012

La patrona, de Roald Dahl


“La patrona” (“The landlady”, del libro Tales of the unexpected, 1979), del escritor británico Roald Dahl, es uno de los relatos más inquietantes y sugerentes que conozco. No me canso de releerlo. Si no lo han leído todavía, créanme, vale la pena detenerse ante esta calurosa ventana con el letrero: “Alojamiento y desayuno”. Pero eso sí, lo que pase dentro de la casa ya corre por su cuenta.


LA PATRONA
Roald Dahl

Billy Weaver había salido de Londres en el cansino tren de la tarde, con cambio en Swindon, y a su llegada a Bath, a eso de las nueve de la noche, la luna comenzaba a emerger de un cielo claro y estrellado, por encima de las casas que daban frente a la estación. La atmósfera, sin embargo, era mortalmente fría, y el viento, como una plana cuchilla de hielo aplicada a las mejillas del viajero.—Perdone —dijo Billy—, ¿sabe de algún hotel barato y que no quede lejos?—Pruebe en La Campana y el Dragón —le respondió el mozo al tiempo que indicaba hacia el otro extremo de la calle—. Quizá allí. Está a unos cuatrocientos metros en esa dirección. Billy le dio las gracias, volvió a cargar la maleta y se dispuso a cubrir los cuatrocientos metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado en Bath ni conocía a nadie allí; pero el señor Greenslade, de la central de Londres, le había asegurado que era una ciudad espléndida. «Búsquese alojamiento —dijo—, y, en cuanto se haya instalado, preséntese al director de la sucursal.»Billy contaba diecisiete años. Llevaba un sobretodo nuevo, color azul marino, un sombrero flexible nuevo, color marrón, y un traje también marrón y nuevo, y se sentía la mar de bien. Caminaba a paso vivo calle abajo. En los últimos tiempos trataba de hacerlo todo con viveza. La viveza, había resuelto, era, por excelencia, característica común a cuantos hombres de negocios conocían el éxito. Los jefazos de la casa matriz se mostraban en todo momento dueños de una absoluta, fantástica viveza. Eran asombrosos. No había tiendas en la anchurosa calle por donde avanzaba, sólo una hilera de altas casas a ambos lados, idénticas todas ellas Dotadas de pórticos y columnas, y de escalinatas de cuatro o cinco peldaños que daban acceso a la puerta principal, era evidente que en otros tiempos habían sido residencias de mucho postín. Ahora sin embargo, observó Billy pese a la oscuridad, la pintura de puertas y ventanas se estaba descascarillando y las hermosas fachadas blancas tenían manchas y resquebrajaduras debidas a la incuria. De pronto, en una ventana de taños bajos brillantemente iluminados por una farola distante menos de seis metros, Billy percibió un rótulo impreso que, apoyado en el cristal de uno de los cuarterones altos, rezaba: ALOJAMIENTO Y DESAYUNO. Justo debajo del cartel había un hermoso y alto jarrón con amentos de sauce. Billy se detuvo. Se acercó un poco. Cortinas verdes (una especie de tejido como aterciopelado) pendían a ambos lados de la ventana. Junto a ellas, los amentos de sauce quedaban maravillosos. Aproximándose ahora hasta los mismos cristales, Billy echó una ojeada al interior. Lo primero que distinguió fue el alegre fuego que ardía en la chimenea. En la alfombra, delante del hogar, un bonito y pequeño basset dormía ovillado, el hocico prieto contra el vientre. La estancia, en cuanto le permitía apreciar la penumbra, estaba llena de muebles de agradable aspecto: un piano de media cola, un amplio sofá y varios macizos butacones. En una esquina, en su jaula, advirtió un loro grande. En lugares como aquél, la presencia de animales era siempre un buen indicio, se dijo Billy; y le pareció quela casa, en conjunto, debía de resultar un alojamiento harto aceptable. Y a buen seguro más cómodo que La Campana y el Dragón. Una taberna, por otra parte, resultaría más simpática que una pensión: por la noche habría cerveza y juego de dardos y cantidad de gente con quien conversar; y además era probable que el hospedaje fuese allí mucho más barato. En otra ocasión había parado un par de noches en una taberna, y le gustó. En casas de huéspedes, en cambio, no se había alojado nunca, y. para ser del todo sincero, le asustaban una pizca. Su propio título le evocaba imágenes de aguanosos guisos de repollo, patronas rapaces y, en el cuarto de estar, un fuerte olor a arenques ahumados. Tras unos minutos de vacilación, expuesto al frío, Billy resolvió llegarse a La Campana y el Dragón y echarle un vistazo antes de decidirse. Se dispuso a marchar. Y, en ese instante, le ocurrió una cosa extraña: a punto ya de retroceder y volverle la espalda a la ventana, súbitamente y de forma en extremo singular vio atraída su atención por el rotulito que allí había. ALOJAMIENTO Y DESAYUNO, proclamaba. ALOJAMIENTO Y DESAYUNO, ALOJAMIENTO Y DESAYUNÓ, ALOJAMIENTO Y DESAYUNO. Las tres palabras eran como otros tantos grandes ojos negros que, mirándole de hito en hito tras el cristal, le sujetaran, le obligasen, le impusieran permanecer donde estaba, no alejarse de aquella casa; y, cuando quiso darse cuenta, ya se había apartado de la ventana y, subiendo los escalones que le daban acceso, se encaminaba hacia la puerta principal y alcanzaba el timbre. Pulsó el llamador, cuya campanilla oyó sonar lejana, en algún cuarto trasero; y enseguida —tuvo que ser 
enseguida,
pues ni siquiera le había dado tiempo a retirar el dedo apoyado en el botón—, la puerta se abrió de golpe y en el vano apareció una mujer. En condiciones ordinarias, uno llama al timbre y dispone al menos de medio minuto antes de que la puerta se abra. Pero de aquella señora se hubiera dicho que era un muñeco de resorte comprimido en una caja de sorpresas: él apretaba el botón del timbre y... ¡hela allí! La brusca aparición hizo respingar a Billy. La mujer, de unos cuarenta y cinco años, le saludó apenas verle, con una afable sonrisa acogedora.—Entre, por favor —le dijo en tono agradable según se hacía a un lado y abría de par en par la puerta. Y, de forma automática, Billy se encontró trasponiendo el umbral. El impulso, o, para ser más precisos, el deseo de seguirla al interior de aquella casa, era poderosísimo.—He visto el anuncio que tiene en la ventana —dijo conteniéndose.—Sí, ya lo sé.—Andaba en busca de una habitación.—Lo tiene todo preparado, joven —dijo ella. Tenía la cara redonda y rosada, y los ojos, azules, eran de expresión muy amable.—Me dirigía a La Campana y el Dragón —explicó Billy—, pero, casualmente, me llamó la atención el cartel que tiene en la ventana.—Mi querido muchacho —repuso ella—, ¿por qué no entra y se quita de ese frío?—¿Cuánto cobra usted?—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.
  Era prodigiosamente barato: menos de la mitad de lo que estaba dispuesto a pagar.—Si lo encuentra caro —continuó ella—, quizá pudiera ajustárselo un poco. ¿Desea un huevo con el desayuno? Los huevos están caros en este momento. Sin huevo, le saldría seis peniques más barato.—Cinco chelines y seis peniques está muy bien —contestó Billy—. Me gustaría alojarme aquí.—Estaba segura de ello. Entre, entre usted. Parecía tremendamente amable: ni más ni menos como la madre de un condiscípulo, nuestro mejor amigo, al acogerle a uno en su casa cuando llega para pasar las vacaciones de Navidad. Billy se quitó el sombrero y traspuso el umbral.—Cuélguelo ahí —dijo ella—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo. No había otros sombreros ni abrigos en el recibidor; tampoco paraguas ni bastones: nada.—Tenemos toda la casa para nosotros dos —comentó ella con una sonrisa, la cabeza vuelta, mientras le precedía por las escaleras hacia el piso superior—. Muy rara vez tengo el placer de recibir huéspedes en mi pequeño nido, ¿sabe? Está un poco chalada, la pobre, se dijo Billy; pero, a cinco chelines y seis peniques por noche, ¿qué puede importarle eso a nadie?—Yo hubiera pensado que estaría usted lo que se dice asediada de demandas —apuntó cortés.—Oh, y lo estoy, querido, lo estoy; desde luego que lo estoy. Pero la verdad es que tiendo a ser un poquitín selectiva y exigente..., no sé si me explico.—Oh, sí.—De todas formas, siempre estoy a punto. En esta casa está todo a punto, noche y día, ante la remota posibilidad de que se me presente algún joven caballero aceptable. Y resulta un placer tan grande, realmente tan inmenso, cuando, de tarde en tarde, abro la puerta y me encuentro con la persona verdaderamente adecuada. Se encontraba a mitad de la escalera, y allí se detuvo, apoyando la mano en la barandilla, para volverse y ofrecerle la sonrisa de sus pálidos labios.—Como usted —concluyó al tiempo que sus ojos azules recorrían lentamente el cuerpo de Billy de la cabeza a los pies y, luego, en dirección inversa. Al alcanzar el primer descansillo, agregó:—Esta planta es la mía. Y tras subir otro piso: —Y ésta es enteramente suya —proclamó—. Su cuarto es éste. Espero que le guste. Y le condujo al interior de una reducida pero seductora habitación delantera cuya luz encendió al entrar.—El sol de la mañana da de pleno en la ventana, señor Perkins. Porque se llama usted Perkins, ¿no es así?—No, me llamo Weaver.
—Weaver. Un apellido muy bonito. He puesto una botella de agua caliente, para quitarle la humedad de las sábanas, señor Weaver. Encontrar una botella de agua caliente entre las limpias sábanas de una cama desconocida es tan placentero, ¿no le parece? Y, si siente frío, puede encender el gas de la chimenea cuando le apetezca.— Muchas gracias —respondió Billy—. Muchísimas gracias. Advirtió que la colcha había sido retirada y que el embozo aparecía pulcramente doblado a un lado: todo listo para acoger a quien ocupara e! lecho.—Celebro infinito que haya aparecido —dijo ella, mirándole con intensidad el rostro—. Comenzaba a preocuparme.—Descuide —respondió Billy, muy animado—. No tiene por qué preocuparse por mí. Y, colocada la maleta encima de la silla, empezó a abrirla.—¿Y la cena, querido joven? ¿Ha podido cenar algo por el camino?—No tengo nada de hambre, muchas gracias —contestó él—. Lo que voy a hacer, creo, es acostarme lo antes posible, pues mañana he de madrugar un poco; debo presentarme en la oficina.—Pues conforme. Le dejaré solo, para que pueda deshacer su equipaje. De todas formas, ¿tendría la bondad, antes de retirarse, de pasar un instante por el cuarto de estar, en la planta, y firmar el registro? Es una formalidad que rige para todos, pues así lo establecen las leyes del país, y no es cosa de que contravengamos ninguna ley en estafase del trato, ¿no le parece? Y, tras agitar la mano a modo de breve saludo, salió presurosa cíe la habitación y cerró la puerta. Pues bien, el hecho de que su patrona diese la impresión de estar un poco chiflada no le preocupaba a Billy en lo más mínimo. Comoquiera que se mirase, no sólo era inofensiva —ese extremo estaba fuera de duda—, sino que se trataba, bien a las claras, de un alma generosa y amable. Era posible, conjeturó Billy, que hubiese perdido un hijo en la guerra, o algo parecido, y que no hubiera llegado a recuperarse del golpe. De manera que, pasados unos minutos, después de deshacer la maleta y lavarse las manos, trotó escaleras abajo y, llegado a la planta, entró en la sala de estar. No seencontraba allí la patrona, pero el fuego ardía en la chimenea y el pequeño bassetcontinuaba durmiendo frente al hogar. La estancia estaba magníficamente caldeada yacogedora. Soy un tipo con suerte, se dijo frotándose las manos. Esto está requetebién.Como encontrara el registro encima del piano y abierto, sacó la pluma y anotó sunombre y dirección. La página sólo tenía dos inscripciones anteriores, y, como siemprehacemos en tales casos, se puso a leerlas. La primera era de un tal Christopher Mulholland, de Cardiff. La otra, de Gregory W. Temple, de Bristol. Qué curioso, pensó de pronto. Christopher Mulholland. Ese nombre me suena. Y bien, ¿dónde diablos habría oído aquel apellido un tanto insólito? ¿Correspondería a un condiscípulo? No. ¿Se llamaría así alguno de los muchos pretendientes de su hermana, o, tal vez, un amigo de su padre? No, no, ni lo uno ni lo otro. Echó una nueva ojeada al libro.


Christopher Mulholland 231 Cathedral Road, Cardiff 
Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol 

A decir verdad, y ahora que se detenía a pensarlo, no estaba muy seguro de que el segundo nombre no le sonase casi tanto como el primero.—Gregory Temple —dijo en voz alta mientras exploraba en su memoria—.Christopher Mulholland...—Encantadores muchachos —apuntó una voz a su espalda. Al volverse vio a su patrona, que entraba en la sala como flotando, cargada con una gran bandeja de plata para el té. La sostenía muy en alto, como si fueran las riendas de un caballo retozón.—No sé de qué, pero esos nombres me suenan —dijo Billy.—¿De veras? Qué interesante.—Estoy casi convencido de haberlos oído ya en alguna parte. ¿No es extraño? Quizálos leyese en el periódico. No serían famosos por algo, ¿verdad? Quiero decir, famosos jugadores de cricket o de fútbol, o algo por el estilo...—¿Famosos? —repitió ella al dejar la bandeja en la mesita que daba frente al hogar —. Oh, no, no creo que fueran famosos. Pero, de eso sí puedo darle fe, ambos eran extraordinariamente guapos: altos, jóvenes, apuestos..., justo como usted, querido joven. Una vez más, Billy ojeó el registro.—Pero oiga —dijo al reparar en las fechas—, esta última anotación tiene más de dos años.—¿En serio?—Desde luego. Y Christopher Mulholland le precede en casi un año. Hace, pues, más de tres años de eso.—Santo cielo —exclamó ella meneando la cabeza y con un pequeño suspiro melifluo—. Nunca lo hubiera pensado. Cómo vuela el tiempo, ¿verdad, señor Wilkins?—Weaver —corrigió Billy—. Me llamo W-e-a-v-e-r.—¡Oh, por supuesto! —gritó al tiempo que se sentaba en el sofá—. Qué tonta soy.Mil perdones. Las cosas, señor Weaver, me entran por un oído y me salen por el otro. Así soy yo.—¿Sabe qué hay de verdaderamente extraordinario en todo esto? —replicó Billy.—No, mi querido joven, no lo sé.—Pues verá usted... estos dos apellidos, Mulholland y Temple, no sólo me da la impresión de recordarlos separadamente, por así decirlo, sino que, por el motivo que sea, y de forma muy singular, parecen, al mismo tiempo, como relacionados entre sí. Corno si ambos fuesen famosos por un misino motivo, no sé si me explico... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o Churchill y Roosevelt.

—Qué divertido —respondió ella—; pero acérquese, querido, siéntese aquí a mi lado en el sofá, y tome una buena taza de té y una galleta de jengibre antes de irse a la cama.—No debería molestarse, de veras —dijo Billy—. No había necesidad de preparar tantas cosas. Lo dijo plantado en pie junto al piano, observándola conforme manipulaba ella las tazas y los platillos. Reparó en sus manos, que eran pequeñas, blancas, ágiles, de uñas esmaltadas de rojo.—Estoy casi seguro de que ha sido en los periódicos donde he visto esos nombres —insistió el muchacho—. Lo recordaré en cualquier momento. Estoy seguro. No hay mayor tormento que esa sensación de un recuerdo que nos roza la memoria sin penetrar en ella. Billy no se avenía a desistir.—Un momento —dijo—, espere un momento... Mulholland... Christopher Mulholland...¿No se llamaba así aquel colegial de Eton, que recorría a pie el oeste del país, cuando, de pron...?—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Azúcar también?—Sí, gracias. Cuando, de pronto...—¿Un colegial de Eton? —repitió la patrona—. Oh, no, imposible, querido; no puede tratarse, en forma alguna, del mismo señor Mulholland: el mío, cuando vino a mí, no era ciertamente un colegial de Eton sino un universitario de Cambridge. Y ahora, venga aquí, siéntese a mi lado y entre en calor frente a este fuego espléndido. Vamos. Su té le está esperando. Y, con unas palmaditas en el asiento que quedaba libre a su lado, sonrió a Billy a la espera de que se acercase. El muchacho cruzó lentamente la estancia y se sentó en el borde del sofá. Ella le puso delante la taza de té, en la mesita.—Bueno, pues aquí estamos —dijo ella—. Qué agradable, qué acogedor resulta esto, ¿verdad? Billy dio un primer sorbo a su té. Ella hizo otro tanto. Por espacio, quizá, de medio minuto, ambos guardaron silencio. Billy, sin embargo, se daba cuenta de que ella le miraba. Parcialmente vuelta hacia él, sus ojos, así lo percibía, le observaban por encima de la taza, fijos en su rostro. De vez en cuando el muchacho sentía hálitos de un peculiar perfume que parecía emanar directamente de ella. De forma algo desagradable, le recordaba..., bueno, no hubiera sabido decir a qué le recordaba. ¿Las castañas confitadas? ¿El cuero por estrenar? ¿O sería, acaso, los pasillos de los hospitales?—El señor Mulholland —comentó ella por fin— era un extraordinario bebedor de té. En la vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el adorable, encantador señor Mulholland.—Imagino que marcharía hace no mucho —dijo Billy, que continuaba devanándoselos sesos en relación con ambos apellidos. Ahora tenía ya la absoluta certeza de haberlos leído en la prensa, en los titulares.—¿Marchar, dice? —contestó ella arqueando las cejas—. Pero querido joven, el señor Mulholland jamás hizo tal cosa. Sigue aquí. Como el señor Temple. Están los dos en el tercer piso, juntos.
   
Billy depositó con cuidado la taza en la mesa y miró de hito en hito a su patrona. Ella le sonrió, avanzó una de sus blancas manos y le dio unas confortables palmaditas en la rodilla.—¿Qué edad tiene usted, mi querido muchacho? —quiso saber.—Diecisiete años.—¡Diecisiete años! —exclamó la patrona—. ¡Oh, la edad ideal! La misma que tenía el señor Mulholland. Aunque él, diría yo, era un poquitín más bajo; lo que es más, lo aseguraría; y no acababa de tener tan blancos los dientes. Sus dientes son una preciosidad, señor Weaver, ¿lo sabía usted?—No están tan sanos como parecen —respondió Billy—. Tienen montones de empastes detrás.—El señor Temple era, desde luego, algo mayor —continuó ella, pasando por alto la observación—. La verdad es que tenía veintiocho años. Pero, de no habérmelo dicho él, yo nunca lo hubiera imaginado. Jamás en la vida. No tenía una mácula en el cuerpo.—¿Una qué?—Que su piel era lo mismito que la de un bebé. Siguió un silencio. Billy recuperó la taza, sorbió de nuevo y volvió a depositarla cuidadosamente en el plato. Esperó a que su patrona interviniera de nuevo; pero ella daba la impresión de haberse sumido en otro de aquellos silencios suyos. Billy se quedó mirando con fijeza hacia el rincón opuesto, los dientes clavados en el labio inferior.—Ese loro —dijo finalmente—, ¿sabe que me engañó por completo, cuando lo vi desde la calle? Hubiera jurado que estaba vivo.—Ay, ya no.—La disección es habilísima —añadió él—. No se le ve nada muerto. ¿Quién la hizo?—La hice yo.—¿Usted?—Claro está. Y ya se habrá fijado, también, en mi pequeño Basil —dijo, señalandocon la cabeza al basset tan plácidamente ovillado ante el hogar.Vueltos hacia él los ojos, Billy se percató, de repente, de que el perro habíapermanecido todo el rato tan inmóvil y silencioso como el loro. Extendió una mano y lepalpó suavemente lo alto del lomo. Lo encontró duro y frío, y, al peinarle el pelo con losdedos, vio que la piel, de un negro ceniciento, estaba seca y perfectamente conservada.—Por todos los santos —exclamó—, esto es de todo punto fascinante. —Olvidando al perro, observó con profunda admiración a la mujer menudita que ocupaba el sofá a su lado y añadió—: Un trabajo como éste debe de resultarle dificilísimo.—En absoluto —replicó ella—. Diseco personalmente a todas mis mascotas cuando pasan a mejor vida. ¿Le apetece otra taza de té?—No, gracias —respondió Billy. Tenía la infusión un cierto sabor a almendras amargas y no le atraía demasiado.—Ha firmado usted el registro, ¿verdad?
—Sí, claro.—Buena cosa. Lo digo porque, si más adelante llego a olvidar cómo se llamaba usted, siempre me queda la solución de bajar y consultarlo. Lo sigo haciendo, casi a diario, en cuanto al señor Mulholland y el señor... el señor...—Temple —apuntó Billy—. Gregory Temple. Perdone la pregunta, pero ¿acaso no ha tenido, en estos últimos dos o tres años, más huéspedes que ellos? Con la taza de té en una mano y sostenida en alto, la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda, la patrona le miró de soslayo y, con otra de aquellas amables sonrisitas, dijo:—No, querido. Sólo usted.

miércoles, 22 de agosto de 2012

"Siestas" de Julio Cortázar


 Éste es uno de mis relatos favoritos de Cortázar y, como no es muy conocido, quisiera compartirlo con ustedes. Que lo disfruten.

« Siestas », de Julio Cortázar (Último round, 1969)

Alguna vez, en un tiempo sin horizonte, se acordaría de cómo casi todas las tardes, la tía Adela escuchaba ese disco con las voces y los coros, de la tristeza cuando las voces empezaban a salir, una mujer, un hombre y después muchos juntos cantando una cosa que no se entendía, la etiqueta verde con las explicaciones para los grandes, Te licis ante terminum, Nunc dimittis, Tía Lorenza decía que era latín y que hablaba con Dios, y cosas así entonces Wanda se cansaba de no comprender, de estar triste como cuando Teresita en su casa ponía el disco de Billie Holliday y lo escuchaba fumando porque la madre de Teresita estaba en el trabajo y el padre andaba por ahí en los negocios o dormía la siesta y entonces podían fumar tranquilas, pero escuchar a Billie Holliday era una tristeza hermosa que daban ganas de acostarse y llorar de felicidad, se estaba tan bien en el cuarto de Teresita con la ventana cerrada, con el humo, escuchando a Billie Holliday. En su casa le tenían prohibido cantar esas canciones porque Billie Holliday era negra y había muerto de tanto tomar drogas, Tía María la obligaba a pasar una hora más en el piano estudiando arpegios, tía Ernestina la empezaba con el discurso sobre la juventud de ahora, Te lucis ante Terminum resonaba en la casa donde tía Adelina cosía alumbrándose con una esfera de cristal llena de agua que recogía (era hermoso) toda la luz de la lámpara para la costura.
Menos mal que de noche Wanda dormía en la misma cama que tía Lorenza y allí no había latín ni conferencias sobre el tabaco y los degenerados de la calle, tía Lorenza apagaba la luz después de rezar y por un momento hablaban de cualquier cosa, casi siempre del perro Grock, y cuando Wanda iba a dormirse la ganaba un sentimiento de reconciliación, de estar un poco más protegida de la tristeza de la casa con el calor de tía Lorenza que resoplaba suavemente, casi como Grock, caliente y un poco ovillada y resoplando satisfecha como Grock en la alfombra del comedor.
-Tía Lorenza, no me dejes soñar más con el hombre de la mano artificial -había suplicado Wanda la noche de la pesadilla-. Por favor, tía Lorenza, por favor.
Después le había hablado de eso a Teresita y Teresita se había reído, pero no era para reírse y tía Lorenza tampoco se había reído mientras le secaba las lágrimas, le daba a beber un vaso de agua y la iba calmando poco a poco, ayudándola a alejar las imágenes, la mezcla de recuerdos del otro verano y la pesadilla, el hombre que se parecía tanto a los del álbum del padre de Teresita, o el callejón sin salida donde al anochecer el hombre de negro, la había acorralado, acercándose lentamente hasta detenerse y mirarla con toda la luna llena en la cara, los anteojos de aro metálico, la sombra del sombrero melón ocultándole la frente, y entonces el movimiento del brazo derecho alzándose hacia ella, la boca de labios filosos, el alarido o la carrera que la había salvado del final, el vaso de agua y las caricias de tía Lorenza antes de un lento retorno amedrentado a un sueño que duraría hasta tarde, el purgante de tía Ernestina, la sopa liviana y los consejos, otra vez la casa y Nunc dimitis, pero al final permiso para ir a jugar con Teresita aunque esa muchacha no era de fiar con la educación que le daba la madre, capaz que hasta le enseñaba cosas pero en fin, peor era verle esa cara demacrada y un rato de diversión no le haría daño, antes las niñas bordaban a la hora de la siesta o estudiaban solfeo pero la juventud de ahora...
-No solamente son locas sino idiotas -había dicho Teresita, pasándole un cigarrillo de los que le robaba a su padre-. Qué tías que te mandaste, nena. ¿Así que te dieron un purgante?. ¿Ya fuiste o qué?. Tomá, mirá lo que me prestó la Chola, están todas las modas de otoño pero fijate primero en las fotos de Ringo, decime si no es un amor, miralo ahí con esa camisa abierta. Tiene pelitos, fijate.
Después había querido saber más, pero a Wanda le costaba seguir hablando de eso ahora que de golpe le volvía una visión de fuga, de enloquecida carrera por el callejón, y eso no era la pesadilla aunque casi tenía que se el final de la pesadilla que había olvidado al despertarse gritando. A lo mejor antes, a fines del otro verano, habría podido hablarle a Teresita pero se había callado por miedo de que fuera con chismes a tía Ernestina, en esa época Teresita iba todavía a su casa y las tías le sonsacaban cosas con tostadas y dulce de leche hasta que se pelearon con la madre y ya no querían recibir más a Teresita aunque a ella la dejaban ir a su casa algunas tardes cuando tenían visitas y querían estar tranquilas. Ahora hubiera podido contarle todo a Teresita pero ya no valía la pena porque la pesadilla era también lo otro, o a lo mejor lo otro había sido parte de la pesadilla, todo se parecía tanto al álbum del padre de Teresita y nada acababa de veras, era como esas calles en el álbum que se perdían, a la distancia igual que en las pesadillas.
-Teresita, abrí un poco la ventana, hace tanto calor con este encierro.
-No seas pava, después mi vieja se aviva que estuvimos fumando. Tiene un olfato de tigre la Pecosa, en esta casa hay que andarse con cuidado.
-Avisá, ni que fueran a matarte a palos.
-Claro, vos te volvés a tu casa y qué te importa. Siempre la misma chiquilina, vos.
Pero Wanda ya no era una chiquilina aunque Teresita se lo refregaba todavía por la cara pero cada vez menos desde la tarde en que también hacía calor y habían hablado de cosas y después Teresita le había enseñado eso y todo se había vuelto diferente aunque todavía Teresita la trataba de chiquilina cuando se enojaba.
-No soy ninguna chiquilina -dijo Wanda, sacando el humo por la nariz.
-Bueno, bueno, no te pongás. Tenés razón, hace un calor de tormenta. Mejor nos sacamos la ropa y nos preparamos un vino con hielo. Te voy a decir una cosa, vos eso lo soñaste por el álbum de papá, y eso que ahí no hay ninguna mano artificial, pero los sueños ya se sabe. Mirá como se me están desarrollando.
Bajo la blusa no se notaba gran cosa, pero desnudos tomaban importancia, la volvían mujer, le cambiaban la cara. A Wanda le dio vergüenza quitarse el vestido y mostrar el pecho donde apenas si asomaban. Uno de los zapatos de Teresita voló hasta la cama, el otro se perdió bajo el sofá. Pero claro que era como los hombres del álbum del papá de Teresita, los hombres de negro que se repetían en casi todas las láminas, Teresita le había mostrado el álbum una tarde de siesta en que su papá acababa de irse y la casa estaba sola y callada como las salas y las casas del álbum. Riendo y empujándose de puro nerviosas habían subido al piso alto donde a veces los padres de Teresita las llamaban para tomar el té en la biblioteca como señoritas, y en esos días no era cosa de fumar o de beber vino en la pieza de Teresita porque la Pecosa se daba cuenta en seguida, por eso aprovechaban que la casa era para ellas solas y subían gritando y empujándose como ahora que Teresita empujaba a Wanda hasta hacerla caer sentada en el canapé azul y casi con el mismo gesto se agachaba para bajarse el slip y quedar desnuda delante de Wanda, las dos mirándose con una risa un poco corta y rara hasta que Teresita soltó una carcajada y le preguntó si era sonsa o no sabía que ahí crecían pelitos como en el pecho de Ringo. "Pero yo también tengo", había dicho Wanda, "me empezaron el otro verano". Lo mismo que en el álbum donde todas las mujeres tenían muchos, en casi todas las láminas iban y venían o estaban sentadas o acostadas en el pasto y en las salas de espera de las estaciones ("son locas", opinaba Teresita), y también como ahora mirándose entre ellas con unos ojos muy grandes y siempre la luna llena aunque no se la viera en la lámina, todo pasaba en lugares donde había luna llena y las mujeres andaban desnudas por las calles y las estaciones, cruzándose como si no se vieran y estuvieran terriblemente solas, y a veces los señores de traje negro o guardapolvo gris que las miraban ir y venir o estudiaban piedras raras con un microscopio y sin sacarse el sombrero.
-Tenés razón -dijo Wanda-, se parecía mucho a los hombres del álbum, y también tenía un sombrero melón y anteojos, era como ellos pero con una mano artificial, y eso que la otra vez cuando...
-Acabala con la mano artificial- dijo Teresita-. ¿Te vas a quedar así toda la tarde?. Primero te quejás del calor y después la que me desnudo soy yo.
-Tendría que ir al baño.
-¡El purgante!. No, si tus tías son un caso. Andá rápido, y de vuelta traé más hielo, miralo a Ringo cómo me espía, ángel querido. ¿A usted le gusta esta barriguita, amoroso? Mirela bien, frótese así y así, la Chola me mata cuando le devuelva la foto arrugada.
En el baño Wanda había esperado lo más posible para no tener que volver de nuevo, estaba dolorida y le daba rabia el purgante y también después Teresita en el canapé azul mirándola como si fuera una nena, burlándose como la otra vez cuando le había enseñado eso a Wanda no había podido impedir que la cara se le pusiera como fuego, esas tardes en que todo era diferente, primero tía Adela dándole permiso para quedarse hasta más tarde en lo de Teresita, total está ahí al lado y yo tengo que recibir a la directora y a la secretaria de la escuela de María, con esta casa tan chica mejor te vas a jugar con tu amiga pero cuidado a la vuelta, venís directamente y nada de quedarte machoneando en la calle con Teresita, a ésa le gusta irse por ahí, la conozco, después fumando unos cigarrillos nuevos que el padre de Teresita se había olvidado en su cajón del escritorio, con filtro dorado y un olor raro, y al final Teresita le había enseñado eso, era difícil acordarse cómo había ocurrido, estaban hablando del álbum, o a lo mejor lo del álbum era el principio del verano, aquella tarde estaban más abrigadas y Wanda tenía el pulóver amarillo, entonces no era todavía el verano, al final no sabía qué decir, se miraban y se reían, casi sin hablar habían salido a la calle para dar una vuelta por el lado de la estación, evitando la esquina de la casa de Wanda porque tía Ernestina no les perdía pisada aunque estuviera con la directora y la secretaria. En el andén de la estación se habían quedado un rato paseando como si esperaran el tren, mirando pasar las máquinas que hacían temblar los andenes y llenaban el cielo de humo negro. Entonces, cuando ya estaban de vuelta y era hora de separarse, Teresita le había dicho como al descuido que tuviera cuidado con eso, no fuera cosa, y Wanda que había estado tratando de olvidarse se puso colorada y Teresita se rió y le dijo que lo de esa tarde no podía saberlo nadie pero que sus tías eran como la Pecosa y que si se descuidaba cualquier día la pescaban y entonces iba a ver. Se habían reído otra vez pero era cierto, tenía que ser tía Ernestina la que la sorprendiera al final de la siesta aunque Wanda había estado segura de que nadie entraría a esa hora en su cuarto, todo el mundo se había ido a dormir y en el patio se oía la cadena de Grock y el zumbido de las avispas furiosas de sol y de calor, apenas si había tenido tiempo de levantarse la sábana hasta el cuello y hacerse la dormida pero ya era tarde porque tía Ernestina estaba a los pies de la cama, le había arrancado la sábana de un tirón sin decir una palabra, solamente mirándole el pantalón del pijama enredado en las pantorrillas. En lo de Teresita cerraban con llave la puerta y eso que la Pecosa lo tenía prohibido, pero tía María y tía Ernestina hablaban de los incendios y de que los niños encerrados morían en las llamas, aunque ahora no era de eso que hablaban tía Ernestina y tía Adela, primero se le habían acercado sin decir nada y Wanda había tratado de fingir que no comprendía hasta que tía Adela le agarró la mano y se la retorció, y tía Ernestina le dio la primera bofetada, después otra y otra, Wanda se defendía llorando, de cara contra la almohada, gritando que no había hecho nada malo, que solamente le picaba y que entonces, pero tía Adela se sacó la zapatilla y empezó a pegarle en las nalgas mientras le sujetaba las piernas, y hablaban de degenerada y de seguramente Teresita y de la juventud y la ingratitud y las enfermedades y el piano y el encierro pero sobre todo de la degeneración y las enfermedades hasta que tía Lorenza se levantó asustada por los gritos y los llantos y de golpe hubo calma, quedó solamente tía Lorenza mirándola afligida, sin calmarla ni acariciarla pero siempre tía Lorenza como ahora le daba un vaso de agua y la protegía del hombre de negro, repitiéndole al oído que iba a dormir bien, que no iba a tener de nuevo la pesadilla.
-Comiste demasiado puchero, me fijé. El puchero es pesado de noche, igual que las naranjas. Vamos, ya pasó, dormite, estoy aquí, no vas a soñar más.
-¿Qué estás esperando para sacarte la ropa? ¿Tenés que ir de nuevo al baño? Te vas a dar vuelta como un guante, tus tías son locas.
-No hace tanto calor como para estar desnudas -había dicho Wanda aquella tarde, quitándose el vestido.
-Vos fuiste la que empezó con lo del calor. Dame el hielo y traé los vasos, todavía queda vino dulce pero ayer la Pecosa estuvo mirando la botella y puso la cara. Si se la conoceré, la cara. No dice nada pero pone la cara y sabe que yo sé. Menos mal que el viejo no piensa más que en los negocios y se las pica todo el tiempo. Es cierto, ya tenés pelos pero pocos, todavía parecés una nena. Te voy a mostrar una cosa en la biblioteca si me jurás.
Teresita había descubierto el álbum de casualidad, la estantería cerrada con llave, tu papá guarda los libros científicos que no son cosas para tu edad, qué idiotas, se les había quedado entornada y había diccionarios y un libro con el lomo escondido, justamente como para no darse cuenta, y además otro con las láminas anatómicas que no eran como las del liceo, ésas estaban completamente terminadas, pero apenas sacó el álbum las planchas de anatomía dejaron de interesarle porque el álbum era como una fotonovela pero tan rara, los letreros una lástima en francés y apenas se entendían algunas palabras sueltas, le sérénité est sur le point basculer, sérénité quería decir serenidad pero basculer quién sabe, era una palabra rara, bas quería decir media, les bas Diro de la Pecosa, pero culer, las medias del culer no quería decir nada, y las mujeres de las láminas estaban siempre desnudas o con polleras y túnicas pero no llevaban medias, a lo mejor era otra cosa y Wanda también había pensado lo mismo cuando Teresita le mostró el álbum y se habían reído como locas, eso era lo bueno con Wanda en las tardes de siesta cuando las dejaban solas en la casa.
-No hace tanto calor para sacarse la ropa- dijo Wanda-. ¿Por qué sos tan exagerada? Yo te dije, cierto, pero no quería decir eso.
-¿Entonces no te gusta estar como las mujeres de las láminas? -se burló Teresita estirándose en el canapé-. Mirame bien y decí si no estoy idéntica a ésa donde todo es como cristal y a lo lejos se ve a un hombre chiquitito que viene por la calle. Sacate el slip, idiota, no ves que estropeás el efecto.
-No me acuerdo de esa lámina -dijo Wanda, apoyando indecisamente los dedos en el elástico del slip-. Ah sí, creo que me acuerdo, había una lámpara en el cielo raso y en fondo un cuadro azul con una luna llena. Todo era azul, verdad.
Vaya a saber por qué la tarde del álbum se había detenido mucho tiempo en esa lámina aunque había otras más excitantes, extrañas, por ejemplo la de Orphée que en el diccionario quería decir Orfeo el padre de la música que bajó a los infiernos, y eso que en la lámina no había ningún infierno y apenas una calle con casas de ladrillos rojos, un poco como al comienzo de la pesadilla aunque después todo había cambiado y era otra vez el callejón con el hombre de la mano artificial, y por esa calle de casas de ladrillos rojos venía Orfeo desnudo, Teresita le había mostrado enseguida aunque a primera vista Wanda había pensado que era otra de las mujeres desnudas hasta que Teresita soltó la risa y puso el dedo ahí mismo y Wanda vio que era un hombre muy joven pero un hombre y se quedaron mirando y estudiando a Orfeo y preguntándose quién sería la mujer de espaldas en el jardín y por qué estaría de espaldas con el cierre relámpago de la pollera desabrochado a medias como si eso fuera una manera de pasearse por el jardín.
-Es un adorno, no un cierre relámpago -descubrió Wanda-. Da la impresión pero si te fijás es una especie de dobladillo que parece un cierre. Lo que no se entiende es por qué Orfeo viene por la calle y está desnudo y la mujer se queda de espaldas en el jardín detrás de la pared, es rarísimo. Orfeo parece una mujer con esa piel tan blanca y esas caderas. Si no fuera por eso, claro.
-Vamos a buscar otro donde se vea de más cerca -dijo Teresita-. ¿Vos ya viste hombres?
-No, cómo querés -dijo Wanda-. Yo sé cómo es pero cómo querés que vea. Es como los nenes pero más grande, ¿no?. Como Grock, pero es un perro, no es lo mismo.
-La Chola dice que cuando están enamorados les crece el triple y entonces es cuando se produce la fecundación.
-¿Para tener hijos? ¿La fecundación es eso o qué?
-Sos pava, nenita. Mirá esta otra, casi parece la misma calle pero hay dos mujeres desnudas. ¿Porqué pinta tantas mujeres ese desgraciado? Fijate, parecería que se cruzan sin conocerse y cada una sigue para su lado, están completamente locas, desnudas en plena calle y ningún vigilante que proteste, eso no puede suceder en ninguna parte. Fijate esta otra, hay un hombre pero está vestido y se esconde en una casa, se le ve nomás la cara y una mano. Y esa mujer vestida de ramas y hojas, si te digo que están locas.
-No vas a soñar más -prometió tía Lorenza acariciándola-. Dormite ahora, vas a er que no vas a soñar más.
-Es cierto, ya tenés pelos pero pocos -había dicho Teresita-. Es raro, todavía parecés una nena. Encendeme el cigarrillo. Vení.
-No, no -había dicho Wanda, queriendo soltarse-. ¿Qué hacés. No quiero, dejame.
-Qué sonsa sos. Mirá, vas a ver, yo te enseño. Pero si no te hago nada, quedate quieta y vas a ver.
Por la noche la habían mandado a la cama sin permitirle que las besara, la cena había sido como en las láminas donde todo era silencio, solamente tía Lorenza la miraba de cuando en cuando y le servía la cena, por la tarde había escuchado de lejos el disco de tía Adela y las voces le llegaban como si la estuvieran acusando, Te lucis ante terminum, ya había decidido suicidarse y le hacía bien llorar pensando en tía Lorenza cuando la encontrara muerta y todas se arrepintieran, se suicidaría tirándose al jardín desde la azotea o abriéndose las venas con la gillette de tía Ernestina pero todavía no porque antes tenía que escribirle una carta de adiós a Teresita diciéndole que la perdonaba, y otra a la profesora de geografía que le había regalado el atlas encuadernado, y menos mal que tía Ernestina y tía Adela no estaban enteradas de que Teresita y ella habían ido a la estación para ver pasar los trenes y que por la tarde fumaban y tomaban vino, y sobre todo de aquella vez al caer la tarde cuando habían vuelto a casa de Teresita y en vez de cruzar como le mandaban había dado una vuelta manzana y el hombre de negro se le había acercado para preguntarle la hora como en la pesadilla, y a lo mejor era solamente la pesadilla, oh sí Dios querido, justo en la entrada del callejón que terminaba en la tapia con enredaderas, y tampoco entonces se había dado cuenta (pero a lo mejor era solamente la pesadilla) de que el hombre escondía una mano en el traje negro hasta que empezó a sacarla muy despacio mientras le preguntaba la hora y era una mano como de cera rosa con los dedos duros y entrecerrados, que se atascaba en el bolsillo del saco y salía poco a poco a tirones, y entonces Wanda había corrido alejándose de la entrada del callejón pero casi no se acordaba de haber corrido y haber escapado del hombre que quería acorralarla en el fondo del callejón, había como un hueco porque el terror de la mano artificial y de la boca de labios filosos fijaba ese momento y no había ni antes ni después como cuando tía Lorenza le había dado a beber un vaso de agua, en la pesadilla no había ni antes ni después y para peor ella no podía contarle a tía Lorenza que no era solamente un sueño porque ya no estaba segura y tenía miedo de que supieran y todo se mezclaba y Teresita y lo único seguro era que tía Lorenza estaba allí contra ella en la cama, abrigándola en sus brazos y prometiéndole un sueño tranquilo, acariciándole el pelo y prometiéndole.
-¿Verdad que te gusta? -dijo Teresita- También se puede hacer así, mirá.
-No, no, por favor -dijo Wanda.
-Pero sí, todavía es mejor, se siente doble, la Chola lo hace así y yo también, ves como te gusta, no mientas, si querés acostate aquí y lo hacés vos misma ahora que sabés.
-Dormite, querida -había dicho tía Lorenza-, vas a ver que no vas a soñar más.
Pero era Teresita la que se reclinaba con los ojos entornados, como si de golpe estuviera tan cansada después de haberle enseñado a Wanda, y se parecía a la mujer rubia del canapé azul solamente más joven y más morocha, y Wanda pensaba en la otra mujer de la lámina que miraba una vela encendida aunque en la habitación de cristales había una lámpara en el cielo raso, y la calle con los faroles y el hombre a la distancia parecía entrar en la habitación, formar parte de la habitación como casi siempre en esas láminas aunque ninguna les había parecido tan rara como la que se llamaba las damiselas de Tongres, porque demoiselles en francés quería decir damiselas y mientras Wanda miraba a Teresita que respiraba fatigosamente como si estuviera muy cansada era lo mismo que estar viendo la lámina con las damiselas de Tongres, que debía ser un lugar porque estaba con mayúscula, abrazándose envueltas en túnicas azules y rojas pero desnudas debajo de las túnicas, y una tenía los pechos al aire y acariciaba a la otra y las dos tenían boinas negras y pelo largo rubio, la acariciaba pasándole los dedos por debajo de la espalda como había hecho Teresita, y el hombre calvo con guardapolvo gris era como el doctor Fontana cuando tía Ernestina la había llevado y el doctor después de hablar en secreto con tía Ernestina le había dicho que se desvistiera y ella tenía trece años y ya le empezaba el desarrollo y por eso tía Ernestina la llevaba porque a lo mejor no era solamente por eso porque el doctor Fontana se puso a reír y Wanda escuchó cuando le decía a la tía Ernestina que esas cosas no tenían tanta importancia y que no había que exagerar, y después la auscultó le miró los ojos y tenía un guardapolvos que parecía el de la lámina solamente que era blanco, y le dijo que se costara en la camilla y la palpó por abajo y tía Ernestina estaba ahí pero se había ido a mirar por la ventana aunque no se podía ver la calle porque la ventana tenía visillos blancos, hasta que el doctor Fontana la llamó y le dijo que no se preocupara y Wanda se vistió mientras el doctor escribía una receta con un tónico y un jarabe para los bronquios, y la noche de la pesadilla había sido un poco así porque al principio el hombre de negro era amable y sonriente como el doctor Fontana y solamente quería saber la hora, pero después venía el callejón como la tarde en que ella había dado vuelta la manzana, y al final no le quedaba más remedio que suicidarse con la guillette o tirándose de la azotea después de escribirle a la profesora y a Teresita.
-Sos idiota -había dicho Teresita-- Primero dejás la puerta abierta como una pava, y después ni siquiera sos capaz de disimular. Te prevengo, si tus tías le vienen con el cuento a la Pecosa, porque seguro que me lo van a achacar a mí, voy de cabeza a un colegio interno, ya papá me previno.
-Bebé un poco más -dijo tía Lorenza-. Ahora vas a dormir hasta mañana sin soñar nada.
Eso era lo peor, no poder contarle a tía Lorenza, explicarle por qué se había escapado de la casa la tarde de tía Ernestina y tía Adela y había andado por calles y calles sin saber qué hacer, pensando que tenía que suicidarse enseguida, tirarse debajo de un tren, y mirando para todos lados porque a lo mejor el hombre estaba de nuevo ahí y cuando llegara a un lugar solitario se le acercaría para preguntarle la hora, a lo mejor las mujeres de las láminas andaban desnudas por esas calles porque también se habían escapado de sus casas y tenían miedo de esos hombres de guardapolvo gris o de traje negro como el hombre del callejón, pero en las láminas había muchas mujeres y en cambio ahora ella andaba sola por las calles, aunque menos mal que no estaba desnuda como ls otras y que ninguna venía a abrazarla con una túnica roja o a decirle que se acostara como le había dicho Teresita y el doctor Fontana.
-Billie Holliday era negra y murió de tanto tomar drogas -dijo Teresita-. Tenía alucinaciones y esas cosas.
-¿Qué es alucinaciones?
-No sé, es algo terrible, gritan y se retuercen. ¿Sabés que tenés razón? Hace un calor de tormenta. Mejor nos sacamos la ropa.
-No hace tanto calor como para estar desnudas -había dicho Wanda.
-Comiste demasiado puchero -dijo tía Lorenza-. El puchero es pesado de noche, igual que las naranjas.
-También se puede hacer así, mirá -había dicho Teresita.
Quién sabe por qué la lámina que más recordaba era la e esa calle angosta con árboles de un lado y una puerta en primer plano en la otra acera, para colmo en mitad de la calle una mesita con una lámpara encendida y eso que era pleno día. "Acababa con la mano artificial", había dicho Teresita- "¿Te vas a quedar así toda la tarde? Primero te quejás de calor y después la que me desnudo soy yo". En la lámina ella se alejaba arrastrando por el suelo una túnica oscura, y en la puerta en primer plano estaba Teresita mirando la mesa con la lámpara, sin darse cuenta de que al fondo el hombre de negro esperaba a Wanda, inmóvil a un lado de la calle. "Pero no somos nosotras", había pensado Wanda, "son mujeres grandes que andan desnudas por la calle, no somos nosotras, es como la pesadilla, una cree que está pero no está, y tía Lorenza no me dejará seguir soñando". Si hubiera podido pedirle a tía Lorenza que la salvara de las calles, que no la dejara tirarse debajo de un tren, que no volviera a aparecer el hombre de negro que en la lámina esperaba en el fondo de la calle, ahora que estaba dando la vuelta manzana ("vení directamente y nada de quedarte machoneando en la calle", había dicho tía Adela) y el hombre de negro se le acercaba para preguntarle la hora y la acorralaba lentamente en el callejón sin ventanas, cada vez más pegada a la tapia con enredaderas, incapaz de gritar o suplicar o defenderse como en la pesadilla, pero en la pesadilla había un hueco final porque tía Lorenza estaba ahí calmándola y todo se borraba con el sabor del agua fresca y las caricias, y también la tarde del callejón terminaba en un hueco cuando Wanda había salido corriendo sin mirar atrás hasta meterse en su casa y trancar la puerta y llamar a Grock para que cuidara la entrada ya que no podía contarle la verdad a tía Adela. Ahora de nuevo todo era como antes pero en el callejón ya no había ese hueco, ya no se podía escapar ni despertar, el hombre de negro la acorralaba contra la tapia y tía Lorenza no iba a calmarla, estaba sola en ese anochecer con el hombre de negro que le había preguntado la hora, que se acercaba a la tapia y empezaba a sacar la mano del bolsillo, cada vez más cerca de Wanda pegada contra las enredaderas, y el hombre de negro ya no preguntaba la hora, la mano de cera buscaba algo contra ella, debajo de la pollera, y la voz del hombre le decía al oído quédate quieta y no llores, que vamos a hacer lo que te enseñó Teresita.

Julio Cortázar

jueves, 16 de agosto de 2012

Cinco microrrelatos fantásticos contemporáneos



Tras leer y releer Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual (Salto de página, 2009, edición y prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel), así como La glorieta de los fugitivos. Minificción completa  (Páginas de Espuma, 2007) de José María Merino, quedé convencido, por un lado, de la vertiginosa eficacia del microrrelato para traducir lo fantástico, y por otro, de la buena salud del género en la literatura contemporánea en castellano. Pruebas de ello son estos cinco microrrelatos (debajo de cada uno figuran el autor y la obra). Por lo demás, es excelente el prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel a dicha antología, pues su enfoque filosófico sobre lo fantástico es acertadísimo en esta época de confusión sobre sus fundamentos y esencia. Por supuesto, me quedo con las ganas de transcribir cuentos íntegros, excelentes para mi gusto, como “Los libros vacíos” de Merino, “La mujer de verde” de Cristina Fernández Cubas, “Fecundación” de Pedro Ugarte, y mi preferido, “Venco a la molinera” de Félix J. Palma. Pero he ahí otra razón de leer esta antología: que llena de apetito y abre puertas hacia nuevos autores de calidad. Del libro de Merino, baste decir que obtuvo el Premio Salambó 2007 de Narrativa en castellano. Leer a este maestro de lo fantástico es tan inquietante como asombroso. Aquí va un enlace de una entrevista que apareció en Babelia, en septiembre de 2007, donde Merino habla del microrrelato como “quintaesencia de la narrativa”:
http://elpais.com/diario/2007/09/01/babelia/1188603550_850215.html
“Quintaesencia de la narrativa”… esto me recuerda lo que escribió el dúo Borges-Bioy en la nota preliminar a Cuentos breves y extraordinarios: “Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal”. Amén.



Dimisión
Hubo un día en que el último hombre que todavía creía dejó de creer, y Dios, decepcionado, se desvaneció en el éter y borró toda huella de Sí, como si jamás hubiera existido.

Juan Pedro Aparicio (León, 1941), El juego del diábolo (Páginas de Espuma, 2008)

La cueva
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio se reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces, porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto.
Fernando Iwasaki (Lima, 1961), Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004)

Intrusión
De la palma de mi mano brotan arañas. Espontáneamente, casi sin previo aviso, tan sólo un cosquilleo eléctrico y ya veo salir la cabeza, el haz de patas peludas, un tarantuleo vivaz que saca pronto a la luz toda una legión de octópodos.
Olga no sabe nada. Olga cree que me complazco en mordisquear traviesa y clandestinamente su cruasán cada mañana mientras lee el periódico en la cocina, que su canario murió de frío a pesar de las caricias que yo mismo le prodigaba entre mis manos, que soy el amante más experimentado del universo cuando siente mis dedos rugosos multiplicarse sobre la aureola erecta de sus pezones, por entre las humedades oscuras de su sexo extasiado.
Miguel Ángel Zapata (Granada, 1974), Baúl de prodigios (Traspiés, 2009)




El despistado
El avión ha aterrizado, han parado los motores, ya se apagó la señal que obligaba a usar el cinturón. Sin embargo, nadie se levanta. No comprendo cómo los demás no tienes ganas de abandonar este sitio después de haber experimentado el horroroso vuelo, los ruidos extraños, la explosión, el humo espeso, el terrible zarandeo. Me levanto yo, abro el maletero, saco mi cartera, mi abrigo. Acabo de descubrir que todos me están mirando. De repente me señalan y se echan a reír con una carcajada extraña, una carcajada que parece llena de dolor, y aquí estoy yo con la cartera en una mano y el abrigo en la otra, sin enterarme de lo que sucede.

Agujero negro
El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

José María Merino (La Coruña, 1941), La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, 2007)